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El noventayocho se repite como farsa

Ni la Restauración borbónica del XIX ni la Constitución de 1978 han podido evitar que el nepotismo y la corrupción se adueñasen de la sociedad.

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Los escasos historiadores españoles respetables por su magisterio e independencia (los demás son progres sectarios irredentos) afirman que lo que sucede hoy en la nación más vieja del mundo se parece mucho a la situación del llamado "desastre del 98", cuando se pierde definitivamente el imperio ultramarino y toda la sociedad de la época, regida por la Restauración borbónica, se enfrenta a la realidad de un país abrumado por la corrupción de las castas políticas y la corte de Alfonso XII. Un largo siglo después, la historia se repite como farsa, parafraseando al barbudo de Tréveris.

Una farsa castiza hasta la médula porque incluso el famoso lema reivindicativo de aquel momento "contra oligarquía y caciquismo, fomento e instrucción" contiene ahora toda su vigencia y fuerza reivindicativa. Si antes había una oligarquía económica que imponía sus preceptos de capitalismo manchesteriano ahora hay oligopolios industriales y energéticos que controlan precios y desvirtúan el libre mercado y la competencia; si antes había un poderoso caciquismo provinciano que lo manipulaba y controlaba todo, ahora hay una mesocracia profesional metida en el aparato del Estado, de sesgo izquierdista, que desvirtúa la función pública; y además hoy España sufre un sistema de castas políticas generadoras de corrupción y latrocinio vergonzoso. La nación se encuentra bajo el imperio de la farsa política que ya deviene en absoluta decadencia.

Ni la Restauración borbónica del XIX ni más tarde la Constitución de 1978, con otro Borbón en la jefatura del Estado, han podido gobernar España con estabilidad ni evitar que el nepotismo y la corrupción se adueñasen de la sociedad. A raíz de esto, la brutal crisis que azota la nación ha creado un desamparo social muy difícil de encaminar porque el sistema de poder no cree en la regeneración ni se siente culpable de los excesos cometidos. Así se ha creado esta España imposible con una izquierda levantisca y sectaria; un nacionalismo rampante y totalitario; y una derecha sin personalidad, cobarde y demoscópica. Además, si en el 98 se perdió América, ahora se trocea el suelo hispánico por culpa del arrogante nacionalismo periférico.

"A modo de revulsivo, la pérdida de las colonias provoca un llamamiento a la autenticidad", comenta el historiador García de Cortázar sobre el 98. Esta reflexión podría valer también para la España actual como deseo de regeneración política y social a las puertas de un nuevo año.

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