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José Manuel Puertas

Sin paranoia pero con una evidencia que no se puede ocultar más

El batacazo en la Liga Endesa no debería suponer una revolución en el Real Madrid, pero ha puesto negro sobre blanco la principal carencia del equipo.

José Manuel Puertas
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La ACB acertó con el tiro del calificativo con el nombró al torneo que ha supuesto el cierre de la temporada en Valencia. Una 'Fase Final Excepcional' vendió la asociación de clubes y evidentemente ya se puede decir que así ha sido. Más allá del alto nivel competitivo, hecho a resaltar tras tres meses sin un solo partido oficial, y el éxito organizativo que destacan todos los protagonistas que se hallan en la ciudad del Turia, la eliminación del Real Madrid antes de las semifinales del domingo cabe ser calificada, sin duda, como excepcional. No en vano, este hecho no se producía desde el año 2008, con Joan Plaza en el banquillo merengue y el Unicaja de Sergio Scariolo dando la sorpresa en los cuartos de final.

Los blancos terminan su temporada con dos títulos pero de una forma evidentemente amarga. Comenzaron marcando distancias ante la inversión del Barça de Mirotic en la Supercopa y más tarde, en su mejor m omento de la temporada, recuperaron el centro de la Copa del Rey en cuatro días portentosos de los de Pablo Laso en los que la pareja formada por Facundo Campazzo y Walter Tavares volvió a demostrar que, cuando está en forma, no tiene parangón en el Viejo Continente. Poco después el coronavirus detuvo el mundo y se canceló una Euroliga en la que los blancos parecían los principales favoritos junto al Efes del fascinante Shane Larkin y el Barça. La ACB, con menos problemas logísticos que la competición supranacional, consiguió organizar un torneo final que, con todos los asteriscos que se le quieran poner (avisó Sergio Llull en la previa que aunque el Madrid ganara la liga no se podría considerar la suya como una temporada perfecta como la de 2015, dado lo excepcional de la situación), decidirá quién pasará a la historia indiscutiblemente como campeón liguero en 2020.

Ahora, llegados al punto en el que el Real Madrid se perderá sus primeras semifinales en más de una década, cabe hacer algunas consideraciones. La primera, a corto plazo: el batacazo blanco es indiscutible. Por mucho que se llevara semanas avisando de que había factores que igualarían las fuerzas en esta Fase Final, desde la ausencia de un solo amistoso previo, hasta la enorme carga física que supone competir cada dos días, pasando por el hecho de jugarse una liga a un partido en la semifinal y la final, no se puede obviar que en clave merengue no estar entre los cuatro primeros es un fracaso. Decir lo contrario sería poner paños calientes. El presupuesto y la historia blancas obligan a competir cada título y en esta ocasión el Madrid no olerá ni de cerca el torneo liguero, en el que por cierto acabará oficialmente quinto, aunque eso resulte anecdótico.

Otra cuestión muy distinta es la repercusión que ello deba tener a medio plazo, que debe ser poca o ninguna en la casa blanca. En absoluto debería tomarse como un fin de ciclo, algo que seguramente se leerá y escuchará más o menos veces en los próximos días. No quiero decir con esto que en Valdebebas no deban estudiar lo sucedido en Valencia. Evidentemente eso va a suceder. Pero un torneo tan particular como ha sido este no tiene el suficiente peso como para alterar la planificación del futuro de ningún equipo, ni desde la derrota ni desde el éxito. Por mucho que la eliminación duela en Madrid, sería un error de bulto dar un giro radical a lo que ya tuvieran pensado sus gestores solo por el hecho de un resultado malo, muy malo en un torneo especial. Demasiado especial como para caer en una paranoia revolucionaria a todas luces innecesaria.

Pero de lo que tampoco cabe duda es de que estos días en La Fonteta han vuelto a poner negro sobre blanco algunas de las carencias que ya se conocían de este Real Madrid. Y la principal es que detrás de Facundo Campazzo hay un abismo en el puesto de base. El argentino, que pese a su descollante actuación estadística en el agónico triunfo ante Valencia Basket, tampoco ha rendido a su mejor nivel de forma regular en La Fonteta, rivaliza sin ninguna duda con Shane Larkin por ser el mejor base de Europa. Campazzo es un reloj que no falla casi nunca a su cita de dominar los partidos desde el puesto de '1', y mantener su dupla con Tavares fue el gran objetivo reciente de Alberto Herreros y Juan Carlos Sánchez y lo seguirá siendo las próximas temporadas, ante los cantos de sirena de la NBA. El problema está en su relevo. Nico Laprovittola se ha quedado lejos de las expectativas, o más bien ha cumplido las de aquellos que pensaban que no era un tipo de jugador para este Real Madrid. Y a Sergio Llull cada vez le cuesta más rayar a gran altura en el puesto de base, donde por sus problemas físicos sufre a ambos lados de la pista. El menorquín sigue siendo la mejor imagen del colmillo competitivo de los de Laso, y aunque es evidente que ha entrado en un terreno de gran irregularidad, sigue siendo pieza clave en momentos puntuales, algo que no tiene por qué dejar de ser así. Empero, cada vez se hace más evidente que sus mejores años como base pasaron a mejor vida y que la recta final de su carrera será más exitosa si es desde la posición de '2'.

Por ello, esta 'Fase Final Excepcional' de la ACB ha vuelto a demostrar algo que ya se sabía: el Real Madrid, cuya plantilla no es precisamente joven, necesita sumar a su perímetro un creador de juego de alto nivel si quiere dar un nuevo giro de tuerca a su proyecto. Los problemas del Fenerbahce han puesto en el mercado a Kostas Sloukas y podrían hacer lo propio en breve con Nando de Colo, dos perfiles a los que los blancos deberían seguir de cerca, aunque el primero tiene próximo un acuerdo para volver al Olympiacos. Así seguramente el Madrid dejaría de entrar en un mar de dudas cuando Campazzo no esté superlativo. Y eso es algo que desde luego no se ha descubierto en estas dos semanas valencianas.

Director y presentador de Tirando a Fallar y redactor de El Primer Palo.

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