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CARLOS SÁENZ DE TEJADA

Un pintor barroco a pie de pasarela

Los que escribimos en los inicios de los 80 sobre el cartelismo de nuestra guerra civil pensábamos que lo sabíamos casi todo acerca de Carlos Sáenz de Tejada (Tánger, 1897 – Madrid, 1958). Pues nos equivocábamos. No lo sabíamos todo. No se valoró entonces su ingente trabajo como ilustrador de moda en París entre 1926 y 1936.

Carmen Grimau
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La exposición que acaba de celebrarse en el Museo ABC de Madrid ha venido a reparar esa parte que quedó oculta en la transición sacando a la luz más de trescientos dibujos que realizó para revistas españolas e internacionales como Blanco y Negro, Actualidades, Vogue o Harper's Bazaar.

A quienes no pudieron acercarse a la exposición madrileña les queda, al menos, el maravilloso catálogo, sumamente cuidado, con abundantes ilustraciones y anotaciones que el artista hizo a pie de pasarela.

El tangerino de la Rioja alavesa, de familia diplomática, tradicionalista y carlista, se instaló en la ciudad del Sena en 1926 y se codeó con los mejores creadores de sueños: Lanvin, Poiret, Paquin, Marcel Rochas, Coco Chanel, Elsa Schiaparelli... Se movió entre musas de la alta costura y maniquíes mundanos que no eran sino mujeres estupendísimas que, a cambio de una sustanciosa rebaja, lucían los vestidos más exclusivos en las fiestas y cócteles que tenían lugar en los lujosos salones de los couturiers.

Carlos Sáenz de Tejada fue uno de esos magos que crearon la ilusión democrática de la elegancia para todos. Sus dibujos lograron traspasar los tabiques de los hogares de la burguesía española, y Hollywood hizo el resto. Pero la verdadera multiplicación del nuevo estereotipo estético sólo fue posible gracias a la Singer –la paradigmática máquina de coser–. Fue el creador de las ensoñaciones.

Todas las mujeres quisieron parecerse a Jean Harlow.

Nadie era nadie sin lucir un corte al bies.

Partimos de una premisa esencial: Carlos Sáenz de Tejada fue un pintor con una sólida base académica. Y su dominio pictórico es visible en la composición de sus dibujos. El que hojee el catálogo reparará inmediatamente en el sentido arquitectural de sus composiciones, repletas de mujeres que se mueven, se entrecruzan, se obstaculizan en el silencio del lujo. Sáenz de Tejada crea un espacio dinámico sacado de la realidad, a continuación lo inmoviliza y congela la secuencia narrativa. Sólo queda entonces adivinar el roce de la seda o del satén. Esas mujeres no son materia tangible. Son apariencias mistificadoras. Pertenecen al mundo de las ensoñaciones.

El talento iconográfico de Sáenz de Tejada consiste precisamente en que crea una narración visual. Y lo logra a través de un constante desplazamiento de volúmenes corpóreos, que se superponen y que recuerdan el uso barroco del espacio. La verticalidad y la elevación de los cuerpos femeninos son obsesiones oníricas, una y otra vez repetidas. El juego de plano y contraplano capta un momento único: el del esplendor de la mujer adulta.

Son cuerpos etéreos y de una imponente feminidad. Es la trampa y la habilidad del mago que, con un solo trazo, línea o raya, inventa un emblema erótico. Sáenz de Tejada construye una historia con el arte de la metonimia: una copa de cristal, una coctelera, un guante de golf, unas gafas de pasta gruesa, un sombrero Fedora (borsalino), la proa de un barco, la columna de la Place Vendôme desdibujada entre la neblina.

Sáenz de Tejada se mueve como pocos en el minimalismo. Todo está al servicio de lo conciso y de la elegancia de clase. Lanza a la mujer el deseo de ser otra, y cuando los tiempos cambian se reinventa la magia a precio de mercado: la seda de los años veinte se hace raso después del crac del 29. Seda o satén. No importa, conservan las ondulaciones aguadas sobre la piel.

"Je suis snob, terriblement snob", parodiaría Boris Vian. Frente a las rubias germánicas de la alta costura, la otra musa, la de la Rive Gauche: Kiki de Montparnasse.

La venta de lo onírico afectará en lo más íntimo y a la vez en lo más social a cada individuo; en la percepción del propio cuerpo. Incluso en España. Ortega y Gasset y Marañón dedicarían artículos a ese deslizamiento estético. El sociólogo alemán Georg Simmel, traducido tempranamente al español, apuntaba (Cultura femenina y otros ensayos, Alba, Barcelona, 1999):

Las formas curvas aluden más a la belleza que las formas esquinadas, porque se desenvuelven en torno a un centro, y de esta suerte nos presentan una imagen concreta de la cerrazón en sí, que es la expresión simbólica de la naturaleza femenina.

Pues bien, Sáenz de Tejada fue el maestro de las formas esquinadas.

Frente a lo carnal, la tentación andrógina. La nueva lingerie facilitaría la modificación de las apariencias.

Pero en 1936 la vida cambió para todos los españoles. También para Carlos Sáenz de Tejada. De París a Burgos. Cambio de vida, cambio de hábitos, pero no de estilo. No es otra mano, ni otro talento; es el mismo artista con la misma fuerza distante de la realidad. Crea, sencillamente, otra ficción.

CARLOS SÁENZ DE TEJADA: LA ELEGANCIA DEL DIBUJO. T. F. Editores. Alcobendas (Madrid), 2012, 216 páginas.

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