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Les presento al patriarca Pujol

'Una vida entre burgesos': sin este libro simplemente será imposible escribir la historia de Cataluña durante la transición.

José García Domínguez
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De tal palo, tal astilla. En los veinte años transcurridos desde el final de la Guerra Civil hasta la puesta en marcha del Plan de Estabilización, la crónica económica de la dictadura se reducirá a una gran obsesión frustrada: el intento imposible de industrializar España sobre la base de la sustitución de importaciones. Quimera de una orgullosa autosuficiencia que tropezaría una y otra vez con el talón de Aquiles de las divisas. Así, la industria nacional resultaría impotente para generar, vía exportaciones, los dólares imprescindibles con que pagar en el exterior los bienes de equipo que evitaran los cuellos de botella en el crecimiento y, al final, el colapso del sistema. Las preciosas divisas, pues, debían ser racionadas a través de un complicado engranaje de controles administrativos. El caldo de cultivo ideal para alumbrar un sofisticado estraperlo de guante blanco, billetes verdes y complicidades azul mahón que daría lugar a algunas de las grandes fortunas de la Cataluña contemporánea.

Aquélla iba a ser una oportunidad de negocio fácil a la que de ningún modo podía ser insensible la triunfal y satisfecha burguesía de Barcelona. Una burguesía colaboracionista con el fascio redentor a la que si Franco no pudo retornar el honor, que eso sólo es patrimonio del alma, al menos había devuelto las fábricas, patrimonio no tan sublime, cierto, pero no por ello menos desdeñable. De tal guisa fue como el contrabando al por mayor de divisas se convirtió en una de las principales líneas de negocio de los antiguos mecenas de Cambó y de la Lliga. Una lucrativa actividad delictiva para la que el Consorcio Algodonero, el lobby de la patronal textil, contrataría los servicios de cierto Florencio Pujol, padre del que un día se habría de convertir en el segundo presidente de la Generalitat restaurada, Jordi Pujol i Soley. Muchos años después, ya con Pujol (Jordi) dirigiendo los destinos de Cataluña, el jefe operativo de aquella banda, Manuel Ortínez, confesaría en sus memorias todos los detalles de la rocambolesca estafa. Un fraude en el que junto a Pujol (Florencio) y su socio David Tennenbaum, el mismo financiero hebreo que fundaría algo después Banca Catalana con los Pujol, aparecerían como telón de fondo personajes tan insospechados como Josep Dencàs, el que fuera jefe militar de la asonada de la Esquerra en 1934, Antonio Pedrol Rius, sempiterno presidente del Consejo General de la Abogacía durante el franquismo, o Josep Andreu i Abelló, un destacado dirigente histórico tanto del socialismo catalán como de la misma Banca Catalana, entidad de cuyo consejo de administración formaría parte desde el mismo día de su fundación por los otros dos.

La base de aquel estraperlo la constituirían las llamadas cuentas combinadas, unos depósitos bancarios en divisas que otorgaban el derecho a sus titulares a disponer de licencias de importación por un valor equivalente al de sus saldos. Pero dejemos que sea el propio Ortínez quien nos adentre en la técnica del timo:

El truco era tan simple como pretender que exportaba por valor muy superior al real, para así poder importar primera materia en mayor proporción y a bajo precio, revendiéndola mucho más cara en un mercado interno afectado por las restricciones de importación (…) Si tú exportabas un producto que te daba un millón de dólares, simulabas venderlo al doble de ese precio y por tanto podías importar por dos millones. Era evidente que necesitabas comprar un millón extra. Es decir, necesitabas comprar el millón de dólares que te faltaba.

