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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

España como tragedia

Hay libros que duelen. La libertad traicionada, de José María Marco, obra aguda, llena de sabiduría, un clásico de nuestro tiempo recuperado ahora por Gota a Gota, es uno de ellos. Ha hecho durante diez años su travesía por el desierto, la de los textos que, siendo para todos y de rabiosa actualidad, apenas si son percibidos al principio por unos pocos.

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Cuando salió la primera edición, hace diez años, gobernaba Aznar y los fantasmas del viejo fratricidio español parecían haberse alejado para siempre. Felipe González había regido los destinos del país durante catorce años y, pese a la corrupción que había imperado en sus Gobiernos (o tal vez debido a ello), la alternancia se estaba dando de manera impecable y la nación continuaba en pie. No obstante, en el PSOE, cuyo proceso interno se iba a desarrollar prácticamente a espaldas de la sociedad española después del patético caso Borrell, se estaba incubando una vez más, o recidivando tras una etapa de curso enmascarado, el mal de España: el de la negación de la nación española, del ser español, de la posibilidad española de estar en el mundo; o, si se prefiere, porque así ha sido en muchas ocasiones, si no en todas, el de la traición a la nación española, el de su entrega a los proyectos descuartizadores.
 
Nadie sabía realmente en 1997 quién era Zapatero. Salvo, quizá, Pascual Maragall. Pero, al repasar la épica intelectual de las generaciones del 98 y del 14, José María Marco estaba poniendo el dedo en la llaga de lo que no había sido reparado, y que en los últimos cuatro años ha venido cobrando visos de irreparable: las alianzas perversas del PSOE con los nacionalismos periféricos, de día en día más radicalmente separatistas, y el aislamiento, una vez más, del liberalismo conservador. La destrucción de la posibilidad liberal, que siempre ha venido de la mano de las izquierdas y de los separatismos.
 
La libertad traicionada lleva por subtítulo Siete ensayos españoles. Aclaremos que son en realidad ocho, contando el epílogo, "El rapto de España o la destrucción del liberalismo", en el que se hacen algunos comentarios que actualizan la obra y ratifican su vigencia, acerca del modo en que "un presidente del Gobierno, socialista, ha llegado a decir que la nación no es un concepto relevante". Marco estudia los cambios ideológicos y el legado de siete personalidades que contribuyeron a formar la imagen de España entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX: Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Enric Prat de la Riba, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Todos ellos plantearon, y en cierta medida crearon, varios problemas y formularon unas cuantas preguntas, aún sin solución ni respuesta.
 
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Por una parte, tenemos el problema de la implicación de los intelectuales en la política práctica.
 
Joaquín Costa no logró reconocer en Cánovas al gran hombre que "fue capaz de poner en pie un sistema de convivencia que durante décadas hizo posible la paz y el progreso de su país", y, "en cambio, jamás supo ofrecer una alternativa viable y acabó proponiendo su cirujano de hierro", de cuyas dos encarnaciones, Primo de Rivera y Franco, no llegó a ser testigo. Sin embargo, Costa había demostrado una viva conciencia de realidad, al escribir a Giner de los Ríos en 1897:
Para ser un pedagogo completo, práctico, ha tenido usted el inconveniente de encasillarse temprano en el presupuesto de la nación, que le ha incapacitado para saber (no con la cabeza, sino con la experiencia propia) lo que son veinte mil o veinticuatro mil reales, lo que es tener que ponerse la mesa con las propias manos todos los días en España y hoy. Le ha incapacitado para saber que la vida es más compleja de lo que parece a simple vista, que no es una línea recta ni un plano corrido como suele parecerle al empleado, que usted, desde su mulo, insulta a los peones que arrastran los pies llagados y a quien muy ufano y como mérito propio va dejando atrás…
A Unamuno, dice Marco, la Guerra Civil le salvó de hacer el ridículo, cosa a la que están expuestos todos los profetas: ¿cómo el hombre que "describe con rasgos inequívocos lo que iba a ser el totalitarismo nacional-socialista" con veinte años de antelación, ante la Alemania que ha buscado la Gran Guerra, llega a ser el tipo "mezquino, sin rastro de compasión", del final? El Unamuno que en abril de 1931, pocos días después de proclamada la República, augura: "La guerra civil es, gracias a Dios, inevitable".
 
Y, por supuesto, Azaña, que ni siquiera en medio de la guerra, cuyo curso era incapaz de orientar (¿acaso alguien hubiese podido?), abdicó de su condición primera, la de intelectual, que le impedía comprender la realidad política, la realidad pública. "El golpe de Estado frustrado y el estallido de la Guerra Civil", anota Marco, "le plantean con más crudeza que nunca su situación personal. Si antes creía poco en la eficacia de la política que él mismo representaba, ahora ya ni siquiera cree en el régimen que simboliza. Para Azaña, la República termina el 18 de julio, y lo que le ha puesto punto final es su incapacidad para defenderse, mucho más que la sublevación de una parte del Ejército, que Azaña, y con él el Gobierno republicano, parecían esperar".
 
