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'AMAR Y VIVIR'

En la frontera mística

Uno de los personajes más influyentes de la Antigüedad en la formación de Europa y tal vez uno de los más desconocidos sea Evagrio Póntico, un ermitaño de la segunda mitad del siglo IV d. C.

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Desde su experiencia espiritual, fue el primer gran teórico del cristianismo sobre estas cuestiones y, a través de las obras de Juan Casiano –Colaciones e Instituciones cenobíticas–, su pensamiento pasó a ser uno de los elementos que constituyen el subsuelo de la Regla de S. Benito, la cual, huelga decirlo, roturó, entre salmo y salmo, no solamente los campos europeos, también su cultura.

En su Tratado práctico, Evagrio, con un admirable trabajo de introspección y descripción, nos da la primera formulación de lo que, pasado el tiempo, quedaría, en la pluma de S. Gregorio Magno, como los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, envidia y pereza) o cabezas de los demás pecados. Razón por la cual Dante Alighieri ordena su Purgatorio en siete estratos.

Thomas Merton (1915-1968), monje trapense que llegó a vivir como ermitaño en su cenobio de Nuestra Señora de Getsemaní en Kentucky y uno de los autores de espiritualidad de más difusión del pasado siglo, inspirándose precisamente en la Divina comedia tituló su autobiografía La montaña de los siete círculos (The seven storey montain); un libro realmente hermoso, en el que con una mirada que profundamente penetra en su entorno nos habla de su infancia, juventud, conversión y vocación monástica. Desde lo último relatado en él hasta su trágica muerte en Bangkok, su camino aún recorrería unas décadas.

De este monje, con una nueva presentación, tenemos ahora Amar y vivir. El testamento espiritual de Merton –subtítulo que habría sido de agradecer se hubiera privado de añadir la edición española–, en el que se agavillan siete trabajos póstumos del autor, recogidos por Naomi Burton, una vieja amiga suya, y Patrick Hart, uno de sus hermanos trapenses: "Aprendiendo a vivir", "Amor y soledad", "Amor y necesidad: ¿es el amor un convenio o un mensaje?", "Silencio creativo", "La calle es para las celebraciones", "Simbolismo: ¿comunicación y comunión?" y "Los cultos del Pacífico Sur".

En ellos se tratan temas muy variados, unos de indudable sabor monástico y contemplativo, otros de carácter sociológico, pero en todos se deja sentir su profunda experiencia religiosa y su vigorosa pluma. Algunos párrafos son extraordinariamente brillantes por la dificultad que entraña lo que en ellos, de vivencia mística, se trata de describir y por lo logrado de la expresión con que se intenta remitir a la mayoría de los lectores a una realidad antes por ellos no experimentada. Y esto, además del valor que tenga para la literatura espiritual, tiene su pincelada de arte, porque éste siempre tiene algo de pronombre catafórico y anafórico a la par: a unos los lanza a lo aún desconocido, para otros es reminiscencia de lo ya gustado.

Pese a lo valioso de estas páginas, al lector fácilmente le puede quedar la duda de si en estos trabajos Merton expresa adecuadamente la distinción real entre mística natural y sobrenatural, a pesar de que separe la paja del grano, la unión en el Espíritu Santo del Atman o el Sunyata:

Es la diferencia entre un misticismo ontológico y una revelación teológica; entre un retorno a la Naturaleza Absoluta y una rendición ante la Divina Persona (pp. 107 y ss.).

Ciertamente, la superación de la división en la que sujeto y objeto están el uno contra el otro en la razón no supone necesariamente una metafísica panteísta, pero en el caso de la mística sobrenatural esto no sería sino un momento, nada más que eso, y por ello insuficiente por sí mismo. Lo cual no parece estar muy claro en estos trabajos:

La experiencia de la unidad para el cristiano es la unidad "en el Espíritu Santo". Para las religiones de Asia es la unidad con el Ser Absoluto (Atman) o en el Vacío (Sunyata) (p. 107).

El lector trata de pensar que se habla de cosas distintas, pero ha de empeñarse, pues no resulta demasiado claro que sean dos modos de unidad esencialmente diferentes. La precisión en esto se antoja importante, pues si el efecto, "la experiencia de la unidad", es el mismo, toda diferencia sería simplemente una cuestión nominal.

Tal vez éste sea el mayor reto, en el plano espiritual, que el s. XX haya dejado a la teología, pensar el ápice de la ascética natural abierto y necesitando radicalmente lo que no puede alcanzar: lo sobrenatural. Pero, al mismo tiempo, sin que la gratuidad de esto quede en la yuxtaposición de lo uno y lo otro.

En el terreno práctico, acaso, en nuestro mundo hedónico y consumista, el desafío venga de la búsqueda de la experiencia espiritual como un fin en sí mismo, como un simple objeto de posesión y degustación; con palabras de Merton, "la tentación del pseudomisticismo" (p. 113).

 

THOMAS MERTON: AMAR Y VIVIR. Oniro (Barcelona), 2012, 144 páginas.

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