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Las cuentas del Rey

Andan de enhorabuena las comadres del marujeo audiovisual: auditando las cuentas del Rey en las corralas televisivas, van a disponer de carnaza para las fieras.

José García Domínguez
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Andan de enhorabuena las comadres del marujeo audiovisual: auditando las cuentas del Rey en las corralas televisivas, van a disponer de carnaza para las fieras durante una temporada. Hasta ahora oculta tras el barniz de modernidad con el que hemos consentido engañarnos todos estos años, la España mísera de Galdós vuelve por sus fueros. Y con ella el resentimiento social, el genuino motor de la Historia, que no la lucha de clases como barruntaba el ingenuo de Marx. Hacen falta chivos expiatorios, y ni el espantajo de los malvados políticos resulta suficiente a fin de saciar la ira justiciera del tumulto. Torna, si es que alguna vez se había ido, la España atroz.

La del odio a los ricos y a "los poderosos". La del "o todos moros o todos cristianos". La que siempre corrió de idéntica guisa detrás de curas y Borbones, ora con un cirio en la mano, ora con una garrota. La que cuando se cree distante y distinta deviene incapaz de trascender el más elemental fulanismo. Así nuestros devotos juancarlistas, esos espíritus cortesanos, en el fondo, los peores enemigos de la Monarquía en tanto que abstracción impersonal. El resentimiento social. Lo recuerdo apostado ante las puertas del Gran Teatro del Liceo, allá por el 76, cuando los albores de la Transición. Decenas, centenares de individuos, impávidos, a la espera de que saliera a la calle el aterrado público de la ópera. Para apedrear sus coches. Para destrozar cuantos abrigos se les antojaran algo selectos con pintura de spray.

Para escupir su impotencia contra cualquier camisa planchada que osara exhibirse ante ellos. La hez. El añejo nihilismo hispano que, apenas disimulado, vuelve a renacer hoy desde los confines de un antipoliticismo chillón y ágrafo. El que no cesa de regurgitar anatemas contra los electos, que esos farsantes, es sabido, son todos iguales. Indigesto potaje moral cocinado a base de demagogia garbancera en el que nunca han de faltar las filípicas por "nuestro dinero", expoliado por esos vividores profesionales. Aunque, ¿de qué extrañarse? Es el huevo de la serpiente que ha incubado el populismo. ¿O qué otra cosa podría haber surgido de ahí? En fin, ya tarda el honrado pueblo en reclamar la guillotina electrónica en la Puerta del Sol.

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