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EUROPE, UNE PASSION GÉNOCIDAIRE

Desasnar a los dogmáticos

Hay libros de historia que, además de útiles para la comprensión de acontecimientos pasados, nos permiten afinar nuestra valoración de lo que hoy sucede. Es el caso del "ensayo de historia cultural" que Georges Bensoussan ha dedicado a la comprensión del genocidio de los judíos europeos. ¿Cómo puede ser? ¿Un ensayo que, no contento con sumarse a la ya prolija bibliografía sobre la Shoá, contenga claves sobre la actualidad? Pues sí, y vaya por delante que afirmar tal cosa no es delirio de reseñista en busca de argumentos vistosos para enganchar al lector.

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Una de las razones que explican la amplia resonancia de las tesis expuestas en Europa, una pasión genocida –éste es el título deliberadamente provocador del libro de Bensoussan– es el hecho de que su autor no concibe el genocidio de los judíos como un suceso único e incomparable, como la excepcional e indecible irrupción de la barbarie en la, por otra parte, supuestamente civilizada historia europea. Esta deliberada desacralización del Holocausto no conlleva forzosamente su banalización, y lo que pretende demostrar Bensoussan es que puede y debe hacerse el esfuerzo de comprender aquel suceso, por excepcional que nos parezca, como lo que es: un hecho histórico dotado de antecedentes, ni surgido de la nada ni únicamente explicable por el racialismo antisemita del régimen nazi.
 
Conviene saber que Bensoussan, además de autor de una historia intelectual y política del sionismo, es actualmente el responsable editorial del Memorial de la Shoá de París. Valga esta pincelada biográfica de admonición a algunos integristas de la Shoá, que no han dudado en cargar contra las tesis defendidas en Europa, una pasión genocida como si éstas fueran negacionistas. El libro que aquí se reseña (y que dudo que ningún editor español se arriesgue a intentar vender en nuestro alegre mercado editorial) le ha valido más de una excomunión, por la misma razón que su artículo "La Shoah, fait d'histoire" (Le Monde, 07-VII-2000) desató la ira de Claude Lanzmann, que se ha erigido en guardián del templo de un acontecimiento del que, como del Dios único, no debe predicarse nada so pena de condenación eterna. Al respecto, la postura de Bensoussan no puede ser más clara:
Con su negativa a historicizar la Shoá y sus imprecaciones contra los historiadores, Lanzmann traza un camino expedito a los relativistas de toda laya que mañana, cuando hayan desaparecido los últimos testigos, lo tendrán más fácil para reducir la Shoá a otro episodio sangriento de la historia y ahogar su especificidad en algún afligido lamento sobre "el siglo de hierro".
Una vez postulado que el Holocausto pertenece a la historia, lo que hace Bensoussan es desenrollar un ovillo de ideas y creencias formado en Europa a lo largo de siglos de violencia institucionalizada y racionalizaciones diversas de la misma. Por descontado, el antijudaísmo de raíz cristiana y su moderna pervivencia a través del antisemitismo racialista constituye una de sus hebras más largas y resistentes. Fue preciso que los europeos elaboraran y refinaran, durante todo ese tiempo, un acervo de prejuicios acerca de los judíos para que en el siglo XX pudiera concebirse y ejecutarse la destrucción programada y planificada de los judíos europeos.
 
Léon Poliakov, en su monumental Historia del antisemitismo, trazó con precisión ese mapa. Bensoussan se propone hacer algo parecido, pero llamando esta vez la atención sobre otros estambres del ovillo. Lo que se desprende de su minuciosa descripción es una imagen muy otra: la de una Europa que, en paralelo al surgimiento de las ideas liberales e ilustradas, ha secretado un corpus ideológico de signo contrario, constitutivo de una auténtica Anti-ilustración.
 
No es la primera vez que se afirma tal cosa, pero por lo general suele hacerse con una remisión a las ideas de los conservadores franceses o ingleses contrarios a la Revolución Francesa, como De Maistre o Burke, a las tesis del Volksgeist caras al nacionalismo alemán de Herder, Fichte o Hegel, o al pesimismo antropológico de Schopenhauer o Nietzsche. En un libro reciente (Les anti-Lumières: du XVIIIe siècle à la guerre froide, Fayard, 2006), Zeev Sternhell ha vuelto a incidir en esta concepción de la Anti-ilustración para cargar contra Isaiah Berlin, en un ejercicio intelectual tan impostado como aplaudido por la biempensancia socialdemócrata, que tiene la amenidad de haber hecho de Berlin una de sus bêtes noires.
 
