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¿LIBERTAD O COACCIÓN?

El experimento lingüístico español

Hace un año, una de mis alumnas en la Universidad de Comillas en Madrid describió del siguiente modo un curso de Historia en un instituto gallego de Secundaria. Los libros de texto estaban escritos en gallego, la profesora no hablaba gallego pero lo entendía, y los alumnos podían intervenir y entregar sus trabajos tanto en gallego como en español.

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La chica constataba que aquella situación no contribuía a mejorar el conocimiento de la materia. Por ejemplo, la cuestión de los nombres propios se había convertido en un laberinto sin salida. Tampoco ayudaba al uso correcto de ninguno de los idiomas. En realidad, se les estaba tratando sin el menor respeto.
 
Lo más sorprendente fue la forma en que aquella chica contó su experiencia. Lo hizo con resignación, sin rebeldía ni ánimo de escandalizar a nadie. Parecía ser consciente de haber sido sometida a una chapuza gigantesca y daba por descontado, y por irremediable, todo el daño que aquello seguramente le había causado y le causaría (en su vida profesional, sin ir más lejos).
 
Es un ejemplo, un ejemplo más de las consecuencias del gigantesco experimento lingüístico-político que venimos viviendo en España en nombre de la recuperación y salvaguardia de nuestro supuesto patrimonio cultural.
 
Ha habido muchos diagnósticos al respecto, hechos desde muy diversos puntos de vista. FAES acaba de publicar uno más, resultado de una serie de trabajos de especialistas en la materia.
 
Por una vez, un libro compuesto por textos de diversos autores se lee, en general, bastante bien. Los estudios están enfocados con criterios comunes, y las conclusiones resultan claras y matizadas. En cuanto a las conclusiones, más vale dejar claro desde el primer momento que la pregunta planteada desde el título (¿Libertad o coacción?) sólo admite una respuesta. Si de lo que se trataba era de evaluar hasta qué punto el experimento político lingüístico de estos últimos años ha contribuido a aumentar la libertad de los españoles o la coacción que el Estado ejerce sobre éstos, la respuesta que se proporciona no deja lugar a la duda: la libertad ha salido perdiendo y la coacción ha ganado terreno.
 
Aclararé las cosas para evitar las coartadas o la mitología antifranquista, a la que se alude más de una vez en estas páginas: no es que los españoles sean hoy menos libres que hace cuarenta años; es que el camino que hemos seguido nos ha conducido a una situación en que la libertad que era de esperar una vez desaparecida la dictadura ha dejado paso a un nuevo régimen de imposición, con otras coacciones y formas diferentes, pero muy eficaces, de impedir la autonomía de las personas.
 
Jon Juaristi y Valentí Puig firman dos textos que aclaran esta idea. Describen lo que una vez fue un paisaje lingüístico de convivencia natural, con fricciones, sin duda alguna, pero sin grandes enfrentamientos. Insinúan por tanto una posibilidad ("Episodios de entendimiento", se titula el texto de Valentí Puig) que no se ha cumplido.
 
El factor que lo distorsiona todo es, obviamente, el nacionalismo. Desde muy temprano, el nacionalismo hizo de lo que llamó la "lengua propia" el ADN (como dijo Pascual Maragall) de la identidad nacional que se trataba de construir. Se apropió de la lengua y la convirtió en un instrumento al servicio de un proyecto político específico. Es un principio esquizofrénico, como ha escrito Óscar Elía: "¿Cómo una lengua puede ser expresión de un pueblo si éste no la habla? ¿Porqué imponerle su uso si tan propio le es?".
 
Porque, en manos de los nacionalismos, la lengua propia no es un vehículo de comunicación, sino una herramienta política que se utiliza para desterrar de las nuevas naciones otra lengua que se ha hablado... y que se sigue hablando en ellas, a pesar de todo: el español o castellano. Éste es el experimento de que hablaba al principio, sin parangón en ningún otro país.
 
