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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

De tejas abajo (I)

Siempre resulta alentador constatar que surgen nuevas editoriales, sobre todo como ésta, Áltera, claramente a contracorriente del pensamiento, si no único, al menos dominante, de la que acabo de recibir la traducción (excelente) del libro de Alain de Benoist Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)

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A partir de la publicación de El libro negro del comunismo (1997), de su contenido y de los comentarios que suscitó y sigue suscitando, el autor realiza un análisis serio y convincente de las semejanzas en el horror de ambos sistemas totalitarios, mucho más esenciales que sus indudables diferencias.
 
Yo siempre he pensado, y a veces escrito, que dicho libro se quedaba corto comparado a la realidad sangrienta de la represión y a la siniestra contabilidad de los millones de muertos, y sobre todo corto en cuanto a su análisis del totalitarismo. Buena prueba de ello es que, cuando la polémica que siguió a su publicación y las inevitables comparaciones que se hicieron entre comunismo y nazismo, muchos, incluyendo a algunos de los redactores del propio Libro negro (¡!), consideraron dicha comparación un sacrilegio.
 
Alain de Benoist ironiza con acierto acerca de las tesis de los defensores, hoy atrincherados, del comunismo, para quienes era, y es, una doctrina "buena", con objetiva solidaridad y liberación social, mientras que el nazismo era una doctrina "mala", cuyo único objetivo era el odio y la masacre de razas inferiores.
 
Pero el comunismo también era odio, dice Benoist, citando a otros autores, y la "lucha de clases" puede equipararse a la "lucha de razas" del nazismo. Manteniéndome en ese lenguaje infantil, yo diría que desde luego el nazismo significaba odio a los judíos, pero también amor exorbitado al pueblo alemán, a la tradición germánica, a la Nueva Europa, y exaltación de los arios, raza superior.
 
Ya he señalado en diversas ocasiones el fabuloso sofisma que consiste en seguir defendiendo el comunismo como una "teología de la liberación", o algo así, que se hubiera topado en el transcurso de su historia con errores, y algún crimen, que nada tenían que ver con sus verdaderos objetivos ni con su doctrina; y el Gulag no sería más que un tumor en un cuerpo sano: bastaría con una leve operación quirúrgica para que el enfermo se levantara y caminara de nuevo hacia un porvenir radiante.
 
Esta operación de lavado de cerebros y blanqueo de la sangre obedece a un objetivo político concreto que nada tiene que ver con la teoría, y aún menos con la realidad: se meten todos los "errores", "desviaciones" y crímenes en el saco sin fondo del "estalinismo", se los separa artificialmente de la historia del comunismo, como se separa a Stalin de Lenin y, ¡no faltaba más!, de Marx, y nos queda la leyenda de la "gran revolución proletaria" de 1917 y, sobre todo, el eterno antifascismo de los comunistas, con sus frentes populares y otras estafas. Lo cual constituye una base propagandística rentable, las cosas como son, para los residuos comunistas, y sobre todo para la social burocracia y sus franjas antimundualistas.
 
Podrá ser esta manipulación ilusionista relativamente eficaz; eso no impide que sea otra estafa, porque Marx, Lenin, Stalin, Mao y demás Pol Pot constituyen las figuras emblemáticas de las etapas del desarrollo del totalitarismo comunista, que asesinó mucho más, se extendió por el mundo entero, y duró asimismo mucho más que el nazismo. Escribe Alain de Benoist: "Que el comunismo hay sido más destructor aún que el nazismo no puede hacer que el segundo sea 'preferible' al primero, porque la decisión jamás se ha reducido a una alternativa entre uno u otro". De acuerdo.
 
Y no sólo con esta frase: estoy ampliamente de acuerdo con el análisis de los totalitarismos realizado por Alain de Benoist. Me gustaría, sin embargo, hacer dos observaciones. Refiriéndose al genocidio de los judíos por los nazis, tiene razón cuando afirma que una masacre no anula a las demás, sino que se suman; pero me parece que la Shoá tiene características particulares, y aunque no resulte difícil creo que hay que decirlo serenamente.
 
