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El asalto al Cielo de Podemos

Si yo tuviera 20 años votaría a Pablo Iglesias. Pero tengo 53, esa edad en que la vida se empieza a contemplar como una derrota aceptada.

José García Domínguez
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Si yo tuviera 20 años votaría a Pablo Iglesias. Pero tengo 53, esa edad en que la vida se empieza a contemplar como una derrota aceptada. Quienes nunca hayan tenido el corazón a la izquierda no pueden entender esas cosas. La derecha, apolítica por naturaleza, necesita honrados contables con manguitos duchos en administrar el presupuesto público con probidad y recto criterio. La izquierda, en cambio, necesita soñar. Necesita creer que algún día se podrá asaltar el Cielo. Huérfana de un horizonte utópico, la izquierda no es nada. Por eso el canto del cisne de la socialdemocracia desde que cayó el Muro. Por eso el viaje a ninguna parte del PSOE desde que comenzó la Gran Recesión. Ese Pablo Iglesias lo sabe. Sabe que no basta con manejar la demagogia burda de las tertulias, los códigos simplistas del maniqueísmo pueril, único lenguaje que son capaces de entender ya las grandes audiencias de los medios audiovisuales. Sabe que además tiene que ofrecer la Luna. También la Luna.

Ese Pablo Iglesias no es un charlatán más de la televisión. Tiene talento político. Y mucho. Solo alguien con talento podría haber intuido que esta crisis iba a romper el tradicional eje izquierda-derecha en los mapas de posicionamiento electoral. Con todo su populismo de brocha gorda, el discurso transversal de Podemos, novedad por entero ajena a la retórica clásica de la extrema izquierda, revela que han captado el choque de placas tectónicas que se está produciendo ahora mismo en nuestra estructura de clases. Porque a quien en verdad se está llevando por delante esta crisis es a la clase media, a sus hijos para ser precisos. Porque no solo estamos ante el definitivo colapso fiscal del Estado del Bienestar, la última bandera de la socialdemocracia. Al mismo tiempo, asistimos a la ruptura del pacto social tácito sobre el que se ha asentado el orden social español desde los años sesenta del siglo XX.

Un contrato por el cual las clases medias tenían pocos hijos con el propósito deliberado de poder realizar una muy intensa inversión formativa en ellos. Esfuerzo de los padres que encontraba luego su recompensa con la movilidad social ascendente de su prole. A su vez, los efectivos de unas capas medias en permanente promoción iban dejando cada vez más huecos en sus propias filas. Espacios que pasaban rellenar otros jóvenes procedentes de los estratos populares, ellos mismos volcados a reproducir idéntico esquema de vida con su descendencia. Así era España hasta que el ascensor social, de repente, se averió; hasta que la huelga general de inversiones que ya va para 8 años acabó destruyendo el futuro de una generación entera. Bien mirado, lo único extraño de Podemos es que haya tardado tanto tiempo en aparecer.

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