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FILOSOFÍA

Aprender a vivir

Luc Ferry es un magnífico profesor, un defensor apasionado de ciertas ideas de la Ilustración que se toma en serio la filosofía como un saber de salvación, si bien en este punto ésta sólo formalmente consigue superar a las doctrinas religiosas.

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Daré un par de razones para defender esta interpretación: la primera tiene que ver con la actividad política de Ferry; la segunda, con su idea de la eternidad. En efecto, nada mejor para entender el principal mensaje de Aprender a vivir que circunstanciarlo en la peripecia o circunstancia personal del autor en la Francia actual.
 
Ferry fue ministro de Educación y Juventud entre 2002 y 2004, y fue, es y será siempre conocido por prohibir, en el país que más ha atacado a la religión desde el siglo XVIII, los símbolos religiosos en los establecimientos institucionales. A Ferry le cabe, según algunos, el dudoso honor de haber pasado a la historia por una prohibición, en cierto sentido una persecución. Esta cuestión no es una anécdota más o menos sin importancia, sino una muestra de que este hombre siempre se ha tomado en serio que los seres humanos se salven por sí mismo gracias a la razón, la reflexión y el pensamiento propio, y no por la gracia de Dios. La razón es todo. Vale.
 
¿Y? Y corre, por lo tanto, el peligro de eliminar la carnalidad, la sin-razón, la vida, del pensamiento. Las creencias no existen en la filosofía. Duro. Sí, en principio. Pero acaba cediendo. La razón, en fin, asume los riesgos de ocupar el lugar no tanto de la religión como de Dios. Acaso por eso este libro es un intento por clarificar que las promesas de la religión y la filosofía son radicalmente diferentes.
 
Las religiones nos prometen que no estamos solos. Dios nos quiere y tendremos vida eterna. No moriremos realmente, y en la otra vida nos reencontraremos con nuestros seres queridos. Por el contrario, la filosofía nos promete vencer el miedo a la muerte, que es la madre de todos los temores en la vida. La muerte no es sólo el final de la vida biológica, sino de todo, incluso de la vuelta a los días más felices de la infancia.
 
Ferry intenta permanentemente distinguir entre religión y filosofía, pero acaba reconociendo que las dos son saberes de salvación: la religión con Dios y la filosofía sin Él, ambas aspiran a la salvación. Pero al final, en mi opinión, no es capaz de justificar, de dar razones, de hacer una filosofía plausible, para mostrar que la filosofía está más acá de Dios, o sea, que no es un saber de salvación, sino de inmanencia. Le resulta imposible seguir al materialismo, entendido como reconciliación con lo real, con el mero adaptarse al presente, porque la felicidad jamás está a nuestro alcance. Es imposible amar lo real en cualquier circunstancia; y si no, viene a decir Ferry, que le pregunten a los que han vivido Auschwitz.
 
Ferry, el fustigador de las religiones, tiene que aceptar un humanismo abierto a la trascendencia, aunque tome en su "filosofía" un sentido distinto; aunque yo diría que es aparentemente distinto, porque el filósofo Ferry, el mismo que prohibió los símbolos religiosos en las escuelas francesas, tiene que acabar reconociendo que la promesa espectacular del cristianismo es insuperable. Ninguna otra "filosofía" ha hecho una revalorización del ser humano individualmente tan radical como el cristianismo, que llega hasta los derechos humanos contemporáneos.
 
No es poco. Pero Ferry dice que aún hay más, mucho más: el cristianismo considera la Humanidad como un todo, y a los hombres iguales en dignidad. No es poco. Pero Ferry persiste en resaltar que la idea del libre albedrío del cristianismo es la clave de la libertad del individuo moderno…
 
En fin, no es poco que un ilustrado haga ilustración sobre la Ilustración; es decir, que reconozca, aunque sea de tapadillo, que una determinada "ilustración" no pasa de ser una mera secularización del cristianismo. Sólo por eso, por esa sutil manera de leer la Ilustración, merece la pena leer algunos capítulos, sin duda alguna brillantes, de este libro.
 
Esta divulgativa historia de la filosofía –y he aquí el segundo argumento para mantener que no ha superado el saber de salvación propuesto por las religiones– es no sólo una guía para vivir aquí y ahora, guía muy francesa para disfrutar del presente, sino una guía para la eternidad, pues no creo que pueda deducirse otra cosa de la respuesta que dio una vez Ferry a la siguiente pregunta: "¿Cuál es su postura personal frente a la muerte y la eternidad?".
Después de la muerte uno quiere reencontrarse con sus seres queridos y no con los fragmentos del cosmos. Aquí descubrí a Cristo, que promete la salvación personal y la inmortalidad en al amor a Dios. Esta promesa es tan fuerte, tan bella, que va por encima de la filosofía griega.
 
LUC FERRY: APRENDER A VIVIR. Taurus (Madrid), 2007, 322 páginas.
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