No se trata sólo de que la liquidación física y total de los judíos formara parte del hábeas doctrinal del nacionalsocialismo, sino también de la rapidez y la industrialización del crimen. Auschwitz, Treblinka y otros campos de exterminio fueron verdaderas fábricas de muerte, de una productividad monstruosa. Y eso no se da en otras masacres, incluso de judíos, en otras épocas.
 
Como otros críticos de los totalitarismos, De Benoist denuncia la instrumentalización que del "antifascismo" realizaron la URSS y sus partidos satélites antes de la II Guerra Mundial y, sobre todo, después, cuando se presentó a la URSS como una gran potencia "democrática" que había vencido al nazismo, para muchos, que había participado en su derrota, para otros, y, para todos, protagonista de "la victoria de la democracia contra el nazismo", y como tal representada en la ONU, en Nuremberg, en todas partes.
 
Alain de Benoist.Formar parte del campo de los vencedores transformaba automáticamente a la URSS en país democrático precisamente cuando la represión y la intolerancia conocían uno de sus peores momentos. Aunque el antisemitismo no parece ser una cuestión que interese particularmente a Alain de Benoist, hay que precisar que fue el más virulento de toda la historia soviética, con la deportación masiva de judíos, y eso ¡después de Auschwitz!
 
La voluntad de reducir el antisemitismo soviético, que nunca se manifestó como tal, siempre iba enmascarada en la condena del "cosmopolitismo", hasta que se convirtió en antisionismo. Porque muchos, al analizar este periodo histórico (lo mismo ocurre con otros), confunden las palabras con los hechos, como si la mentira no fuera consubstancial al totalitarismo.
 
El comunismo no se declaró nunca antisemita, pero lo fue. Considerar, pues, que los únicos antisemitas fueron los nazis, y que el único resurgimiento de ese racismo es "filo" o "neo" nazi (siendo estos por lo general grupitos controlados, cuando no creados por la policía), constituye otra de las numerosas falsificaciones para intentar proteger a cierta izquierda radical y salvaguardar la leyenda del buen comunismo antifascista.
 
Otro de los grandes ausentes de este libro es el capitalismo. No me refiero al PIB, ni a la OMC, o al FMI, ni siquiera a algo más serio, como las diferentes etapas del capitalismo, sino al hecho incuestionable de que el capitalismo, el anticapitalismo, con la abolición de la propiedad privada, están en el centro del periodo analizado, tanto desde el punto de vista teórico como práctico. Porque si, efectivamente, De Benoist se limita a algunas alusiones displicentes al capitalismo, calificado por él de liberal, consagra la tercera parte de la obra a un ataque despiadado, casi tan feroz como el que dedica a los totalitarismos, contra la democracia liberal.
 
Como tantos, confunde democracia parlamentaria y democracia liberal, porque si es cierto que el liberalismo defiende y ejerce el parlamentarismo, las elecciones, el pluripartidismo, etcétera, sus exigencias de libertad son mayores a las que se conocen en muchas democracias parlamentarias.
 
"La sociedad liberal sigue reduciendo el hombre al estado de objeto, cosificando las relaciones sociales, transformando a los ciudadanos-consumidores en esclavos de la mercancía, reduciendo todos los valores a los de la utilidad mercantil". Esta cita de Alain de Benoist, pero que podría haber firmado cualquier José Bové de turno, se merece un comentario. Reservando mi derecho, no sólo de admisión, también de crítica, dedicaré mi próxima crónica a defender el liberalismo contra sus enemigos, se sitúen éstos en el terreno del marxismo o en el de la trascendencia.
 
 
Alain de Benoist, Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989), Barcelona, Áltera, 2005, 192 páginas.
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