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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

El Pacto de San Sebastián

Así pues, existe un consenso casi generalizado en que la dictadura de Primo de Rivera dejó un “mal legado”, cuando la verdad es estrictamente la contraria: dejó un país ordenado, con pocos conflictos y libre de las plagas que habían acabado con la Restauración. La falsa conclusión habitual deriva de un fallo historiográfico frecuente: la acumulación de datos diversos sin distinguir los principales de los secundarios, sin hacer balance global y bajo la impresión engañosa de que lo ocurrido tenía que haber pasado forzosamente por causas anteriores. El legado de la dictadura, insisto, fue básicamente positivo, y más bien debemos preguntarnos si los herederos iban a construir sobre él o dilapidarlo.

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Enseguida pudo percibirse que la transición desde la dictadura a un régimen constitucional iba a verse lastrada por uno de los defectos de la Restauración, no superado: la extrema mediocridad de los políticos, nulos para manejar una crisis seria. Cambó era la excepción, un político a veces demasiado maniobrero pero con altura de miras, capaz de percibir la trascendencia del momento y de arriesgarse. Pero la fatalidad, en forma de un tumor maligno en la garganta, le impidió hacerse con las riendas de la transición, como deseaba Alfonso XIII. Las memorias del político catalán para este período suelen tener poca presencia en los libros de historia, pero resultan esclarecedoras.
 
Cambó comprendió la magnitud y dificultades del reto y, aun con la rémora de su mal, trató de movilizar a los políticos y ponerlos ante su responsabilidad. Pero los "politicastros" monárquicos escurrían el bulto, se desanimaban o pretendían frívolamente que el rey había creado el problema y, por tanto, él debía encargarse de resolverlo.
 
Alfonso XIII, desasistido, hubo de confiarse sucesivamente a dos militares políticamente nulos, Berenguer y Aznar, y al trapacero y chapucero Romanones, el "politicastro" por excelencia. Y, por congraciarse con una oposición republicana cada vez más agresiva, cometió el grueso error de manifestarse "víctima de la dictadura", provocando la irrisión y el desprecio de sus adversarios: ya empezaba a dilapidarse el legado. Por otra parte, casi nadie tenía una idea clara sobre la salida a la situación, pues se pensaba vagamente en una vuelta al régimen de la Restauración sin reformas profundas, plan fuera de lugar a aquellas alturas.
 
Cambó.Así las cosas, la única esperanza para la Monarquía descansaba en la escasa enjundia política del personal republicano. Cambó lo describiría como gente gritona e inepta, sin disciplina ni sentido común, de la que sólo podían esperarse agitaciones peligrosas y gratuitas. En realidad, se trataba de grupos alborotadores, pero débiles y enfrentados entre sí por celos de protagonismo y nimiedades. Durante la primera mitad de 1930 fueron incapaces de ponerse de acuerdo y trazar una estrategia medianamente racional, y bien podrían haber seguido así. Pero finalmente lograron ponerse de acuerdo en San Sebastián, en el célebre pacto de agosto de aquel año.
 
Este acuerdo de los principales grupos republicanos complicaba mucho la situación a los monárquicos, pues suponía pasar de una especie de guerrillas dispersas a una acción coordinada y con un fin ambicioso. Por ello el Pacto de San Sebastián marcó un antes y un después. Algunos monárquicos percibieron el peligro y otros no, convencidos con cazurra pseudosapiencia de que, "al final, en España nunca pasa nada".
 
La mayoría de las historias de la guerra hablan de forma muy general sobre el Pacto de San Sebastián, casi como si estuviera predestinado, y sin dar la debida relevancia a dos aspectos cruciales del mismo: que fue organizado por dos políticos derechistas, monárquicos hasta muy poco antes, y que lo primero que se propusieron los pactantes fue… un golpe militar. Sin embargo, ambas cosas tienen el mayor interés para entender el devenir de la República.
 
Empecemos por el segundo punto. El Gobierno de Berenguer preparaba, aunque con lentitud exasperante, unas elecciones que normalizaran políticamente el país, mostrando la verdadera fuerza de las diversas tendencias. Pues bien, los republicanos del Pacto respondieron a esta oferta electoral organizando un clásico pronunciamiento militar, complicado con una huelga general. Esta reacción debe ser apreciada en toda su significación, sin tratarla como una reacción "natural", según suele ocurrir.
 
Aunque muchos siguen identificando el golpismo militar con la derecha, se trata de una tradición sobre todo izquierdista. Durante el siglo XIX el "pronunciamiento" fue una verdadera institución de las izquierdas jacobinas, basadas en las logias masónicas de los cuarteles. La Restauración acabó con el intervencionismo militar, si bien no por completo. Los republicanos, al intentar imponerse por ese método en 1930, enlazaban con una tradición de violencias y mesianismo típica del siglo anterior, augurio no muy propicio para el régimen deseado.
 
