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Perdieron su oportunidad

El efecto de las sucesivas cumbres del clima se parece demasiado a la imagen del ratón corriendo desesperadamente en el interior de su rueda.

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No hay una cumbre mundial contra la violencia machista. No se reúnen 160 mandatarios de todo el planeta para firmar un acuerdo contra la pobreza infantil. No hay protocolos internacionales firmados por Hollande, Obama, Merkel, Rajoy... para impulsar la igualdad laboral de las mujeres. Y no creo que sea porque los ciudadanos del mundo de hoy no consideremos que todo estos problemas merecen una rápida, efectiva y vinculante solución.

El motivo por el que hay 21 Conferencias de las Partes sobre el clima y no sobre cualquier otra cuestión es sencillamente que los ciudadanos de hoy y los políticos que nos lideran hemos comprado la idea de que el cambio climático es una de las mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad. Y hemos pedido a gritos que se haga algo contra ella. Y no digo yo que no tengamos razón.

La idea procede de la investigación científica medioambiental y la han divulgado más que nadie los grupos ecologistas. Es decir, que la sociedad desarrollada de finales del siglo XX y principios del XXI ha hecho caso a los que en su día alertaron sobre el deterioro del medio ambiente y se ha puesto a trabajar. De manera que cuando se nos dice que el ser humano actual no está comprometido con su entorno, que es una especie insensible a la crisis de la atmósfera y el clima, sencillamente se nos está mintiendo. Si un extraterrestre llegara hoy a nuestro planeta, no le sería difícil deducir que a los habitantes de este mundo nos preocupa mucho (pero que mucho) más el medio ambiente que la violencia contra la mujer, la pobreza infantil, la igualdad de género o la educación básica en países pobres. Esos problemas no tienen cumbres tan espectaculares como la de París. Nadie invierte miles de millones de dólares en ellos.

Hay quien dice (y quizás con acierto) que el problema del calentamiento de la atmósfera es transversal y que repercute en todos los demás. Más cambio climático supone también más pobreza, más violencia, más desigualdad... Por eso es el que más nos acongoja.

Así que durante las últimas tres décadas (como mínimo) hemos decidido que los que luchan por el medio ambiente tengan lo que se merecen: toda la atención del mundo. No podrán decir que no se les ha hecho caso, que no se les ha apoyado, que no se les ha dado lo que pedían, que su lucha ha sido silenciada, que sus campañas no han tenido repercusión. No podrán decir que el siglo XXI no es el más ecologista de la historia de la humanidad. No podrán decir que la sociedad no les ha acompañado en su pelea por el clima. Ningún otro asunto ha provocado tanta reacción a todos los niveles como la amenaza del calentamiento de la atmósfera por encima de los 2,7 grados que la Tierra podría asumir. Y, a cambio de esta entrega... ¿qué se nos ha dado? Nada.

Las emisiones de CO2 a la atmósfera no han dejado de crecer desde 1997 (fecha de la firma del Protocolo de Kioto). Las proyecciones del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) no han reducido un ápice el grado de amenaza. Según sus datos, seguimos poniendo al planeta en el mismo grave riesgo que en 1997; no hemos solucionado ni una fracción minúscula del problema. Las energías renovables siguen siendo una opción minoritaria. La posibilidad de que aumenten los fenómenos extremos del clima continua tal cual. Los glaciares aún menguan. Todavía la quema de carbón es la mejor opción de crecimiento de muchos países (en España seguimos haciéndolo). El petróleo se encuentra en mínimos históricos de precio, es decir, es más competitivo que nunca. Todo lo que se pretendía evitar en Río y en Kioto y en Durban y en Copenhague, etc., ha pasado.

Siguiendo el consejo de las organizaciones ecologistas y los expertos en sostenibilidad, el mundo desarrollado se ha lanzado a modificar sus estrategias energéticas. Según la Agencia Internacional de la Energía, globalmente las empresas de energía renovable han recibido cerca de 3 billones de dólares en subsidios en los últimos 25 años. El resultado de esa inversión es que estas energías suponen hoy solo un 20 por 100 del total de consumo y generación eléctrica en el planeta y que en 2040 (siguiendo el paso actual) podamos optar solo a un 25 por 100. Pero en estos datos se incluyen los países que más esfuerzo han hecho por adaptar sus economías al nuevo paradigma renovable (sobre todo los del norte de Europa), que, por desgracia, son los que menos contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero. Estados Unidos cuenta con llegar a un 15 por 100 de renovables en 2040, mientras dedica buena parte de sus recursos a buscar gas y petróleo bajo la tierra por si acaso. China, aunque multiplicara por 13 su actual aporte energético con fuentes solares y eólicas, no llegaría al 3 por 100 de su suministro en 2040 con energía verde.

El efecto de las sucesivas cumbres del clima se parece demasiado a la imagen del ratón corriendo desesperadamente en el interior de su rueda. Así que quizás haya llegado el momento de cambiar de rueda. La sucesión de llamadas a la alarma, la catarata de cumbres, los apagones orquestados por la hora del planeta, las conferencias de Al Gore y los hipidos de actores de Hollywood no han servido para nada. Han tenido su oportunidad, y la han desperdiciado para dejarnos en bandeja la sensación de que el medio ambiente y el clima son una cosa demasiado seria como para depositarla en manos de organizaciones ambientalistas y políticos buenistas. Todo el esfuerzo, y el dinero, invertido en discutir los informes del IPCC ha derivado en un Obama que entona el mea culpa en público y firma nuevas instalaciones de fracking en privado. De los polvos de Kioto han venido los lodos de Abengoa (20.000 millones de agujero en la linea de flotación de la estrategia renovable de occidente). Las campañas alarmistas de los años 90, preñadas de predicciones que no se han cumplido, han minado la reputación de cualquier reinvindicación ecologista, por rigurosa y seria que sea hasta, el punto de que los portavoces de la causa verde son hoy jefes de Estado en lugar de directivos de ONG, el Papa en lugar de Greenpeace. La obsesión por teñir de verde los programas electorales ha reportado el triste balance de que España es uno de los pocos países europeos que no cumple Kioto y el segundo que más ha tenido que invertir en compra de derechos de emisión (hasta 800 millones de euros en la última legislatura Zapatero) para poder seguir creciendo a base de quemar carbón y petróleo. Por mucho que en París se escenifique (que se escenificará) un acuerdo final "histórico y vinculante", los objetivos alcanzados en virtud de las propuestas que hay encima de la mesa ya serán mucho menos ambiciosos que los que salieron de Kioto hace 18 años. A eso se le llama perder el tiempo. Que como todo el mundo sabe no es lo mismo que el clima.

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