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TRANSICIÓN Y CAMBIO EN ESPAÑA

El PSOE y la democracia

Álvaro Soto, discípulo de Javier Tusell, ha publicado Transición y cambio en España, 1975-1996, una versión ampliada del libro que, con un título similar, dio a conocer en 1998. La idea central de la obra es que el PSOE es el eje básico de la democracia española. Los socialistas fueron, para Soto, la voz sensata de la Transición, la cual finalizaron al alcanzar el Gobierno, en 1982. Y, claro está, consolidaron la democracia gobernando hasta 1996.

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Soto sigue la idea de Tusell –que expuso por última vez en su Dictadura franquista y democracia, 1939-2004– según la cual los socialistas se convirtieron en un partido de centroizquierda en 1979 para consolidar la democracia, con un liderazgo fuerte, el de González, a diferencia del galimatías y la desorientación propias de la derecha. La historia de la democracia española gira, así, en torno al PSOE, al que se convierte en el principal actor político, otorgándole la voz más autorizada para hablar sobre España y su régimen.
 
La sensación que deja el libro es que la conclusión, la que otorga tal protagonismo al PSOE, estaba definida mucho antes que las hipótesis y el desarrollo de la investigación. Es decir, la teoría de las incertidumbres para señalar el fin de la Transición sólo se aplica en aquello que puede beneficiar a la conclusión prevista. La Transición, dice el autor siguiendo a Tusell, no termina en 1978 porque entonces seguían existiendo tres incertidumbres: la organización territorial, el involucionismo militar y la inestabilidad del sistema de partidos.
 
Dicha teoría es bastante débil, atendiendo a las circunstancias históricas y politológicas. El máximo error de la Transición y de los constituyentes, ignorado por Soto, fue dejar abierta la organización territorial e incorporar a la Carta Magna el término "nacionalidades" para diferenciar unas partes de España de otras. De esta manera, nos encontramos que treinta años después de la muerte de Franco sigue sin estar cerrado, y ya no sólo para los nacionalistas –casi ausentes en el libro de Soto–, sino para el socialismo de Zapatero.
 
Zapatero y Maragall.Los sistemas de partidos son, por otro lado, inestables por definición en la mayoría de las democracias de consenso; divisiones, uniones, federaciones y desapariciones son los fenómenos más corrientes en la historia política de las democracias europeas. Si no fuera así, el régimen británico no se habría consolidado hasta que el Partido Laborista sustituyó al Liberal como alternativa al Conservador, en la tardía fecha de 1923. Además, está por ver si en España, al finalizar esta legislatura, el PSOE y el PSC siguen en el mismo "equipo".
 
En definitiva, el planteamiento de las incertidumbres es tremendamente resbaladizo y parte de la incapacidad para reconocer el triunfo de la democracia liberal y el protagonismo de la nación española. Apelar a Robert Dahl para decir que el término "democracia" no se debe utilizar porque "nunca se llega a ella", y que es preferible "poliarquía", es una maniobra estéril y esquiva. Linz ya decía que las transiciones terminan cuando los actores políticos más importantes consideran que la democracia, consensuada y constitucionalizada, es la única vía para llegar al poder, pero que no funciona sin el beneplácito de la nación. En nuestro caso, entonces, la Transición termina en diciembre de 1978, cuando la Constitución se aprueba por referéndum.
 
La parte del libro dedicada a la consolidación de la democracia –los gobiernos socialistas entre 1982 y 1996– es una exposición estática y algo superficial de aquella época. Soto separa "Política" de "Economía y Sociedad", como si ello fuera posible, dando al libro un aspecto de manual. ¿Cómo explicar el enfrentamiento entre el Gobierno González y la UGT de Redondo, que desemboca en la huelga general del 14-D, sin su contexto económico y social? Y es que Soto pasa de puntillas por casi todos los temas controvertidos de los gobiernos socialistas. La corrupción masiva, el terrorismo de los GAL, la Guerra del Golfo de 1991 y el 14-D merecen una simple descripción, sin entrar en el análisis político de los asuntos. Al autor no le interesa entrar a responder a preguntas como: ¿qué repercusiones electorales tuvieron?, ¿se resintió la economía?, ¿cómo reaccionó la opinión pública?, ¿qué papel jugó la prensa nacional? ¿cómo lo reflejó la internacional?, ¿cuál fue la reacción del resto de los partidos?, ¿qué pasó dentro del PSOE?
 
La derrota de 1996 no se debió, para Soto, a que el PP se convirtiera en una alternativa plausible para los españoles, sino a que la clase media castigó la presión fiscal y los "escándalos". Hasta entonces, el PSOE aguantó la "crispación" que creaba el PP por las denuncias de la "corrupción política" (pág. 317). La victoria del PP no detiene a Soto, que muestra en el relato de la derrota de los socialistas en 1996 lo arcaico de alguno de sus planteamientos: se perdió, pero el PSOE "siguió manteniendo su voto obrero, que desconfiaba por razones históricas de la derecha" (pág. 319).
 
En fin, que Álvaro Soto incide en esa vieja máxima de la izquierda: la derecha es un actor invitado en esto de la democracia y, fuera de su papel de acompañante mudo, perturba el natural desarrollo del régimen.
 
 
Álvaro Soto: Transición y cambio en España, 1975-1996. Alianza Editorial, 2005, 480 páginas.
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