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EL MUNDO DESPUÉS DE USA

Fuera de juego

El tercer libro de Fareed Zakaria es tan interesante como los dos anteriores, salvo que esta vez el antiguo alumno de Samuel Huntington cede a la tentación de la futurología. Que es a las ciencias políticas lo que la astrología a la astronomía.

Ana Nuño
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Es probable que la deriva futurológica de Zakaria se deba, en parte no desdeñable, a sus habituales labores periodísticas. El mundo después de USA, aunque ni el autor ni sus editores lo confiesen, incorpora verbatim media docena de ensayos y artículos publicados originalmente en revistas generalistas, como Newsweek International (que Zakaria dirige desde octubre de 2000), o especializadas y prestigiosas, como Foreign Affairs (de la que fue editor ejecutivo de 1992 a 2000). Es ley no escrita pero inexorable del cuarto poder que, cuando se ejerce la responsabilidad editorial de un medio de comunicación influyente, las opiniones y análisis contraigan estrabismo: con un ojo se sigue enfocando al ciudadano lector mientras con el otro se le hacen guiños al ocasional inquilino del poder. En la prensa española abundan los ejemplos de comentarios editoriales, publicados con o sin firma, a diario o sólo en domingo, que aspiran a esta desviación ocular, principal responsable del desenfoque de razonamientos que de otro modo podrían aspirar a la condición de inteligentes.

Esto es lo primero que salta a la vista, valga decirlo, del libro de Zakaria. Y, como era de esperar, los primeros elogios y las primeras críticas que ha recibido se centran en su ojo izquierdo, clavado ostensiblemente en la candidatura de Barack Obama a la jefatura de la Casa Blanca. The Post-American World se publicó en mayo de 2008, cuando se celebraban las primarias demócratas en Carolina del Norte y Oregón, o sea justo a tiempo para que la prensa nos mostrara el dedo índice del futuro 44º presidente de Estados Unidos marcando página en el libro de Zakaria. Aparte de su utilidad como argumento de ventas (la edición española incorpora en cubierta el tag "El libro de cabecera de Barack Obama"), es innegable la intención de Zakaria: ofrecer argumentos a la política exterior de la nueva administración demócrata.

La tesis de El mundo después de USA es un relato simple: el mundo unipolar que vivimos tras la caída del Muro de Berlín era una ilusión, que además resultó ser peligrosa. La aparente hegemonía de Estados Unidos, única superpotencia sobreviviente de la Guerra Fría, nos hizo creer que esta nación podía encargarse de solucionar todos los problemas y en todos los frentes, del económico al militar. Craso error: resulta que el mundo se ha globalizado, que la lógica imperial ha dejado de tener sentido y que de ahora en adelante Estados Unidos tendrá que aprender a compartir su omnímodo poder a través del diálogo y la cooperación con países emergentes, sobre todo con China e India.

Relato simple, en efecto, pero también algo peor: relato historicista. Zakaria lo salpimenta con reflexiones sobre "la dirección de la historia", e incluso cae en la vulgaridad del historicismo a lo Toynbee cuando compara la trayectoria de los imperios británico y estadounidense y concluye: "El tema conocido de la decadencia imperial se está interpretando una vez más. La historia sucede de nuevo".

Démosle la razón a Zakaria: nihil novum sub sole. Tan es así, que su tesis de la merma del poder imperial de USA y la aparición de un mundo multipolar es un remake, por poner sólo un ejemplo reciente, del Nuevo Orden Mundial descrito en 1994 en Diplomacy por el republicano Henry Kissinger. Pero esto es lo de menos: sólo los eternos adolescentes, a la manera del inefable Rodríguez Zapatero, creen o quieren hacernos creer que la pólvora está aún por inventarse. Bastante más molestos que la pretensión de vendernos una moto usada son el diagnóstico y las recetas propuestos por Zakaria.

