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NARRATIVA

De reinas y reyes

Alan Bennett ha escrito una novela corta de extensión, profundo contenido literario y bellísima conclusión, a saber, una reina cambia de oficio por el poder de seducción de la literatura. He aquí una novela aconsejable para todos los reyes, incluido el nuestro, tocados por el afán de la excelencia y la superación constante. Obra para reyes que aspiren a la buena vida y para súbditos que quieran hacerse ciudadanos más allá de la república de las letras, en la polis real, la nación democrática.

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La brevedad del texto es signo de distinción moral en un panorama literario abarrotado de novelones infumables propios del XIX. Hay más vida, más sabiduría y, sobre todo, más arte en esta de 119 páginas que en los novelones de 2.000. No estaba, pues, descaminado Gracián, nuestro conceptista más reputado, cuando decía que "más valen quintaesencias que fárragos". Esta novela quintaesencia, en efecto, el valor de la literatura para cambiar la vida. Naturalmente, para hacérnosla más agradable, primero, y después para transformar y enriquecer toda nuestra perspectiva del mundo y de nosotros mismos.
 
Esta obra es toda una guía literaria no sólo para estimular el cambio de profesión de los monarcas contemporáneos sin sufrir ningún tipo de trauma, sino también para que todos sus lectores reconozcan que la literatura en general, y esta novela en particular, contribuyen de modo más decisivo, y sobre todo de modo más placentero, que las ciencias sociales y jurídicas al proceso de construcción de la racionalidad pública.
 
El comienzo del texto no puede ser más deslumbrante por su ironía e inteligencia. Nadie con sensibilidad puede dejar de engancharse a un libro donde aparece la reina de Inglaterra preguntándole, durante un banquete oficial en el palacio de Windsor, al presidente de Francia por Jean Genet. Preguntar por ese gran escritor francés tan maldito como vituperado por lo políticamente correcto es más que una osadía; es, sobre todo, una señal de fina ironía: "Me moría de ganas", dice la reina al presidente francés, "de preguntarle por el escritor Jean Genet (…) Homosexual y presidiario, ¿era, sin embargo, tan malo como lo pintan? O, más al grano –dijo, y empuñó la cuchara de la sopa–, ¿era tan bueno?".
 
Para llegar a esa pregunta, que sin duda alguna es la primera prueba de la ironía inteligente que exhala el libro en cada una de sus páginas, la principal protagonista ha tenido que recorrer un largo y feliz viaje por diferentes obras clásicas y contemporáneas. Todo empieza un día que, casi por casualidad, la reina descubre, al ir a buscar a la calle a sus perros que se han escapado del recinto de palacio, que también cerca de su residencia llega todas las semanas una biblioteca pública en forma de bibliobús o biblioteca ambulante, que presta servicio entre otros a un humilde ayudante de cocina del palacio. Si dejamos aparte los vínculos entre el bibliotecario y la nueva usuaria del servicio público, la relación que se crea entre Su Majestad y el lavaplatos es uno de los juegos literarios, entre otros tantos, más jugosos de la novela.
 
Charles Dickens.Todo el libro es un homenaje al poderío de la literatura, un reconocimiento al placer que producen autores como Jane Austen, Elliot, Henry James, Dickens, Balzac, etcétera. El final de la obra no es menos apoteósico que el comienzo. La reina reúne a todo el Gobierno y las autoridades de la nación para comunicarles algo que sólo literariamente puede hacerse. E. M. Forster, o quizá Emily Dickinson, lo dijo con esta formulación: "Di la verdad, pero dila sesgada. El éxito reside en el rodeo". Pues eso mismo digo yo, he aquí un bellísimo rodeo para que descubran el final de esta obra, que no puede ser otro, reitero, que el cambio de oficio de la reina. ¿Se llama eso abdicación? Quizá. Mientras lo descubren sus lectores, entre los que se deberían contar el monarca español, me atrevería aconsejarles otro libro para el verano.
 
Es otra novela, bastante más larga porque, seguramente, el asunto histórico que trata lo requiere: nada más y nada menos que "la historia de la rebelión americana y el genocidio bolivariano". Su autor es colombiano y habla bien, muy bien de la madre patria, y desmitifica la leyenda negra, negrísima, sobre las "guerras civiles" en la América española que condujeron a la independencia de esos territorios, jamás "colonias", españoles. Tiempo habrá de hacerse cargo de este nuevo libro de Pablo Victoria, Al oído del Rey, una novela histórica, vertebrada por una larga narración de un americano, Joaquín de Mosquera y Figueroa, que fue ministro de Fernando VII, y que le cuenta a éste cómo ocurrió la amputación de la América española, pero he aquí algunas notas esenciales, a juicio del autor, que trata sobre los orígenes de la independencia americana en dos países que el mismo autor juzga claves para entender todo el proceso independentista de América: Colombia y Venezuela.
 
