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José García Domínguez

Cataluña en 2030

Al final, esta guerra la ganará el que consiga poner la demografía de su lado.

José García Domínguez
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Al final, esta guerra la ganará el que consiga poner la demografía de su lado.
EFE

Cataluña no es un Estado independiente hoy, en el año veinte del siglo XXI, por una única razón que, sin embargo, nadie tiene en cuenta en los análisis políticos y que remite a una decisión económica adoptada por un pequeño grupo de tecnócratas al servicio del régimen de Franco a finales de la década de los cincuenta del siglo XX, individuos por lo demás completamente inconscientes y ajenos en su momento a la trascendental importancia histórica de sus actos en relación a la unidad política de España en el futuro mediato. Estoy hablando, el lector ya lo habrá adivinado, del Plan de Estabilización. Y es que de no haberse producido los grandes movimientos migratorios hacia Cataluña desde el sur y el noroeste de la Península, aquellos que en apenas cinco años provocaron que se doblase la población local, movimientos consecuencia directa de aquel cambio radical en la política económica de la dictadura, el 1 de octubre de 2017 una mayoría aplastante de los ciudadanos de Cataluña, quizá un porcentaje no lejano al 80% del censo, habría apoyado de forma activa el proceso independentista liderado por las élites autóctonas. Un escenario, ese contrafáctico que solo el cambio demográfico de los sesenta evitó, en el que la hiperlegitimación de los separatistas tanto en el marco internacional como en el propio interior de España muy probablemente hubiera llevado al triunfo final de los sediciosos con la proclamación real y efectiva de la República Catalana. A mí no me cabe ninguna duda de que habría sido así.

Por eso a los catalanistas inteligentes les preocupa tanto, y desde siempre, la demografía. Porque las mentes más lúcidas de los dos bandos enfrentados en la contienda civil larvada que vivimos en Cataluña saben que, al final, esta guerra la ganará el que consiga poner la demografía de su lado. Cataluña es hoy el laboratorio sociológico más importante de Occidente. Un laboratorio experimental que ya ha servido a estas alturas para certificar la definitiva impotencia de la política cuando trata de modificar tendencias y lealtades profundas de las comunidades humanas. Porque ni la propaganda institucionalizada, crónica y masiva, ni el control militante de los medios de comunicación ni tampoco el uso instrumental de la escuela y del idioma para modular la conciencia nacional de la población han funcionado a la hora de la verdad. Aquí, en Cataluña, la variable crítica que explica la lealtad o no de un individuo cualquiera a la causa de España es, y todos los sociólogos lo saben, la combinación entre la lengua materna y el lugar de nacimiento de los padres. Conociendo esos dos datos, se puede predecir con un margen de error mínimo si la persona en cuestión será independentista o no. Lo que nos ratifica en que la clave de todo sigue estando, como siempre, en la demografía.

Y ocurre que ahora mismo hay una revolución demográfica en marcha. Y no sólo en España, sino en en toda la región occidental de Europa. Las proyecciones a diez y quince años vista del INE son demoledoramente reveladoras a ese respecto. Teniendo en cuenta la estructura de la pirámide demográfica, cuando mueran los actuales pensionistas que mantienen de modo ficticio los aceptables niveles de renta per capita en todo el noroeste decadente y desindustrializado de la Península, algo que sucederá en ese intervalo de tiempo, se producirá una nueva migración masiva de los jóvenes de esas zonas hacia las dos únicas grandes áreas metropolitanas españolas que han logrado insertarse en las redes de la economía global, Madrid y Barcelona. Esta vez no serán campesinos casi sin escolarizar, sino ingenieros y especialistas en gestión empresarial, pero el movimiento de masas tendrá connotaciones que recuerden lo que ocurrió a principios de los sesenta. Por lo demás, lo razonable es suponer que en torno a la mitad de ese contingente termine recalando en Cataluña. Más de un millón de personas con toda probabilidad. O sea, más de un millón de nuevos votantes que van a cambiar de raíz el pétreo equilibrio actual entre el bloque españolista y el separatista. Porque eso va a ocurrir. Por eso hay que ser optimistas. Esta guerra la vamos a ganar. Solo es cuestión de tiempo. Y de muy poco.

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