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CIVILIZACIÓN

¿El retorno de los césares?

José Manuel Otero Novas ha escrito un libro sugestivo, que establece un nuevo método de análisis de la historia y las tendencias a partir de ciclos u oscilaciones culturales. La observación de que la historia parece desarrollarse por ciclos es muy vieja; lo nuevo es el intento del autor de definir con alguna precisión esos ciclos y convertirlos en método de análisis.

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A ese fin, Otero Novas razona que la naturaleza física y la vida misma de las personas transcurren a través de ciclos. Sería extraño, a su juicio, que en la historia humana no se produjeran ciclos análogos, aun si con características muy especiales, y no exactamente repetitivos sino, por así decir, expansivos. No tenerlo en cuenta sería la causa de tantas predicciones hueras:
– ¿Cuántas veces desde la caída del Imperio romano de Occidente se ha "construido" Europa y se ha dicho que el proceso era irreversible?
 
– ¿No afirmó en el XVIII el prudente Montesquieu que el avance de las ciencias y la cultura harían imposible la vuelta del despotismo a Prusia?
 
– ¿No decían nuestros afrancesados de 1808 –no se lo dijeron por ejemplo a Jovellanos– que era imposible pensar ya en una autonomía española respecto de Francia, y que había que inscribirse en el irreversible europeísmo napoleónico, dado el poder omnímodo de Bonaparte, por lo cual había que aceptar el sometimiento a sus ejército?
 
– ¿No ocurrió otro tanto con la inmensa mayoría de la clase política francesa que en 1940 apoyó a Petain y repudió a De Gaulle, argumentando que la nueva Europa de Hitler era imparable y había que adaptarse a ella?
 
– ¿Recordamos los muchos textos posteriores a distintas crueles guerras afirmando que ya nunca más se repetirían, dado el mejoramiento que ¡al fin se producía! de los espíritus y las estructuras?
 
– ¿No hablaba Marañón en los años treinta de "un nuevo concepto de libertad y progreso en el mundo?
 
– ¿Es que la fatua expresión actual de la "aldea global" no la encontramos en otros siglos –v. gr.: el "cosmopolitismo universal" del XIX–, habiéndose producido períodos intermedios de fuertes nacionalismos vividos como un nuevo progreso por los espíritus?...
Para definir esos ciclos, el autor recurre a la terminología nietzscheana de El origen de la tragedia: apolíneo y dionisíaco. No tiene aquí importancia la mayor o menor fidelidad a los conceptos de Nietzsche, pues Otero Novas nos indica con bastante claridad lo que entiende por ellos:
En las etapas apolíneas el hombre se distancia del Cosmos, lo mira y analiza con su razón, a distancia, desde fuera, y busca su emancipación; se hace más humano, individualista, racional, igualitario, sereno, pacífico, tolerante, hedonista, indiferente; se vive el presente despreciando el pasado y marginando el estudio de la historia; se impone con uno u otro nombre el pragmatismo, reconduciéndose ciencia y filosofía hacia lo empírico con abandono de la especulación; son las etapas que en arte priman el llamado clasicismo; más propicias a la democracia, en las que el marco jurídico de la sociedad es predominantemente estable y fijado a priori; se extiende el sentimiento de repulsa a la guerra reduciendo su presencia; la apertura a la convivencia favorece las prácticas globalizadoras... Mientras que en las "dionisiacas" nos vemos impulsados a la fusión e integración con la naturaleza y la sociedad, con el soplo de unos vientos que tienen al primitivismo superador de las complejas construcciones de la civilización racional; el hombre construye y vibra con ideales que trascienden su individualidad, se vincula esencialmente al pasado, a su comunidad, a la tierra, la raza, la sangre, sintiendo desagrado hacia lo global; estudia y difunde la historia como fundamento de su acción; acepta y patrocina las jerarquías y los méritos diferenciadores, se hace exigente consigo mismo y con los demás, es más belicoso; políticamente propende al autoritarismo; crece el culto a los muertos; la organización política de la sociedad suele brotar y crecer sin sujeción a líneas previamente trazadas; y en el arte a lo barroco.
A juicio del autor, estas tendencias alternadas son inevitables, y las ideas asociadas sólo pueden triunfar cuando un ciclo se está agotando y produciendo en la mentalidad colectiva una especie de hartazgo. Por otra parte, nunca un ciclo se produce de forma pura, pues en él hay subciclos y elementos contrarios. Tampoco se repiten exactamente, sino que van ampliando en espiral las posibilidades humanas, ni siguen la misma cronología en las diversas culturas. Y cada uno tiene sus logros y peligros (el apolíneo puede naufragar en el indiferentismo y la corrupción, y el dionisíaco en la violencia), sin que pueda estimarse a uno superior al otro.
 
Para fundamentar sus tesis, el autor hace un recorrido histórico cuya parte más interesante es la referida a nuestra época: la tendencia apolínea predominaría en la cultura occidental a partir de la tremenda conmoción de la guerra mundial, pero estarían surgiendo indicios fuertes de un cambio del clima social hacia lo que llama "el retorno de los césares", la inclinación dionisíaca. Alertados por traumáticas experiencias del pasado, concluye Otero Novas, deberíamos aprestarnos a encauzar el nuevo dioniseísmo de modo que fuera posible cosechar sus frutos y limitar sus peligros.
 
Por supuesto, este esquema apenas hace justicia al esfuerzo explicativo del autor, y por otra parte el libro es muy discutible, en el sentido digno de discutirse y criticarse con buenas armas. De hecho, toda teoría de algún interés es discutible, y llama la atención que en la jerga académica, política y periodística corriente la palabra se emplee en un sentido peyorativo, indicio del ínfimo nivel intelectual en que ha caído el país por influjo de la ideología "progre".
 
 
JOSÉ MANUEL OTERO NOVAS: EL RETORNO DE LOS CÉSARES. Libros Libres (Madrid), 2007, 359 páginas.
 
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