En este libro se narra lo que es muy poco conocido: las intrigas cortesanas de estas dos provincias de España, las aspiraciones de la nobleza y burguesía criollas, las relaciones de poder y, sobre todo, las razones por las que españoles peninsulares y españoles americanos se fueron distanciando cultural, religiosa y políticamente unos de otros. El autor no deja nada a la imaginación. Recorre todos los caminos, transita todos los episodios de aquella vida del siglo XIX que, apacible como era, despierta a la más infernal, desastrosa y fratricida contienda que jamás se hubiera conocido a uno y otro lado del Atlántico. Personaje central es don Joaquín de Mosquera y Figueroa quien fuera gobernador de Cartagena de Indias en 1785, oidor de la Real Audiencia de Santa Fe, Quito y Méjico, alcalde del Crimen y oidor de la Real Audiencia de Méjico y, como si fuera poco, presidente de la Tercera Regencia, en tiempos en que el usurpador Bonaparte se sentó en el trono del Imperio, y fue quien publicó y sancionó la Constitución de 1812, La Pepa el 19 de marzo de 1812. Desempeñó la Regencia de España entre el 22 de enero de 1812 y el 8 de marzo de 1813, en ausencia de don Fernando VII, de quien recibió la Orden de Isabel la Católica por los servicios prestados a la Corona. La vida de este personaje es realmente desconocida; de él sólo se sabe que tenía tres hijas que profesaron votos perpetuos en Méjico; que era hermano de los llamados Mosquera Grandes, independentistas, que su familia quedó irremediablemente divida a raíz del proceso secesionista y que dejó unos manuscritos en que sucintamente deja escritas unas memorias para la posteridad en las que narra sus impresiones de este proceso revolucionario, sus actores y consecuencias.
 
Pablo Victoria hace suyas tales memorias, las interpreta y las circunstancia no sólo dentro de todo el marco revolucionario del siglo XIX sino en forma de diálogos al oído del Rey, que no es otro que don Fernando VII una vez regresa al trono de España. Mención especial merecen varios episodios que en la "historiografía patriótica" se relatan de manera diferente y hasta fraudulenta: la traducción y publicación de los Derechos del Hombre por parte de Antonio Nariño como causa fundamental de la independencia. Niega el autor que este haya sido motivo principal, o siquiera un motivo: Nariño nunca publicó los Derechos del Hombre, según descubre el autor.
 
Otra sorpresa es cómo la independencia de la Nueva Granada se precipita por la riña de un americano y un español en torno a un florero que iba a adornar la mesa de un regio comisionado, Antonio Villavicencio, enviado por la Junta Suprema a apaciguar los ánimos en esa provincia. Nueva sorpresa que nos da son los motivos que albergaba el libertador Simón Bolívar para buscar la independencia de América y que nos ofrece la dimensión psicológica del personaje, su odio patológico por todo lo español, sus deseos de entregar la América a los ingleses, su infinita crueldad, manifestada en su Guerra a Muerte, el primer genocidio conocido contra una raza cristiana, la española.
 
Tesis clave de Pablo Victoria es que la América se atrasó dos siglos durante esta guerra fratricida que asoló industrias, haciendas, comercio y cultura. Decenas de miles de desplazados por la guerra; miles y miles de refugiados, de emigrantes; ruina y desolación por doquier, fueron la marca notoria de la independencia americana, más cruel, destructiva y sanguinaria que la que se llevó a cabo en el Norte entre Estados Unidos e Inglaterra. Este es el origen de un atraso del que no nos reponemos, doscientos años después de tan infaustos sucesos; porque, a decir del autor, la América española era más avanzada cultural y económicamente que la inglesa. En este sentido, Pablo Victoria nos relata el impulso científico que dieron los virreyes en aquellas lejanas provincias, negando así el oscurantismo cultural endilgado a España por la Leyenda Negra. Las consecuencias de esta gran tragedia humana nos persiguen hasta nuestros días: la paz no volvió a América tras doscientos años de independencia.
 
El lector se sentirá fascinado por la prolijidad narrativa, el lujo de detalles, la penetración psicológica de los personajes y actores del drama, la forma comprehensiva con que trata un tema complejo y desbordante; arriesga el escritor, no obstante, la severa crítica de sus compatriotas colombianos por la manera escueta y sin ambages con que nos desnuda los más significativos personajes de una tragedia que hasta nuestros días es ignorada por la mayoría de españoles.
 
 
ALAN BENNETT: UNA LECTORA NADA COMÚN. Anagrama (Barcelona), 2008, 119 páginas // PABLO VICTORIA: AL OÍDO DEL REY. Áltera (Madrid), 2008, 384 páginas.
 
Pinche aquí para ver el CONTEMPORÁNEOS dedicado a AGAPITO MAESTRE.
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