Para exhumar su Europa anti-ilustrada, Bensoussan se ha visto obligado a ensayar una síntesis de las investigaciones históricas llevadas a cabo por varios historiadores, entre ellos él mismo, en áreas tan diversas como la historia del eugenismo, los métodos empleados por el colonialismo europeo en África, el auge del darwinismo social en la segunda mitad del XIX o el papel desempeñado por las carnicerías de la Primera Guerra Mundial en la aceptación por parte de los europeos de la violencia masificada. Por sí sólo, este esfuerzo de síntesis hace de Europa, una pasión genocida un libro de referencia (aunque hay que señalar que, incomprensiblemente, no incluye índice analítico ni bibliografía).
 
Stephan Shayevitz: SHOA 3 (DETRESSE). A mi entender, y dicho lo anterior, el mayor interés del recorrido que propone Bensoussan por lo que podría llamarse "la historia cultural de la Europa genocida" reside en su enfática advertencia de lo mucho que el Holocausto debe a un factor ideológico frecuentemente escamoteado: la "brutalización" de la sociedad europea a través de la aceptación de los postulados más delirantes del darwinismo social. El corazón de la Europa anti-ilustrada tiene prendido en su centro la bochornosa aventura de la higiene racial y el eugenismo y de su hermana menor, la llamada "eutanasia negativa". El hecho de que este "corazón de las tinieblas" haya podido originarse en los importantes descubrimientos científicos de Darwin y que hasta el día de hoy apenas se haya estudiado la incidencia de las tesis biologicistas, por ejemplo, en el culto a la naturaleza del nacionalsocialismo constituye uno de los puntos ciegos de nuestra reciente historia cultural.
 
Bensoussan recuerda útilmente, entre un cúmulo abrumador de otros datos coincidentes, que el primer director general de la Unesco (1946-1948), el biólogo y eugenista militante Julian Huxley, sostenía tesis tan poco amenas como ésta: "La diferencia mental entre los tipos inferiores de hombres y los genios es casi tan grande como la que separa al hombre del mono". Hoy, ni siquiera el más desmelenado adepto del darwinismo social se atrevería a defender el concepto de higiene racial, pero ante la creciente confusión ética que impera en los actuales debates sobre tecnología genética, o sobre la conveniencia de reformular viejas prácticas eugenistas como la eutanasia, es razonable sospechar que esto sea así ante todo por razones estéticas: quién se atreve hoy, en efecto, a pronunciar la fea palabra raza o a declarar abiertamente que hay jerarquías en las formas de vida (y de muerte). Con todo y su exquisito cuidado eufemístico, en la nueva utopía científica: refundar la naturaleza del hombre a través de las biotecnologías, resuenan algunos ecos de ese pasado no tan lejano.
 
Trátese de los programas de esterilización adoptados en Alemania (y en Estados Unidos, donde el movimiento higienista hizo estragos a comienzos del siglo XX) o, de 1935 hasta una fecha tan reciente como 1976, en Suecia; de la aparición de muy científicas y respetadas Sociedades Eugenistas en todos los países occidentales a comienzos del siglo XX, o del salto definitivo al programa de eutanasia T4 dado por los nazis en 1938, la historia que recupera Bensoussan nos recuerda que no sólo la fe religiosa o las ideologías producen monstruos, y que la ciencia no siempre es garantía de salvaguarda ante derivas irracionalistas y proyectos criminales.
 
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Me permitiré destacar dos noticias recientes de la actualidad política española que no sólo no guardan relación entre sí, sino que además parecen no tener nada que ver con el libro aquí reseñado. Por un lado, la negativa del BNG a suscribir la declaración institucional del Parlamento gallego con motivo de la conmemoración del Día del Holocausto salvo que también incluyera una mención explícita a la situación de los palestinos; por otro, las reacciones de los partidos de izquierda y nacionalistas a la nota en que la Conferencia Episcopal instruye, a dos meses de las elecciones generales, sobre su postura en asuntos de interés político.
 
