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Por qué puede ganar Le Pen

Francia se ha convertido en un país crecientemente inhóspito para muchos millones de franceses, votantes tanto de la derecha como de la izquierda.

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EFE

En mayo de 2002, tras el estrepitoso fracaso del socialista Lionel Jospin, Jacques Chirac se enfrentó a Jean-Marie Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Chirac arrasó, naturalmente, con el 82% de los votos que le entregaron tanto los votantes de su partido derechista como los de su rival izquierdista, unidos todos ellos contra el que percibieron como el enemigo común.

Hoy, quince años después, la hija de aquel enemigo común se enfrenta con el centrista Macron tras un nuevo fracaso de la izquierda francesa. Siendo similar la situación, en principio parecería razonable deducir que el resultado final también será similar. Sin embargo, el tiempo no ha pasado en balde y no son pocos ni de poca importancia los cambios que se han ido acumulando.

En primer lugar, estos quince años han desgastado mucho a los partidos llamados tradicionales, percibidos como corruptos, nepotistas e incapaces de ofrecer soluciones a problemas nuevos y graves. Y se trata de un fenómeno que ya ha provocado agitaciones electorales considerables no sólo en Francia, sino también en otros países como Italia, Reino Unido, Austria, Alemania y, por supuesto, España.

En segundo lugar, algo mucho más importante. En 2002 la UE todavía no había descarrilado. Faltaba por llegar la Constitución Europea y los posteriores referendos desaprobatorios que comenzaron a evidenciar que el proyecto europeo ya no ilusionaba como antes. La llamada eurofobia no ha hecho sino aumentar, y su último y contundente episodio, la salida británica, todavía no ha empezado a desplegar sus efectos tanto en el propio Reino Unido como en los países en los que se multiplican los partidarios de aflojar amarras con la entidad supranacional. Francia entre ellos, evidentemente.

Pero el cambio más importante vino de más allá de las fronteras europeas. Pues en mayo de 2002 sólo habían pasado ocho meses desde aquella fatídica jornada neoyorquina que abrió trágicamente las puertas del recién estrenado milenio. Y tras las miles de víctimas en las Torres Gemelas han llegado muchos miles más en las guerras y actos terroristas que han ensangrentado el mundo entero a causa del fanatismo yihadista. Además, al agravamiento del enfrentamiento entre algunos sectores del Islam y el mundo occidental hay que añadir la creciente presencia de la desordenada inmigración extraeuropea, lo que está provocando graves desórdenes inimaginables hace no muchos años. Aparte de los cada día más frecuentes atentados terroristas, muchos de los cuales han ensangrentado suelo francés, no hay que olvidar el fracaso de un multiculturalismo ya denunciado hace varios lustros por voces no precisamente adscribibles, como suele hacerse por pereza mental, a la extrema derecha o el fascismo. Pensemos, por ejemplo, en Oriana Fallaci y Giovanni Sartori.

Todo ello ha provocado que muchos franceses perciban la Francia de hoy como un país económicamente declinante, políticamente maniatado, agitado por graves conflictos internos y, por último pero no lo menos importante, inseguro. Porque la douce France ya no es el cher pays de mon enfance que cantara Charles Trenet, sino un país crecientemente inhóspito para muchos millones de franceses, votantes tanto de la derecha como de la izquierda.

Es un error continuar demonizando al Frente Nacional y a sus votantes con los viejos epítetos diseñados por la Comintern en el periodo de entreguerras para deslegitimar a todo lo considerado derecha antes de siquiera poder comenzar a debatir. La inmensa mayoría de los votantes de Le Pen no saben quiénes fueron Maurras, Pétain o Salan, y les importa un comino saberlo. La clave del asunto no está ahí por mucho que en los últimos días Macron haya agitado viejos fantasmas de Vichy y la OAS para meter miedo a los votantes indecisos.

Hace ya dos siglos de la célebre sentencia de Goethe sobre el orden como supremo valor de una sociedad, incluso a pesar de que pudiera ser injusto. Pues desde el momento en el que no hay orden, tampoco puede haber justicia. Probablemente el deseo de recuperar el orden perdido sea el movimiento subterráneo que marcará las elecciones francesas de este 2017. Y las de años venideros. Y no sólo en Francia, sino en toda Europa.

Por eso la union sacrée de 2002 no se va a repetir. Muy probablemente gane Macron, aunque indudablemente sin la enorme ventaja que consiguió hace quince años Jacques Chirac. Pero habrá que ver cuántos franceses consideran que las políticas que han regido Francia y Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial siguen siendo válidas y cuántos consideran que son incapaces de resolver unos problemas nuevos que amenazan su prosperidad, su tranquilidad y sus vidas.

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