¿Libertad o coacción? repasa sus resultados. Son excelentes… para el nacionalismo. Como lo demuestran las encuestas, bien analizadas por Amando de Miguel, ha conseguido convencer a la opinión pública de la necesidad de respaldar, proteger y fomentar el uso y conocimiento de las lenguas propias. En nombre de la diversidad cultural, o de unos supuestos derechos colectivos o históricos, ha construido burocracias extraordinariamente rentables, con clientelas cuyo (confortable) nivel de vida depende de ese presupuesto. Y en algunas zonas, como en Cataluña –lo describe perfectamente Pericay–, ha acabado desterrando de las instituciones el uso del español, la lengua común de todos los españoles, y amenazando incluso con impedir su utilización en el espacio público. La gigantesca mentira nacionalista se ha impuesto sin que hasta hace muy poco tiempo casi nadie concibiera siquiera la posibilidad de protestar.
 
En el País Vasco, al que Santiago González dedica un excelente análisis, se agudiza la paradoja del nacionalismo, con una lengua propia que ha habido que inventar –una neolengua– y que en algunas zonas del territorio nacional nadie habla, o sólo minorías muy pequeñas. Por lo mismo, también se ha agudizado la violencia.
 
Entre medias quedan el caso navarro, que Aurelio Arteta analiza con una claridad que se agradece, dado lo enrevesado del asunto, y el de las Islas Baleares. No son casos iguales, porque el imperialismo vasco está demostrando un grado de crueldad que el catalán no ha conseguido todavía en las Baleares, pero reflejan la tendencia: el retroceso a un mundo sin pluralismo, modernidad, curiosidad, diálogo, independencia, verdad y respeto a los demás. Eso es lo que implica el prometido paraíso políglota que se nos vendió y se nos sigue vendiendo como imagen de marca de la "España plural". Algo parecido a lo que Pettit, en su libro de alabanzas a Rodríguez Zapatero, llama la "suicización" de España. Suena, sospechosamente, a otra cosa.
 
Así es como hemos llegado a una situación en la que se está violando un derecho humano básico, el de poder expresarse en el propio idioma si así se desea. Se están creando conflictos de resolución cada vez más ardua (Pericay recurre al análisis de Thomas Sowell sobre los efectos de las políticas de discriminación positiva: se podía explorar más esa línea): las políticas de normativización, más que de normalización, son intentos de descastellanización, con todas las consecuencias políticas y culturales que tal objetivo lleva aparejadas.
 
Y, por si todo esto fuera poco, tampoco se está favoreciendo a las lenguas propias de la nuevas naciones. Crece el conocimiento de las mismas, pero no su uso. Al final, una parte muy importante de la población sufre lo que describía la chica a la que hice referencia al principio.
 
Muchos futuros españoles dominarán dos lenguas, la propia y esa otra que al parecer no lo es. Pero es que además tampoco sabrán lo que son, ni lo que significa ser español. Seguramente esto explica el apoyo de los socialistas a estas políticas.
 
Los análisis que alberga ¿Libertad o coacción? son claros, y sólidas las argumentaciones para no ceder a la resignación. Parece que se van perdiendo los complejos a la hora de abordar ciertas cuestiones, aunque los capítulos dedicados a Galicia y a Valencia, que pintan un panorama demasiado rosáceo, a mi entender, indican que no se han perdido del todo.
 
Ocurre, sin embargo, que no vale ya con el diagnóstico del experimento ni con la elaboración de argumentaciones. Queda mucho por hacer; por ejemplo, saber cuántos españoles se han educado ya en estos sistemas, saber en qué medida tal educación está repercutiendo en la capacidad de aquéllos para emplear el español con corrección, saber qué pasa cuando se conjuga esa imposición con la erradicación en los manuales de cualquier referencia nacional española.
 
La agresividad de los nacionalismos, la complicidad de la izquierda y la falta de arrestos de la derecha nos han conducido a donde estamos. ¿Podemos aún desandar el camino?
 
 
XAVIER PERICAY (coord.): ¿LIBERTAD O COACCIÓN? POLÍTICAS LINGÜISTICAS Y NACIONALISMOS EN ESPAÑA. FAES (Madrid), 2007, 286 páginas. PINCHE AQUÍ para descargarse, gratuitamente, el libro.
 
Pinche aquí para acceder a la página de JOSÉ MARÍA MARCO.
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