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La charnega de la CUP

Hay que ser muy fuerte, mucho, para resistir esa presión cotidiana y ubicua. Y Anna era débil.

José García Domínguez
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Cordon Press

La prófuga del mes, Anna Gabriel, hija de un obrero andaluz de Huelva que migró a Sallent del Llobregat para trabajar en las minas de esa localidad catalana y de una madre de origen murciano, el primer miembro de su familia en toda la historia que ha portado una esteladasegún propia confesión, encarna en su persona el cuadro psicológico típico, tan patéticamente enternecedor en el fondo, del charnego independentista. Un rasgo de carácter, ese que ha marcado a la Gabriel de por vida, que nada tiene que ver, por cierto, con el perfil emocional y moral del Rufián que también se dice Gabriel. Rufián, salta a la vista, es un pícaro de factura clásica que se inserta dentro de una tradición secular española, la que remite al buscón Don Pablos. Como su ilustre ancestro barroco, otro buscavidas cínico y descreído, alguien dispuesto a lo que sea con tal de ganar una perras representando el papel que sus patronos ocasionales en cada momento le encomienden.

A Rufián, como es sabido, los estrategas de marketing de la Esquerra lo sacaron de la cola del paro cuando había falsificado los papeles para cobrar la prestación. Pero podrían haber encontrado a decenas de tipos clavados a él, igualitos, en las novelas de Cervantes, de Quevedo, de Vicente Espinel o de Mateo Alemán. En la figura de ese Rufián hay bajeza y miseria en abundancia, sí, pero ningún misterio. Ninguno. La Gabriel, en cambio, es otra cosa. Y bien distinta. Porque, para empezar, ella sí que se lo cree con la fe absoluta, incombustible y pétrea del carbonero. Ha elegido un buen refugio en su huida porque lo suyo no es más que un calvinismo sin dios. Pero con una diferencia, a saber: Calvino era tan fanático como fuere; la Gabriel nada tendría que envidiarle en fanatismo, pero sin embargo es un ser débil. Nada singulariza más a la sociedad catalana del último medio siglo (a la anterior no la conocí) que el gregarismo. Los catalanes son los seres más gregarios de España y de Europa, acaso también del Occidente todo. Desde las modas intelectuales al culto pagano al Barça o los desfiles norcoreanos cuando la romería del 11 de septiembre, no hay sociedad próxima donde la presión social sobre las conductas individuales resulte más asfixiante y eficaz.

Hay que ser muy fuerte, mucho, para resistir esa presión cotidiana y ubicua. Y Anna era débil. Porque algo grave tiene que ocurrir dentro de la mente de una persona cuando, como es su caso, dedica gran parte de los esfuerzos que jalonan su existencia a tratar de expulsar de la vida pública y civil al idioma en el que le hablaba su propio padre cuando ella estaba en la cuna. El charnego independentista, ese tipo humano cuyo paradigma representa la Gabriel, se siente atormentado en su fuero interno por lo que interpreta como un déficit de catalanidad. El charnego independentista experimenta su propio yo, híbrido, mezclado, dual, impuro, como una ingrata carencia a compensar mediante el activismo radical. De ahí que el charnego de la colla, llámese Gabriel o Cuixart (otro hijo de murciana), siempre suela ser el más extremista e intransigente del grupo. No por azar el fundamentalismo separatistaha encontrado su semillero más fecundo entre los descendientes de andaluces, extremeños y murcianos que buscan en la épica de la inmolación una vía catártica para hacerse perdonar la mácula de unas raíces impuras. Gente débil. Así la Anna.

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