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MENDEL EL DE LOS LIBROS Y VIAJE AL PASADO

Dos de Zweig

El otro día hablé en LD Libros de estos dos de Stefan Zweig: Mendel el de los libros y Viaje al pasado. Pero el tiempo en la tele corre que se las pela, sobre todo si lleva a Carmen Carbonell detrás, azuzándole con un palo. Así que, si me permiten, voy a volver aquí sobre mis pasos.

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Decía en el programa que el Mendel de Zweig nos lleva a otros autores y a otros textos. Por eso comenté que, en un hipotético concurso de subtítulos, igual me decantaría por "Evocaciones".

¿Adónde, a quiénes nos llevan Stefan Zweig y Jakob Mendel? Pues, para empezar, a Jorge Luis Borges y a Irineo Funes el memorioso, al que le era muy difícil dormir porque "dormir es distraerse del mundo", y cuya memoria prodigiosa acabó cohibiendo a su relator:
Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Apenado sospecho que Mendel compartía con Funes no sólo una retentiva poderosa, también la incapacidad para el pensar; porque, recita y recuerda Borges, "pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer", y en el abarrotado universo de Irineo "no había sino detalles, casi inmediatos". Además, de seguro al ruso "le era muy difícil dormir", como al personaje uruguayo del ciego luminoso. Y es que "dormir es distraerse del mundo".

También se parece Mendel el de los libros al bibliotecario de El hombre sin atributos de que habla Pierre Bayard en Cómo hablar de los libros que no se han leído (libro que no han leído Bayard ni este reseñador). Uno y otro pueden proponerse como modelos de lo que mon semblable denomina "no-lector integral", alguien
que no abriría nunca ningún libro, pero que no por eso dejaría de conocerlos y de pronunciarse acerca de ellos.
Entiéndaseme. Mendel y el bibliotecario sí los abrían, pero éste no pasaba del título y el índice (y advertía: "El que se detiene en su contenido está perdido como bibliotecario [...] Nunca obtendrá una idea del conjunto"), y aquél sólo veía de cada uno

su título, su precio, su aspecto, la página de créditos;

también para hilar fino, ser el mejor en lo suyo.

Más hermanos del reconcentrado Jakob Mendel, que, nos informa Zweig, "no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor". Es el turno de Akaki Akákievich Bashmachkin, funcionario tan gris de San Petersburgo, humillado y ofendido por un gerifalte mequetrefe que, con su manera de hacer, dice mucho más sobre las miserias y opresiones del sector público que muchos buenos, voluntariosos manuales liberales. A Akaki, la bronca del gerifalte mequetrefe le pondrá literalmente enfermo y rumbo a la locura y la muerte; a Jakob, la susceptibilidad paranoide de un coronel le llevará, igual de injustamente, al campo de concentración. Y allí se le romperán las gafas y se hermanará con otro que conoció en las mismas circunstancias el desamparo: el periodista miope de, qué gran novela, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa.
Los sufrimientos espirituales que tuvo que padecer Mendel durante esos dos años en el campo de concentración, sin libros, sin sus amados libros, sin dinero, en aquella inmensa jaula humana en medio de sus compañeros, indiferentes, ordinarios, la mayoría analfabetos, lo que hubo de sufrir allí, separado de su mundo, el mundo superior y único de sus libros, como un águila con las alas cortadas respecto de su elemento, el éter, sobre esto no hay testimonios.
Todos estos personajes nos evoca el personaje Jakob Mendel, y su autor otros autores. Por ejemplo y por contraste, Jean-Paul Sartre; pues Zweig en estas páginas nos informa de que, tantas veces, el infierno son nosotros:

(...) me marché y sentí vergüenza frente a aquella anciana y buena señora que, de una manera ingenua y sin embargo verdaderamente humana, había sido fiel a la memoria del difunto. Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

***

Precisamente olvidar fue lo que no hicieron Ludwig y su amante, la señora de su señor, G., director de una gran fábrica en Fráncfort que le puso en el camino que lleva a la prosperidad, el reconocimiento, la realización y la riqueza.

Es Viaje al pasado la historia de un amor interrumpido; un amor que sobrevivió a la Gran Guerra, al espacio de un océano, a los años contados por decenios, probablemente porque no se consumó. Hablamos de un amor que no quiso encarnarse, sudarse, ponerse a prueba, soportarse. ¿De un amor fou? ¿Quizá de uno inhumano? Sí, sí, todo muy romántico. Todo un volcarse el uno en el otro, y al otro que le vayan dando. Sabrá de qué hablo el melancólico, que añora, hay que joderse, lo que jamás y muchas veces porque no quiso tuvo.

En la última página, en la última hora del reencuentro, después de todo el tiempo y el pasado sin pisar, ella, inquieta, sonsa y aturdida, le pregunta a él:
¿Qué te pasa, Ludwig? ¿En qué piensas?
Y él, tras toda una vida de mentirse, va y le miente:
¡En nada! ¡En nada!

STEFAN ZWEIG: MENDEL EL DE LOS LIBROS. Acantilado (Barcelona), 2009, 57 páginas // VIAJE AL PASADO. Acantilado (Barcelona), 2009, 91 páginas.

MARIO NOYA, director de LD LIBROS. Pinche aquí para acceder al blog del programa.
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