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Julián Schvindlerman

El cuarteto islamista del terror

Israel hoy está batallando en sus fronteras no solamente por su propia seguridad, sino por la de todas las naciones amantes de la paz. Los fanáticos musulmanes lo comprenden. Es lamentable que muchos en Occidente aún no.

Julián Schvindlerman
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Sin proponérselo, Hamas y Hezbolá han validado las aprehensiones de los israelíes y sus seguidores en la diáspora escépticos de la fórmula "paz por territorios". Al atacar al estado judío desde zonas no ocupadas en el norte y en el sur, estas agrupaciones terroristas han arruinado definitivamente la ilusión de que la paz regional fuera asequible mediante la concesión territorial. Los israelíes se habían retirado unilateralmente de la totalidad de la Franja de Gaza y de la zona de seguridad del sur libanés privando así de la excusa retórica de la "ocupación" a la "resistencia islamista". No obstante, los misiles ("artesanales" según la graciosa adjetivación del diario argentino Clarín) y las matanzas y los secuestros de soldados y civiles israelíes persistieron. ¿Por qué?

La causa esencial yace en el rechazo –persistente y contundente– del Islam radical y el panarabismo a la existencia soberana judía en la tierra de Israel, o en lo que ellos llaman la "Palestina histórica", que en realidad equivale a decir en cualquier parte del Medio Oriente que es exclusivamente árabe/musulmán. La causa coyuntural se apoya en el interés estratégico regional iraní. Este país está determinado a convertirse en una potencia nuclear y hará lo que sea necesario para lograrlo. Las bandas asesinas islamistas libanesas y palestinas son funcionales a una política iraní decidida a dominar el Medio Oriente como preludio a la hegemonía mundial. Esto que puede sonar fantástico a oídos occidentales es, no obstante, tomado muy en serio por los ayatolás de Teherán, lugar en el que la política belicosa y la teología fundamentalista convergen. En todo caso, ello es comprendido por varios actores mesorientales y explica la razón por la que voces de condena al ataque antiisraelí del Hezbolá se oyeron en Ryhad, El Cairo y Ammán.

Tanta atención mundial centrada en la posibilidad de que Estados Unidos o Israel atacaran a Irán, y finalmente esta nación golpeó primero. Lo hizo de manera indirecta y contenida, activando a sus lacayos en Gaza y Beirut y eligiendo como objetivo, cuando no, al estado judío. Pero el mensaje estaba dirigido a la comunidad internacional: no se entrometan con nuestro programa nuclear o incendiaremos la región. No olvidemos el timing: Irán repudió la oferta del grupo 5+1 (los miembros del consejo de seguridad de la ONU más Alemania) sobre el affaire nuclear al día siguiente de que la cúpula de Hamas en Damasco admitiera la autoría del secuestro del soldado Gilad Shalit y un día antes del secuestro efectuado por Hizbollah. Tal como señaló un editorial del Wall Street Journal, "Irán está poniendo a prueba al mundo en este momento. Y si se quiere mantener alguna esperanza en una solución diplomática a su programa nuclear, los mulás deben ver que su opción militar no será tolerada".

Para ello se le debe permitir a Israel –la nación atacada y en primera línea de la batalla islamista imperial– defenderse. Imponer un cese de fuego prematuro (o "inmediato" según reclamara el secretario general de la ONU) sería contraproducente en las circunstancias presentes. Equivaldría a arrojarle un salvavidas político a un movimiento terrorista cuya contención es imperativa para la tranquilidad regional. Significaría dejar activa una carta de agresión en la manga del expansionismo iraní. Y, sobre todo, prácticamente garantizaría nuevos ataques una vez que el grupo islamista recompusiera su organización y se rearmara militarmente. Nadie espera que el mundo libre envíe tropas para la defensa de Israel frente a esta agresión foránea, pero sí cabe esperar de la familia de las naciones que por décadas presionó al estado judío a que asumiera "riesgos por la paz" que al menos no obstaculice su legítima autodefensa cuando tales riesgos teóricos se materializan en amenazas prácticas. Particularmente, las protestas de "desproporcionalidad" en el uso de la fuerza israelí lucen desubicadas, en el mejor de los casos, y viles, en el peor, dado que darían la impresión de encubrir una condena no a la manera en que Israel se defiende, sino al derecho mismo a la defensa.

Tiene razón el analista norteamericano Robert Satloff al indicar que el cuarteto islamista del terror –integrado por dos estados (Irán y Siria), un semi-estado (la Autoridad Palestina liderada por Hamas) y un estado dentro de un estado (Hezbolá)– podría lograr lo que Yasser Arafat no logró con dos intifadas: regionalizar el conflicto palestino-israelí y alterar de manera radical el balance estratégico. Este cuarteto reúne a extremistas sunitas y chiítas con seculares baasistas en una conspiración de agresión islámica anti-occidental en la que Israel es la primera, más cercana, y más directa línea de ataque, pero de ninguna forma la única o la última. Los islamistas se han envalentonado a partir de una sucesión histórica de hechos que ellos ven con óptica triunfalista. La expulsión de los estadounidenses y franceses del Líbano en 1984, de los soviéticos de Afganistán en 1989, de los israelíes del Líbano en el 2000, de los españoles de Irak en el 2004, y de los israelíes una vez más, esta vez de Gaza en el 2005, ha consolidado en círculos islamistas una imagen de un Occidente débil y dominable.

Esta impresión ha de ser corregida si el mundo libre aspira a derrotar alguna vez al Islam fundamentalista y a su ideología autoritaria y beligerante. Ni la concesión territorial, ni el repliegue de tropas a destiempo, ni ceses de fuego forzados, ni el aislamiento de una democracia bajo fuego apaciguarán jamás a este enemigo decidido. Israel hoy está batallando en sus fronteras no solamente por su propia seguridad, sino por la de todas las naciones amantes de la paz. Los fanáticos musulmanes lo comprenden. Es lamentable que muchos en Occidente aún no.

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