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José García Domínguez

Salvini va a arrasar 

El populismo no llegó al poder en Roma solo gracias a los programas horteras de las televisiones de Berlusconi. Tenía que haber algo más.

José García Domínguez
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Con un crecimiento prodigioso a la largo de toda la segunda mitad del siglo XX, el país consiguió que su economía se convirtiese en la séptima del mundo y la tercera de Europa si se excluye al Reino Unido post-Brexit, pero la entrada en el euro lo cambió todo. Tanto que ahora mismo, en agosto de 2019, el PIB per capita de Italia aún es inferior al del último año de la centuria pasada, 1999. Cuatro lustros perdidos. Añádase a ello un sistema financiero al borde de la quiebra, el mismo que Bruselas entorpece rescatar, y una deuda pública que ya es la tercera mayor del mundo - sí, del mundo- y se entenderá tanto la definitiva desintegración del sistema tradicional de partidos como el radical euroescepticismo de los electores. Porque el populismo, contra lo que tantos teóricos progresistas hispanos barruntan estos días, no llegó al poder en Roma solo gracias a los programas horteras de las televisiones de Berlusconi. Tenía que haber algo más. Mucho más. Muchísimo más.

Al tiempo, la izquierda italiana, no hace tanto la más potente y creativa de Europa, ni está ni se la espera. La súbita disolución en la nada de los herederos del antiguo Partido Comunista Italiano es uno de los fenómenos más asombrosos de la política continental. Hoy, la izquierda italiana simplemente no cuenta. Y algo más asombroso aún, el Partido Democrático, la marca que sustituyó al PCI, resulta ser según todas las encuestas la única formación de clase que queda en Italia. La única. Así, y de modo abrumadoramente mayoritario, los actuales votantes del PD pertenecen a las capas profesionales urbanas perceptoras de rentas por encima de la media nacional, a la vez que resultan ser poseedores, también de modo predominante, de titulaciones académicas universitarias. ¡Son el partido de la gente bien!

Nadie se extrañe, pues, de que en el distrito centro de Milán, donde vive el grueso de la población acomodada de una de las ciudades más ricas de Europa, el Partido Democrático obtuviera sus mejores resultados locales en las últimas elecciones generales. Por contra, en los barrios de la periferia, los de población trabajadora, la Liga de Salvini arrasó. Y otro tanto de lo mismo ocurrió en Turín y en Roma, donde en los barrios bienestantes del centro el PD obtuvo apoyos notables, mientras que en los distritos populares la población más empobrecida optó de forma masiva por los bisoños demagogos del Movimiento Cinco Estrellas. Si Togliatti se levantara de su tumba, no tardaría ni cinco minutos en volver a meterse de cabeza en ella. Por lo demás, otra evidencia empírica, la enésima, de que los tan cómodos, familiares y herrumbrosos esquemas de izquierda y derecha ya no sirven para entender un mundo, el nuestro contemporáneo, en el que la fractura dominante es la que escinde a las poblaciones nacionales entre ganadores y perdedores del proceso globalizador. De ahí la simetría absoluta entre lo que está ocurriendo en Francia, con la eclosión del Frente Nacional, o en el Reino Unido, con los entusiastas del Brexit, y la definitiva consolidación de la hegemonía populista en Italia. Salvini va a arrasar.

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