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Anormalidades

Los próximos cuatro años serán más de lo mismo salvo que se corrijan de modo radical las anormalidades que taran la vida política española.

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Gane quien gane las próximas elecciones y gobierne quien gobierne tras los pactos que parecen inevitables, los próximos cuatro años serán más de lo mismo salvo que se corrijan de modo radical las anormalidades que taran la vida política española hasta el punto de poder provocar el hundimiento del actual régimen. Anormalidades que no se dan en ningún país serio.

La primera es la intrínseca inestabilidad del sistema nacido en 1978. Un régimen sólo puede ser estable si todos los actores políticos, por distintos que sean sus programas, opiniones, enfoques y proyectos, no cuestionan los principios generales que deben regir la sociedad. El primer principio general es el de la propia existencia del régimen. E incluso antes que el régimen se encuentra la nación que se rige por dicho régimen. Pero España padece la desproporcionada influencia de unos partidos políticos de ámbito regional que no sólo no aceptan el régimen político en el que actúan, sino que niegan la existencia de la propia nación. Dichos partidos pueden ser de izquierda y derecha, moderados o radicales –que es lo mismo que decir pacientes o impacientes–, parlamentarios o terroristas, pero todos ellos comparten objetivo: la creación de un Estado propio.

De aquí nace la segunda anormalidad. Los separatistas, naturalmente, no conciben ese Estado como mera hipótesis, sino que su intención es hacerlo realidad. Y para crear ese nuevo Estado tienen que destruir el actual. Por eso sólo lo aceptan temporalmente y con la sola intención de utilizarlo como trampolín hacia la ruptura. Un ejemplo entre mil: el 30 de septiembre de 1979 Carlos Garaicoechea declaró: "El Estatuto es el primer paso hacia la independencia de Euskadi". Esta cuestión tan grave, pero tan sencilla y tan claramente confesada, no fue comprendida –¡ni escuchada!– ni por los padrastros constituyentes ni por los partidos que se han turnado en el poder desde hace cuarenta años.

Ésta es la tercera anormalidad: todos los gobernantes, desde Suárez hasta Rajoy, diseñaron el Estado de las Autonomías según los deseos de los separatistas, los han mimado, les han reído las gracias, han incumplido continuamente la Constitución para darles gusto y los han tenido como interlocutores válidos, como socios de legislatura e incluso como socios de gobierno. Y pretenden seguir haciéndolo: poco antes de las elecciones de 2011 Graciano Palomo explicó en su hagiografía autorizada de Rajoy: "Su gran ambición es conseguir que los dos nacionalismos históricos estén presentes en un gobierno presidido por él".

La cuarta anormalidad es que los gobernantes separatistas llevan cuarenta años utilizando las competencias puestas en sus manos por el autodestructivo Título VIII de la Constitución para destruir el Estado del que forman parte. Los separatistas consideran la comunidad autónoma como una entidad enfrentada al Estado y legitimada para decidir si sigue formando parte de él o no. Y la utilizan para implantar un régimen totalitario enfocado a conseguir la secesión mediante el lavado de cerebro y la agitación del odio de las masas.

Esto ha sido posible gracias a la quinta anormalidad: España, aunque lo proclame la Constitución, no es un Estado de Derecho: la ley no se cumple, las sentencias no se ejecutan, el poder judicial no es independiente y la Constitución es papel mojado hasta el punto de que simplemente recordar la existencia de algunos de sus artículos es pecaminoso. Y los delincuentes involucrados no han sido solamente los políticos separatistas, sino los gobernantes nacionales que se han reído de su juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico.

Y la sexta anormalidad que ha puesto la guinda al pastel ha sido que se ha permitido que una banda de criminales enloquecidos haya dictado la política de una nación de cuarenta millones de personas. Pues sin su chantaje terrorista la Constitución habría sido otra, el Estado de las Autonomías habría sido diseñado de otra manera y la actual hegemonía social separatista tanto en el País Vasco como en Cataluña no sería la que es.

¿Alguno de los partidos que se presentan a las elecciones tiene la intención de extirpar de raíz estas anormalidades? Ésta es la pregunta que deberían responder nuestros aspirantes a gobernantes, y no ese cúmulo de vaguedades y frivolidades con las que pierden su tiempo y nos lo hacen perder a todos.

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