El segundo rasgo, también poco valorado en general, fue la iniciativa derechista en la unidad de los republicanos. Pues fueron Niceto Alcalá-Zamora y, sobre todo, Miguel Maura quienes pusieron en contacto a los dispersos y no bien avenidos grupos republicanos a fin de derrocar la Corona. Los dos políticos, monárquicos hasta muy poco antes, habían calibrado la flaqueza y oportunismo de los políticos en torno al rey, y del rey mismo, y consideraron que la república llegaría inexorablemente. Se unieron entonces al proyecto republicano con la esperanza de moderarlo y frenar la agitación demagógica, canalizándolo hacia una democracia liberal que albergase ordenadamente a las diversas tendencias. También, como católicos, querían mitigar la furiosa aversión a la Iglesia, único punto de unanimidad entre las izquierdas.
 
Por todo ello, pusieron manos a la obra de coordinar a los grupos y personalidades antimonárquicas durante el verano de 1930, y finalmente lo consiguieron. Había, ciertamente, otras fuerzas con el mismo designio unitario, muy especialmente la masonería, una de las fuentes principales del anticatolicismo y con sólidos amarres en el ejército. La masonería acogió muy bien el Pacto de San Sebastián, señala en sus memorias Juan Simeón Vidarte, uno de los poquísimos masones de altura que ha escrito sobre las maniobras políticas de las logias.
 
De las memorias de Miguel Maura sobre aquellos tiempos no resulta claro el origen de la decisión de ir al golpe militar, pero en todo caso fue asumida por todos. Los pactantes (un "acuerdo de caballeros", sin documento escrito) representaban en principio muy poco, pues sólo el PSOE-UGT constituía en aquellos momentos un partido organizado, disciplinado y masivo, gracias a su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. Pero de los socialistas sólo asistió Prieto, a título personal: los otros dirigentes principales, Besteiro y Largo Caballero, despreciaban abiertamente a los republicanos. Sin embargo, Prieto maniobraría para comprometer al PSOE en el golpe proyectado, y lo conseguiría, para disgusto de Besteiro.
 
Manuel Carrasco i Formiguera.Otra dificultad premonitoria y no bien resuelta la aportaron los nacionalistas catalanes. Carrasco y Formiguera, en representación de ellos, exigió la práctica separación de Cataluña. La cosa empezaba mal, y Maura hubo de advertirle que por ese camino marchaban directamente a la guerra civil. Quedó el compromiso, no cumplido luego por los nacionalistas, de plantear un estatuto autonómico a discutir en las Cortes.
 
El Pacto contó también con el apoyo informal de los anarquistas, cuyo terrorismo había torpedeado el régimen de libertades. Los republicanos veían en ellos una fuerza algo peligrosa pero ingenua, de la cual se servirían para conquistar el poder para acomodarla después, de grado o por fuerza, al nuevo régimen. Los ácratas, a su vez, esperaban que la debilidad de los republicanos facilitaría sus designios revolucionarios.
 
El golpe tuvo lugar finalmente el mes de diciembre, primero en Jaca y después en otros puntos, en circunstancias bien conocidas. Tras publicar un bando durísimo, con amenazas de ejecutar sumariamente a quienes hiciesen la menor oposición, y de ocasionar algunas muertes, la intentona de Jaca fracasó. Dos de sus máximos jefes, juzgados y fusilados, se convirtieron en "mártires de la república". Besteiro saboteó el intento de huelga general en Madrid.
 
Siguió una represión de opereta. Como señala Maura, fueron detenidos aquellos líderes golpistas que se dejaron detener. Algunos, como Largo Caballero, se presentaron por su propio pie en comisaría, donde los admitieron con reticencia. Sánchez Román no consiguió que le arrestaran, pese a su empeño. Prieto huyó al extranjero, como haría siempre en tales circunstancias. Los presos, encabezados por Niceto Alcalá-Zamora, tendrían las máximas facilidades en prisión para realizar una labor de agitación y propaganda de eco nacional, y su juicio iba a convertirse, por obra de los propios jueces militares y de la prensa, en una verdadera apoteosis de los acusados. Maura no había errado al dictaminar que el Gobierno monárquico carecía por completo de columna vertebral.
 
Pero entre tanto se habían producido otros dos hechos anunciadores (si bien entonces no podía saberse) del rumbo que adquiriría el nuevo régimen: un discurso de Azaña en el Ateneo de Madrid, donde expuso las líneas maestras de su futura política, documento crucial pero poco o nada citado por los hagiógrafos del líder republicano; y el retumbante artículo de Ortega titulado 'El error Berenguer', concluido con la célebre frase "Delenda est monarchia".
 
 
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