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ISRAEL Y ESTADOS UNIDOS

El lobby feroz

Cuando no se puede explicar un fenómeno político, en lugar de reconocer la complejidad de los hechos y las limitaciones intelectuales propias se suele recurrir a la siempre útil teoría conspirativa, donde nada es lo que parece y siempre hay villanos de ocultas y globales ambiciones tramando complots. Y, además, muy frecuentemente se busca un chivo expiatorio de todos los males. Para muchos, y por demasiados años, las conspiraciones y las culpas han sido cosa del pueblo judío. De los judíos, para ser más exactos.

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En El lobby israelí, John Mearsheimer y Stephen Walt, dos profesores bien conocidos en el mundillo académico anglosajón, no hacen más que remozar con retazos de actualidad el mito del inmenso, y por supuesto opaco, poder de los judíos en el mundo. Empezando por la política exterior de los Estados Unidos.
 
Mearsheimer y Walt han escrito un mal libro sobre un tema importante que requiere ser abordado con mucha más profundidad y honestidad. Tal vez lo único bueno de esta obra sea la aparente evolución de sus autores, hasta ahora adalides de la escuela neorrealista y, por tanto, absolutamente despreocupados de las dinámicas internas de la naciones, de sus culturas políticas y de los mecanismos que emplean a la hora de tomar decisiones estratégicas. Para ellos, lo único relevante a la hora de entender y explicar el mundo era la distribución de poder entre las naciones y las relaciones que, en consecuencia, se establecían entre ellas.
 
Ahora, en cambio, y tal vez porque su universo intelectual no podía dar explicación a cosas tan centrales como la caída de la URSS, o que Alemania no se haya convertido en el IV Reich (eso venía voceando Mearsheimer a principios de los 90), dejan de lado la columna vertebral de su escuela de pensamiento y caen de lleno en factores puramente domésticos para explicar la formulación de toda la política y la acción exterior de los Estados Unidos. Y lo hacen con una argumentación monotemática e inexorablemente simplista.
 
Las tesis del libro son bien sencillas; a saber: que existe en América un potentísimo lobby judío (en su primer ensayo ponían "Lobby", con la inicial en mayúscula) que, con sus artimañazas, mantiene secuestrados a los legisladores y al Ejecutivo norteamericanos en beneficio directo del Estado de Israel; y, en segundo lugar, que la alianza entre EEUU e Israel, supuestamente nacida de la acción del lobby judío en Washington, es una grave carga y un riesgo estratégico para América.
 
Hay que decir que esta obra, de forma y tono académicos, es engañosa: en realidad, es casi una teología. No hay demostraciones, sino axiomas y actos de fe en lo que tautológicamente queda registrado en sus páginas. Así, por ejemplo, se dicen como si nada cosas como ésta: "La verdadera razón por la que los políticos americanos son tan sensibles a los intereses de Israel es la fuerza del lobby judío". O se toma o se deja: no hay explicaciones ni, lo que es peor, justificaciones. Las seiscientas páginas que conforman este volumen no son sino una sucesión de frases de la misma naturaleza.
 
Es más, los ejemplos clave que eligen voluntariamente los autores para exponer el alcance de la influencia del lobby judío sobre los líderes americanos no sólo están pésimamente escogidos, sino que hacen de sus argumentos un ejercicio patético. Tres son los casos que, según Mearsheimer y Walt, vienen a probar la existencia e importancia del lobby judío: el del odio de Ben Laden a América, el de la guerra de 2003 para derrocar a Sadam Husein y el que podría desembocar en un hipotético ataque sobre Irán.
 