Marco, que mucho ha investigado y escrito en relación con Azaña, y que probablemente sea quien más sabe hoy por hoy sobre el personaje, abunda aquí en una idea clave para una lectura sensata de la Guerra Civil: no la ganó Franco, sino que la perdió la República.
 
¿Y qué decir de Ortega, que, entre otras cosas, desconoció a Maura de un modo muy semejante a aquel en que Costa había desconocido a Cánovas?
 
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Por otra parte, está la forma esencialista en que los noventayochistas trataron el pasado y el presente españoles tras el desastre de Cuba.
 
España es una nación singular, pero no más singular que Francia o Suecia; sin embargo, ni los franceses ni los suecos viven cuestionándose el ser de sus naciones. No hay un problema francés ni un problema sueco en el sentido en que hay un problema español. No hay suequistas en el sentido en que hay hispanistas, gente toda muy estupenda que, desde el protohispanista Borrow hasta el integradísimo Ian Gibson, pasando por el buenista Gerald Brenan, continúa mirándonos como bichos raros. Los rusos, con ser especiales y obligar siempre a una reflexión sobre el alma nacional o eslava, no se cuestionan a sí mismos a la manera española, negándose como nación.
 
Sólo conozco otro país, Argentina, en que el masoquismo intelectual lleve a hablar del fracaso de la nación con la misma intensidad con que se ha hecho en España, y es probable que ello se deba, como gustaba decir a Unamuno, no en vano admirador del muy crítico Sarmiento, y de su disyuntiva entre civilización y barbarie, a que los argentinos son muy españoles, y tienen una relación tan identitaria y conflictiva con el catolicismo fundacional como los españoles. Tampoco será casual que hayan abundado tanto, allí como aquí, los lectores de Unamuno, Maeztu y Ortega; que haya tenido tanta influencia, allí como aquí, el krausismo, que no prosperó en ningún otro país; y que tan respetado sea Azaña... allí como aquí.
 
Hay, por cierto, latinoamericanistas en el sentido en que hay hispanistas, pero nadie cuestiona la existencia de la nación mexicana, por poner sólo un ejemplo. El Perú estará jodido, como quiere el personaje de Vargas Llosa, pero cómodamente instalado en su identidad como nación peruana.
 
Pues bien: España como problema es cosa de los del 98 y de sus sucesores del 14. En origen, es prueba de lucidez. Tan pronto como se convierte en demanda de demolición del pasado, es enfermedad. Y la demolición del pasado se ha venido haciendo con una dedicación digna de mejor causa y, lo que es peor, con éxito. De ahí que el ingreso de España en la UE, en Europa, como se dijo y se sigue diciendo, fuera vivida por la mayoría como placentera novedad y como permiso de los europeos para participar de algo que en verdad habíamos fundado, y defendido en solitario en Lepanto.
 
Es curioso el modo en que los noventayochistas y sus herederos del 14 tratan la cuestión europea, desde el tremendo "que inventen ellos" unamuniano hasta el "sólo mirada desde Europa es posible España" de Ortega: es como si nunca España hubiese formado parte del continente ni, lo que es aún más llamativo, de la cultura judeocristiana.
 
España es un problema de naturaleza muy distinta para Prat de la Riba, hombre convencido de la existencia de una nación catalana diversa de la española, una Cataluña imaginada como única patria posible. Y la afirmación de la nación catalana es parte del problema de España, como trágicamente iba a descubrir Azaña demasiado tarde.
 
La libertad traicionada, este gran libro de José María Marco, revisa todos esos temas y unos cuantos más. En conjunto, tengo al leerlo la misma impresión que me producen las Memorias de Azaña o los artículos de Pla: impresión de déjà vu, pero no en orden a la recuperación de algo remoto, sino, al contrario, en orden a la conciencia de una reiteración en la práctica cotidiana de hoy mismo o de ayer por la tarde, de cosas cuya nocividad fue constatada hace mucho tiempo. Por eso su lectura es dolorosa. Las patologías del espíritu, enseñó Freud con razón, están ligadas a la reiteración de lo comprobadamente maligno. El resultado, desde luego, es siempre igual: la destrucción del liberalismo.
 
 
JOSÉ MARÍA MARCO: LA LIBERTAD TRAICIONADA. Gota a Gota (Madrid), 2007, 364 páginas.
 
Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.
 
 
Pinche aquí para ver el CONTEMPORÁNEOS dedicado a JOSÉ MARÍA MARCO.
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