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NACIONALIDADES HISTÓRICAS...

El avispero nacionalista

“Los Estados existen. Las naciones no existen: son existidas. La nación, como comunidad de orden superior a la suma de individuos de una sociedad, es un producto del nacionalismo. Sin nacionalismo, no hay nación”. Esta cita de Pep Subirós que recoge el profesor de Derecho Constitucional Roberto L. Blanco bien podría resumir lo mucho que ofrece el libro Nacionalidades históricas y regiones sin historia.

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Sin embargo, no sólo encontraremos en sus páginas críticas sublimes al nacionalismo, también una brillante descripción del proyecto constituyente y estatutario con el fin de explicar cómo ha sido posible que el nacionalismo no se haya contentado con las competencias que ha recibido desde 1978.
 
Al parecer, la única respuesta posible a este interrogante es la eterna insatisfacción que aflige al nacionalismo. Sin enemigos, el nacionalismo no es nada. Sin el Estado español, es muy complicado aunar las voluntades de sus vástagos en un proyecto nacional. Al fin y al cabo, el hecho de que todas las pretensiones nacionalistas no se lleven a buen puerto por culpa del Estado español permite imputar cualquier fracaso o error a un tercero. En este sentido, el nacionalismo comparte con la izquierda la obsesión por culpar a otro de los males propios, liberando al individuo de su peor juez: su conciencia.
 
A la par que describe este proceso tan complejo como errático, por no haber cerrado la mal llamada "cuestión nacional", Blanco desmonta las falacias de quienes, como Maragall, plantean el "Estado asimétrico". Entendiendo como tal que unas autonomías gocen de mayores competencias que otras y que aquéllas sean denominadas "naciones". Principalmente, el profesor Blanco explica cómo, de facto, la España de las autonomías es ya un país con asimetrías, con el País Vasco y Cataluña disfrutando de una serie de facultades de las que no gozan el resto de las comunidades.
 
Probablemente, la obsesión por sacarle al Estado más competencias dependa, en buena medida, de la cantidad de personas que dependen directa o indirectamente de las comunidades autónomas. Para mantenerse en el cargo, los políticos nacionalistas deben contentar a sus huestes con puestos de trabajo, con subvenciones o mirando hacia otra parte, cuando sus actividades rozan la ilegalidad. Al igual que a la querida hay que colmarla de regalos, al electorado hay que mimarlo mucho. Esta idea, si bien algo más sofisticada, fue la que hizo que se le concediera en 1986 el Nobel de Economía a James Buchanan, por sus análisis pioneros de "elección pública".
 
Buchanan demostró que los políticos ofrecen al electorado más gasto público para captar su voto. Los políticos, al buscar su interés personal, tejen una compleja trama de intereses entre ellos y sus electores y funcionarios. Los grupos de presión se organizan y piden privilegios en nombre de la sociedad. Los políticos se los conceden apelando al bien común. Los burócratas, por su parte, gracias al número de regulaciones y privilegios existentes, reciben más cuotas de poder. Desmontar este esquema contrario al interés de los ciudadanos se acaba convirtiendo en un imposible. La democracia, al final, se pervierte, por el mecanismo de la redistribución y de la intervención económica.
 
Siguiendo con la refutación de algunas de las tesis nacionalistas, Blanco se enfrenta a las bases de esta ideología con una lógica aplastante. Si la primera "certeza" del nacionalismo es la historia, el autor levanta el velo y se encuentra con que lo que los nacionalistas llaman "historia" es un cúmulo de mitos que desvirtúan el pasado común. Si, a continuación, esgrimen la lengua como seña de identidad, el autor apuntilla que el español también es la lengua utilizada en las comunidades donde el nacionalismo impera, por lo que los "hechos diferenciales" son muchos menos de lo que algunos políticos proclaman.
 
En resumen, Blanco, citando al historiador Hobsbawm, concluye que es imposible contar naciones como si de pájaros se tratara. Si bien, para rematar este comentario, no debiéramos dejarnos un punto crucial del libro; el análisis de "la verdad manifiesta" en los nacionalismo. Cuando alguien discute con un nacionalista vasco o catalán comprueba que muchas de sus respuestas pasan por repetir que es la nación "un hecho natural", y que eso no puede ponerse en tela de juicio. Pero ni el nacionalismo es algo tan natural como respirar o vivir en familia ni existe criterio satisfactorio alguno que permita decidir "cuál de las numerosas colectividades humanas debería etiquetarse de esta manera".
 
Por eso, citando al autor, podemos decir que "si en un imaginario mar echamos a modo de red la definición de nación como grupo que quiere perdurar como comunidad, la pesca será abundante porque cualquier definición de nación en términos de cultura común nos proporcionará asimismo una pesca abundante en la medida en que la historia del hombre está y seguirá estando bien provista de diferenciaciones culturales".
 
Aunque sea una tarea imposible, el hecho de que libros como éste repitan algo tan evidente como que la identidad de una persona es resultado de sus decisiones y vivencias, y que nacer en un determinado lugar no presupone, en ningún caso, la conducta y la manera de pensar de un individuo, es motivo de alegría.
 
Si a todo esto le añadimos el que Blanco es un intelectual de izquierdas pero con un sentido común inusual, en estos tiempos en que el progresismo lidera las causas más funestas contra la libertad, entonces no podemos dejar de recomendar esta obra. El hecho de que este verano se haya visto al ministro Bono leyendo el libro de Blanco quizá haga que otros políticos se interesen por él y decidan aplicar su mensaje: si cedemos al chantaje nacionalista, peligra el Estado de Derecho.
 
 
Roberto L. Blanco Valdés, Nacionalidades históricas y regiones sin historia. Alianza Editorial, 2005. 231 páginas. Prólogo de Fernando Savater.
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