En realidad, los tres juegan a la contra de las tesis de Mearsheimer y Walt, y demuestran la falacia de sus argumentos. Para empezar, si bien es cierto que Ben Laden se ha referido en diversas ocasiones al sufrimiento del pueblo palestino y a Israel, han sido menciones más que tardías, y siempre marginales a sus ideas-fuerza. En contra de Mearsheimer y Walt están las interpretaciones del mundo de Ben Laden tanto del equipo de Clinton como de numerosos expertos en antiterrorismo nada sospechosos de estar trabajando para George W. Bush: ni los objetivos ni la retórica de Al Qaeda se verían afectados por que Israel fuera sacado de la ecuación del Oriente Medio.
 
Israel ocupa su sitio en la cosmología de Ben Laden, pero cuando se releen sus textos salta a la vista que hay muchos otros elementos más centrales, empezando por el papel de la mujer, los homosexuales o el capitalismo en nuestras sociedades. Si Israel lo fuera todo, como argumentan los autores de El lobby judío, países como España estarían libres de sus amenazas. Y no lo están. No lo estamos.
 
El segundo ejemplo es aún más claro: Mearsheimer y Walt afirman categóricamente que Estados Unidos invadió Irak en 2003 para servir a los intereses israelíes en la zona. Ahí coinciden con lo que piensan muchos árabes. Pero están equivocados. Si hubo en su día un país que se opuso a la intervención militar, ése fue Israel, que prefería el statu quo a un posible caos provocado por la guerra y a los efectos posteriores que acarrearía la misma. Es más, si ha habido gentes críticas con los planes democratizadores de Bush para el Gran Oriente Medio han sido los dirigentes israelíes, de uno y otro color. Y si no, que pregunten en Jerusalén sobre las elecciones en los territorios palestinos o sobre la inminente conferencia de Annapolis: entonces comprenderán el grado de divergencia que hay en estos puntos entre Washington y Tel Aviv.
 
Sobre Irán, poco hay que discutir, porque aquí no se aborda el problema más que desde una explicación conspirativa y, por mucho que se argumente en contrario, a los autores siempre les quedará el recurso al ocultismo, la desinformación y el engaño. Pero ésa es una táctica poco analítica, que no cuadra con un supuesto ensayo académico: poco se puede hacer cuando el lector debe creer que la Administración americana ya está preparando un ataque contra Teherán porque los israelíes se lo han pedido.
 
Lo más gracioso de todo es que Mearsheimer y Walt acaban por reconocer que su utilización del término lobby no se ajusta a la realidad de los judíos americanos y de sus actividades en la esfera pública. Para ellos no es necesario que exista una organización coherente, con unos fines claros y concretos: basta con ser judío para formar parte de ese lobby feroz, aunque amorfo e intangible.
 
¿Alguien en su sano juicio puede meter en el mismo saco a Richard Perle y a Noam Chomsky? Los judíos, como cualesquiera otras personas, tienen todo el derecho a expresar sus opiniones y a defender sus intereses, seas éstos cuales sean. ¿No lo hacen los pensionistas o los conductores de autobús? Pero, a poco que se conozca al pueblo judío, dentro y fuera de Israel, la idea de un bloque política o ideológicamente compacto es requeterrisible. Opiniones y acciones, haberlas haylas, pero para todos los gustos.
 
Mearsheimer y Walt hacen una defensa preventiva de su obra: dicen que el lobby judío hará todo cuanto esté en su poder para desprestigiarlos. Y ahí también se equivocan. Es su obra, mal argumentada, falaz, superficial y llena de errores, lo que los desprestigia. Y es una lástima. Cuando yo leía con fruición a Mearsheimer, allá por la mitad de los años 80, merecía la pena. Sus ideas siempre estaban a la vanguardia del análisis estratégico. Pero ésta no es una obra de dos buenos pensadores, sino de dos principiantes ideologizados. No se gasten los 22 euros que piden por ella.
 
 
JOHN MEARSHEIMER Y STEPHEN WALT: EL LOBBY ISRAELÍ Y LA POLÍTICA EXTERIOR DE ESTADOS UNIDOS. Taurus (Madrid), 2007, 616 páginas.
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