Delicadísima operación, por lo demás. Pues, huelga decirlo, en ninguno de los innumerables trueques de cajas de zapatos repletas de billetes de cien pesetas por otras abarrotadas de dólares iba a mediar factura, recibo o comprobante alguno. Circunstancia agravada, además, por la permanente vigilancia de la Brigada de Delitos Monetarios de la Policía, que, entre otras medidas cautelares, mantenía intervenidos los teléfonos de los principales industriales textiles de Barcelona. Añádase el dato de que el intercambio sólo se podía realizar en la ciudad africana de Tánger, única plaza del mundo en la que por entonces era convertible la peseta, y se entenderá la importancia de la confianza personal que aquellos patricios del Consorcio Algodonero debían depositar en la red de porteadores que dirigía Florencio Pujol. Mas sigamos escuchando a Ortínez:

Al fin y al cabo sólo hacía falta pasar los nueve kilómetros de mar del estrecho de Gibraltar y tener amigos combinados en las aduanas de los dos lados. Yo libraba las pesetas en Barcelona, en billetes de cien, que hacían un bulto considerable, y las pesetas convertidas en dólares aparecían en los Estados Unidos o en Suiza. Naturalmente era una operación de una sencillez delicadísima que no podías realizar con cualquiera. Entre otras cosas porque cuando uno libraba el paquete de billetes, no tenía la absoluta seguridad de que llegasen correctamente a su destino. No había comprobante de ningún tipo. Con Florencio Pujol nunca tuve ningún otro trato más que éste.

Como ya se ha dicho, Tánger siempre era el incierto destino de aquellas pesetas por encontrarse en esa plaza africana el único mercado monetario en el que era convertible la moneda española. Allí se dirigirían, pues, los emisarios de Consorcio, en busca, primero, del boletín de la bolsa de divisas que publicaba cada día del diario España, dirigido por el aún furibundo falangista Eduardo Haro Tecglen, para después partir raudos hacia la oficina central del Banco Inmobiliario y Mercantil de Marruecos, entidad en cuya sede se intercambiaban los cromos.

La razón de la elección de ese banco como centro de operaciones no era otra que la personalidad de su principal accionista, Josep Andreu i Abelló, el que fuera presidente del Tribunal de Casación durante la República, y que compartía la propiedad con el jurista tarraconense Antonio Pedrol Rius. Así, por un capricho del azar, todos los dueños de los grandes secretos de familia del nacionalismo catalán del siglo XX acabarían reunidos ante la puerta de su caja fuerte: los traficantes de Pujol (Florencio); el apestado Dencàs, cabeza de turco de la conjura de Companys en 1934 y, por entonces, empleado de Abellò en aquella aventura financiera africana; Tarradellas, que, alojado precisamente entonces en el suntuoso palacio de Abelló ("vivía como un príncipe árabe, con numerosos criados negros", reporta un pasmado Ortínez), sería testigo privilegiado del frenético ir y venir de sus compatriotas de Barcelona; y el propio Ortínez, aún ignorante de que el Régimen, buen conocedor de sus habilidades, ya pensaba en él para ocupar el puesto de director del Instituto Español de Moneda Extranjera. En fin, según relata en esas esclarecedoras memorias, antes de aceptar aquel cargo en 1965 advirtió a quienes se lo ofrecían de que "había sido un contrabandista importante". Sin inmutarse lo más mínimo, sus interlocutores le contestarían que "eso mismo era lo que buscaban, alguien que conociera el negocio y que fuese capaz de desmontarlo”.

El primer ejemplar de Una vida entre burgesos, imprescindible testimonio personal y político sin el que simplemente será imposible escribir la historia de Cataluña durante la transición, salió de la imprenta camino de las librerías en el mes de mayo de 1993. O sea, en un instante en el que los nacionalistas ya no tenían nada más que aprender de la Rumania de Ceaucescu en cuanto al control de los medios de comunicación. La prueba es que ni de contrabando pudo colarse entonces la más mínima alusión a la existencia y el valor de esa obra en la prensa doméstica. Las extraordinarias memorias de Manuel Ortínez –su muñidor literario es una de las plumas más ácidas y brillantes del país– siguen siendo hoy el mejor libro clandestino entre los muchos catalogados en el Índice de la omertá catalana. Inexcusable lectura.

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