Diagnóstico: el mundo no está tan mal como quiere hacernos creer la "industria artesanal del alarmismo" que, según Zakaria, "ha florecido en Occidente desde el 11-S". Como buen americano, el autor nos lanza a la cara una avalancha de datos y estadísticas para convencernos de que vivimos un periodo de "calma relativa", en el que "la economía está ganando a la política". Prueba de ello, por supuesto, es "el ascenso de los demás", el auge económico de Brasil, México, Corea del Sur, Taiwán y, claro está, India y China. (Por cierto, es una lástima que, al traducirla, la expresión "The rise of the rest" pierda la alusión a "The rise of the West").

Pero es en el apartado de las recetas donde el libro de Zakaria exhibe toda su fragilidad y, por qué no decirlo, superficialidad. Para empezar, el autor no parece consciente de que sus recomendaciones para el futuro diseño de las relaciones internacionales de USA desmienten su afirmación de que estamos asistiendo al fin de la "excepcionalidad" de esta nación. En el título mismo del último apartado de su libro, "El designio americano", resuenan los viejos acentos providencialistas sobre el destino excepcional de la nación americana.

Pero en el recetario de Zakaria hay cosas peores que la contradicción. Por ejemplo, su idea de que el terrorismo islámico o el conflicto en Próximo Oriente son fenómenos sobrevalorados, que basa en la observación del comportamiento de los mercados: después del 11-S y los atentados de Madrid (2004) y Londres (2005), así como durante el enfrentamiento en Líbano entre Hizbulá e Israel en el verano de 2006, las bolsas no tardaron en recuperarse, o bien no vieron mermado su volumen de operaciones. Este es el método de Zakaria en El mundo después de USA: demostrar a toda costa que la política no importa, puesto que no hace mella en la economía. Ojalá fuera cierto, al menos así nos ahorraríamos a los Obamas y Zapateros jugando a redefinir las reglas del juego de la economía.

Por último, el elogio del mundo globalizado que entona Zakaria y sus críticas a "una visión del mundo puramente americana", que lo lleva a decir esas tonterías de que Washington haría bien en inspirarse en el supuesto multiculturalismo de las cintas de Bollywood o de Slumdog Millionaire, no se compadece, justamente, con su visión del yihadismo. Su principal propuesta para evitar en el futuro atentados terroristas es coordinar a nivel mundial los controles de aduanas e inmigración, ya que, como americano con "una visión del mundo puramente americana", concibe esta forma de agresión como venida de afuera. Ni una palabra sobre cómo controlar al yihadismo ya instalado en países democráticos. El terrorismo queda reducido al modelo USA: los atentados del 11-S. Pero ¿y Madrid o Londres? ¿Y los atentados cometidos por grupos terroristas islámicos locales en Turquía, Arabia Saudí, Egipto, Indonesia, Marruecos, Turquía? ¿Y las amenazas a Robert Redeker o Ayaan Hirsi Ali? ¿Y el asesinato de Theo van Gogh? Cuando menciona, de pasada, esta variante de amenaza, también lo hace con las anteojeras del buen americano (es decir, el obamita anti Bush), y sólo se le ocurre preguntar: "¿Pero y si los culpables tienen su base en Hamburgo, Madrid o Trenton? (...) ¿Vamos a bombardear Gran Bretaña y España porque han albergado una célula terrorista?".

En fin, Zakaria ha escrito, por primera vez en su brillante carrera, un libro confuso, insuficiente y provinciano. Es posible que lo aplauda en Washington la nueva administración, pero me temo que decepcionará a quienes hayan leído su convincente demostración, en De la riqueza al poder, de que Estados Unidos no ha sido nunca una potencia aislacionista, y su magistral análisis de los peligros que para la democracia representan las democracias no liberales.


FAREED ZAKARIA: EL MUNDO DESPUÉS DE USA. Espasa Calpe (Madrid), 2009, 239 páginas.
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