Que en España hoy sea posible equiparar la destrucción programada y planificada de los judíos europeos por el régimen nazi y el violento enfrentamiento entre israelíes y palestinos, amén de síntoma de mala salud moral, sin duda es revelador de un profundo desconocimiento de la reciente historia europea. Pero que esto sea así no tiene o debiera tener nada de sorprendente. A una ignorancia de antaño cultivada sobre la realidad de la Shoá se añade en este país un sistemático desconocimiento del antijudaísmo y su plurisecular tradición. Lo que no deja de ser paradójico, habida cuenta de que España contribuyó no poco a forjar esa tradición al concebir los estatutos de limpieza de sangre. Pero ya se sabe: el viento de la memoria histórica es caprichoso y no siempre sopla en su propio terruño.
 
La verdad es que la ritual invocación de la memoria histórica convive entre nosotros con las más patológicas muestras de amnesia. Basta para que ésta se manifieste con que los hechos memorables estén inscritos en episodios más antiguos o recientes que la Guerra Civil, mas no santificados por el verbo oracular del nieto del capitán Lozano. El comprensible revuelo ocasionado por el antisemitismo presentable en sociedad (vulgo antisionismo) del BNG no ha tomado en cuenta que estamos ante una repetición de lo sucedido hace un año, cuando el Ayuntamiento de Ciempozuelos, gobernado por los socialistas, propuso que el 27 de enero se conmemorara no el Holocausto, sino "el genocidio palestino". Tal cosa ocurría, además, apenas dos años después de que el Gobierno de España (bien tardíamente, por cierto) decidiera por fin hacer un hueco en su calendario oficial al Día Oficial de la Memoria del Holocausto Judío y la Prevención de los Crímenes contra la Humanidad.
 
Gaspar Llamazares.Asimismo, doce meses parecen haber bastado para olvidar que el Ilmo. Coordinador de IU, Gaspar Llamazares, defendió vehementemente ante las Cortes esa misma iniciativa del Ayuntamiento de Ciempozuelos opinando que le parecía "compatible" el recuerdo del Holocausto con la denuncia del "genocidio", "el terrorismo" y "los crímenes contra la Humanidad" sufridos por el pueblo palestino. Item más, el Sr. Llamazares declaró que la señalada fecha debería tener por objeto "el homenaje a todos los holocaustos". No sé si revelará algún trauma infantil, y la verdad es que en caso de que así fuera me parecería poco relevante, pero lo que sí logra el lapsus plasmado en la sustitución de "conmemoración" por "homenaje" es manifestar la hondura del apego de este médico comunista formado en Cuba por la tradición genocida de la familia política a la que pertenece.
 
Respecto del derecho de cualquier jerarquía eclesiástica a opinar sobre lo que le venga en gana del "reino de este mundo", que tanta indignación moral y laica está atizando últimamente, baste con recordar, con la mirada puesta en el libro de Bensoussan, estos dos datos: una de las escasísimas voces que se alzaron en la Alemania hitleriana para denunciar el programa de eutanasia de deficientes mentales (T4) fue la del obispo católico de Münster, monseñor Von Galen; y Eugenio Pacelli, más conocido como Pío XII, acabó adoptando ante Hitler y sus políticas de exterminio racial posturas conciliadoras, para decirlo con suave eufemismo.
 
Puede que estas contradicciones sean probatorias de duplicidad moral, pero lo que sin ninguna duda demuestran es la capacidad de la Iglesia para manifestarse públicamente acerca de los más variados asuntos mundanos. No soy creyente, y, por consiguiente, la eficacia de la doctrina de la Iglesia en el orden de los asuntos transmundanos escapa a mi interés, pero como vivo en este mundo (el único, a mi entender, dotado de realidad) y constato que la Iglesia también, no veo en nombre de qué infalible ciencia puede negársele a sus miembros el derecho a opinar sobre lo que en él acontezca. Curiosa y contradictoriamente, los que se rasgan las vestiduras hoy porque la Iglesia haga política suelen ser los mismos que le reprochan a Pacelli su silencio cómplice durante la Segunda Guerra Mundial.
 
A estos dogmáticos, trátese de los confusos antisemitas de izquierdas o de los laicistas devotos de la infalibilidad de la ciencia, les recomiendo la lectura del libro de Bensoussan. Desasnarse siempre es saludable.
 
 
GEORGES BENSOUSSAN: EUROPE, UNE PASSION GÉNOCIDAIRE. Mille et Une Nuits (París), 2006, 463 páginas.
 
ANA NUÑO, poeta, ensayista y editora.
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