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NARRATIVA

Esperando la primavera

Dice una de las reseñas que aparecen en el cintillo de portada que el impulso al terminar El inicio de la primavera es a empezarla de nuevo. Y es cierto: la frase final, con apenas diez palabras, nos resuelve un misterio pero nos abre otros. Y es que tras pasar la última página seguimos sin saber qué clase de libro es el que acabamos de cerrar.

Mercedes Rodríguez
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Escrita en la última época de una novelista atípica –la británica Penelope Fitzgerald emprendió su carrera literaria a los sesenta años–, El inicio de la primavera arranca cuando Frank Reid, un empresario inglés afincado en Moscú, descubre al llegar a casa que su mujer se ha marchado. Empiezan aquí sus intentos, por un lado, de continuar con su rutina y, por otro, de saber algo de ella, para entender por qué ha decidido de pronto dejarlo todo.

La trama se desarrolla en unas pocas semanas de la vida de Reid, al final del invierno de 1913, en el convulso Moscú prerrevolucionario. Reid es un hombre convencional, un ciudadano correcto, un padre afectuoso, un buen amigo...; pero a su alrededor nada lo es, tampoco los personajes que le rodean, empezando por sus hijos, inquietantemente maduros para su edad, y terminando por su mujer, Nellie, que, aunque desaparecida, está presente en todo el libro; pasando por su cuñado, una institutriz aparentemente apocada y un misterioso estudiante... Lo imprevisible de la propia sociedad rusa del momento, diseccionada por Fitzgerald a través de pequeños detalles, también aporta lo suyo a la sensación de zozobra del pobre Frank: burócratas que conceden o deniegan permisos dependiendo del día, policías que cobran sobornos fingiendo que no lo hacen, empresarios que tienen osos por mascotas...

Reid ha de enfrentarse cada día a lo que tiene de inexplicable la mayoría de los comportamientos humanos, mientras sigue preguntándose por qué huyó la mujer a la que creía conocer a fondo. En lugar de respuestas, lo que se encuentra son las sorpresas que le dan, además de sus peculiares conocidos rusos, dos personas de su entorno más cercano: su amigo íntimo Swelyn, un ferviente seguidor de Tolstói, y Lisa, una silenciosa joven que llega a la ciudad para cuidar de sus hijos.

La autora no da demasiadas explicaciones, maneja bien la ambigüedad en los diálogos. Quedan abiertas las aristas de las relaciones entre los personajes y los motivos últimos por los que éstos actúan como lo hacen. Aquí radica gran parte de la fuerza de la obra, con su protagonista sacudido por lo inesperado y rodeado de personajes imprevisibles. El lector, que tampoco sabe gran cosa, se ve reconocido en ese hombre que ha dejado de comprenderlo casi todo y que a veces se descubre actuando, también él, contra lo convenido.

En medio del caos, prácticamente la única certeza la aportan los signos de la primavera que se acerca, acontecimiento lleno de significado en Rusia y repleto de simbolismo en el libro. El inicio de la primavera es en Moscú el momento de abrir las ventanas y volver a las calles, tras los duros meses de aislamiento invernal. Las semanas durante las que transcurre la novela, llenas de señales que anuncian el buen tiempo –el deshielo del Volga, las palmas de la Semana Santa–, están cuajadas de impaciencia y esperanza. Esa primavera que se atisba se percibe además como sinónimo de cambio en un Moscú en el que se respira la inminente Revolución, que se cuela también en estas páginas, con alusiones a normativas cambiantes, a la vigilancia que se cierne sobre elementos subversivos y a los preparativos de la comunidad inglesa para abandonar una Rusia pronto hostil.

Pero eso es el futuro. Por el momento, para Frank Reid y los suyos continúa siendo un lugar acogedor y fascinante, en marzo un marco incomparable para sujetos de conducta errática. Las referencias a los elementos naturales van ganando importancia con el correr de la obra, por su creciente influencia en la vida de los personajes; elementos como el río que cruza la ciudad y que recoge todo lo que les sobra a sus habitantes o el bosque de abedules del final, escenario mágico de la única escena en la que Fitzgerald entra de lleno en la fantasía...

Quisiera dejarlo aquí, por aquello de la ambigüedad fitzgeraldiana, para sembrar igualmente la confusión y para sentenciar: en El inicio de la primavera hay mucho más de lo que parece. Sentirán el impulso de volver a empezarla, ya lo verán.

PENELOPE FITZGERALD: EL INICIO DE LA PRIMAVERA. Impedimenta (Madrid), 2011, 272 páginas. Traducción de Pilar Adón.

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