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'SOLIDARIDAD Y SOLEDAD'

Aquel espacio psíquico

El 13 de diciembre de 1981 el gobierno de la República Popular de Polonia, presidido por el general Wojciech Jaruzelski, proclamó la ley marcial. Fue una especie de estado de guerra que se prolongó hasta el 22 de julio de 1983 y que, además de muerte y persecución, comportó la disolución del sindicato Solidaridad y de todo tipo de organizaciones artísticas y culturales.

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Exiliado en 1982 en aquel París que convirtió en su espacio psíquico, el poeta Adam Zagajewski (Lwów, 1945) dio cuenta de aquellos acontecimientos. Además de denunciar la dictadura comunista y reflexionar sobre el papel del escritor en una sociedad en lucha por la libertad, en Solidaridad y soledad fue en busca de aspectos más trascendentes: escribió una suerte de apología que definió a la antigua usanza como "vida espiritual, individualidad, soledad y poesía".

Aconseja Zagajewski leer Solidaridad y soledad de atrás hacia delante. Urgido por "la necesidad de emitir un diagnóstico, de dar nombre a aquel momento histórico y definir su naturaleza", escribió la primera parte demasiado apegado a las circunstancias: básicamente, aquellas que permitirán al lector comprender la turbulencia que supuso el nacimiento de Solidaridad, una mutación salvadora en la vida colectiva de los polacos, un retorno a las tradiciones, un cambio de valores que ocurrió no se sabe bien por qué –las casualidades, según Zagajewski, inciden en el destino del mundo– en los años setenta.

Solidaridad y soledad es –como también lo fue el nacimiento del sindicato Solidaridad– una especie de rebelión contra la espiritualidad negativa y la mentalidad nihilista, contra el adormecimiento y la sovietización, que habían apresado a los polacos en las mazmorras de una relativización que veía en los cristianos "gente débil que hacía un uso capcioso de su debilidad para aterrorizar a los fuertes", en la ética "una manera de mantener a raya a los pobres y a los oprimidos" y en la verdad "una ficción que utilizan los moralistas, los políticos y los enamorados".

El ex presidente de Polonia y líder de Solidaridad Lech Walesa.Dos habían sido las respuestas de los intelectuales y artistas polacos a la sovietización de la cultura: la anárquica, encabezada por Bialoszewski, y la jerárquica, de Herbert, que había hecho posible el nacimiento de Solidaridad e implicado a gente tan inquieta como el entonces cardenal Wojtyla. Zagajewski se sentía espiritualmente cercano a la jerárquica, pero sin excesivo entusiasmo. "La realidad nunca queda satisfecha, siempre tiene hambre". Hacia el final del libro, y ante la dualidad razón-imaginación, se identificará con los escritores y pensadores que se rebelan contra la dictadura de la razón: Solzhenitsyn, Milosz, el Malraux tardío, Heidegger, T. S. Eliot, Simone Weil..., pero reconociendo el valor de racionalistas como Orwell y Karl Popper.

Aunque no puede considerarse a Zagajewski un poeta político contrario al comunismo, fue la experiencia vivida lo que modeló su particular búsqueda espiritual. En los años setenta participó en movimientos a favor de la libertad y fue miembro de la llamada Generación del 68, que en Polonia aglutinó a poetas y escritores que luchaban por que en su país hubiera un régimen de libertades y pluralismo ideológico como el que recibió los embates de los jóvenes contestatarios de Mayo del 68 en la Europa occidental y los Estados Unidos. Cuando se impuso la ley marcial y se disolvieron numerosas asociaciones artísticas e intelectuales, no dudó en sumarse al llamamiento internacional a favor de los escritores polacos. Fue un disidente un tanto especial, pues tenía poco que ver con aquellos otros que

prodigaban análisis, quejas, críticas e incluso gritos de desesperación, pero al mismo tiempo se lo pasaban en grande, disfrutaban de su disidencia, del riesgo que ésta comportaba, y se sentían orgullosos de su coraje.

A Adam Zagajewski le interesaba, por encima de todo, la vida espiritual y la poesía, y sabía que ambas se hallaban más allá de las inmediatas luchas partidistas; incluso, como ha destacado en alguna entrevista, más allá de la rebelión contra la tiranía.

A pesar de la advertencia inicial, el lector no encontrará diferencias sustantivas entre las primeras páginas y las últimas. Las envuelve el mismo rigor, la misma exigencia ética y estética, idéntica densidad de fondo, de un contenido que indaga en la forma de recuperar la identidad anímica de Polonia –un país donde la cultura es entendida como un bien comunitario, en el que "cada palabra es propiedad de todos, cada silencio es de dominio público" y tiene un efecto redentor– y la vida espiritual, que no es otra cosa que "una brega constante con la forma y con la falta de forma", algo que es y al mismo tiempo no es.

No podría ser de otro modo, teniendo en cuenta los modelos en los que se mira, escritores que supieron encontrar vida interior en un panorama, un mundo exterior, signado por la crueldad, desde Nadezhda Mandelstam hasta Aleksander Wat. Y con los que discute, como hace con Kundera por idealizar la Europa Central, esa tierra "enamorada de la libertad, de la cultura y de la idea de una Europa unida", frente a una Europa Occidental barbarizada; o con el Adorno que afirmaba que era imposible la poesía después de Auschwitz, al que replica con una fórmula arriesgada y estremecedora: "Vivir como si no hubiera pasado nada" después del fin del mundo. Recordar, desde luego, para que Auschwitz no se repita, pero

contemplar las puestas de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada.

¿No es así, al fin y al cabo, como ha actuado el ser humano desde el principio de los tiempos?

Es la de Adam Zagajewski una escritura densa y concentrada, que hace pensar, un llamamiento al abandono de la sovietización de la cultura, al regreso de los valores y la tradición, capaz de apelar a la acción y sembrar aforismos ("Puede ocurrir que caigas en la esclavitud, pero hay algo que debes evitar a todo precio: volverte esclavo"; " Hay que pensar en contra de uno mismo. Si no, no somos libres") como el que no quiere la cosa.

¡Casi nada!

 

ADAM ZAGAJEWSKI: SOLIDARIDAD Y SOLEDAD. Acantilado (Barcelona), 2010, 187 páginas. Traducción de A. Rubió y J. Slawomirski.

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