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DIARIOS 1984-1989

Pasión y muerte de Sándor Márai

En estos días de tedio inquieto he vuelto a Sándor Márai, a sus últimos diarios; a la pasión y muerte de este escritor formidable (quizá valgan las tres) que deja indiferente a nadie, como ha escrito Luis Antonio de Villena, que tiene más cara que espalda.

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Este dietario –que alguno ha comparado con una pileta helada– comienza en 1984, el año Orwell, y termina en enero del 89, un mes antes de que Márai dijera basta y se pegase un tiro en la cabeza. Veremos a su autor hablar de cosas que le entusiasman o le agotan, le sacan de quicio, le sublevan o conmueven; apagarse, morir de a pocos, amar a Lola literalmente hasta la muerte. Y lo iremos anotando todo; porque sí, "estos diarios consumen un lapicero".

Sándor Márai perteneció a esa genuina generación perdida que se extinguió con y por las guerras mundiales; esa estirpe de escritores mitteleuropeos tan cultos, pulcros y elegantes, burgueses, liberales, a los que la Historia pasó por encima: piensen por ejemplo en Stefan Zweig, no por casualidad judío, no por casualidad también hijo de Austria-Hungría, que igual acabó quitándose la vida. A Márai el primer golpe fuerte, duro como del odio de Dios (¿mejor así, Higueras Hare?), le sobrevino el 18 de marzo de 1944, nos confesará el 18 de marzo de 1984:
Hoy hace cuarenta años que celebramos una cena en mi casa de la calle Mikó con ocasión de mi santo. Por entonces la vida seguía tranquilamente su curso: teníamos dos criadas y vivíamos en un piso grande. (...) Pero esa misma noche las tropas nazis ocuparon Budapest. Todo quedó roto: la vida, el trabajo, Hungría, el viejo orden y también el desorden. Una ruptura total. (...) Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona.
Márai se arrancó de su tierra que dejó de serlo –por los nazis, los comunistas y el facherío zafio– y se instaló en la de los Libres, en América ("[...] que se encuentra a una distancia pacificadora de todo lo que no me gusta: el nacionalismo, el patriotismo arrogante, la Gente de las Pusztas y la sangre de Árpád..."), con sus libros, su patria: la lengua húngara, y Lola, que
sigue siendo tan guapa a los ochenta y siete años como lo fue de joven; de otro modo, pero sigue siendo guapa.
Y va a ser ahora que he citado a la bella Lola que va a morir cuando vuelva a decir que Luis Antonio de Villena tiene más cara que espalda, o muy poquita vergüenza (habría que sacar el detector de espectros). Y es que en su reseña no se le ocurrió otra que decir que este libro "lleno de lapidarias sentencias" es un "claro alegato a favor de la eutanasia y la muerte digna". Pues no, no lo es. Ocurre que el vate botarate ha arrimado el ascua, la prosa poderosa del maestro Márai, a su sardina sucia.

Márai no creía en Dios, pero tampoco era Sampedro, y jamás en estas páginas pide que otros, el Otro, el Estado con su poder de vida y muerte, le diera la suya a L. "Quiero estar con ella hasta el último momento, ayudarla y cuidarla", escribe el 17 de octubre de 1985. "Espero aguantar mientras ella me necesite. Está muy guapa, la belleza del óbito es más convincente que la de la juventud", anota el 12 de noviembre del mismo año. "Quedarme, ayudarla hasta el último momento, hasta que resistamos, ella o yo. Después estar atento para irme a tiempo", dice también (el 1 de diciembre). Podría seguir, citar bastantes más pasajes en los que Márai, en todo caso, habla de escapar juntos, no de que los escape nadie (y menos los médicos: "Son seres repugnantes, mercachifles que venden estómagos, ojos, corazones, pocos hay que muestren un atisbo de humanidad"); pero quizá baste con reproducir sólo uno más, el único, por cierto, en que aquél escribe con todas sus letras la palabra con la que ha querido hacerle un traje De Villena: 
No puedo aceptar el mercy killing, no me siento con fuerzas suficientes para la eutanasia.

Pero no, no eran fuerzas lo que le faltaba o le sobraba.

Escribió esa confesión el 30 de diciembre del 85, Lola murió el 4 de enero del 86, desde entonces ya apenas pensará en otra cosa que en darse muerte. Porque no, Márai no hizo canto alguno a la eutanasia, pero sí –la verdad es la verdad, la diga Agamenón o De Villena– a la muerte digna. Bueno, mejor será precisar, porque Lola murió gagá, sin reconocer a su marido durante 62 años, ida e impedida, y su marido durante 62 años sólo captó en esa ella "serenidad y nobleza, dos rasgos que siempre quedan ocultos en la cara de los vivos". Precisemos, pues: a Márai le daba miedo, pena, asco y rabia la sola idea de morir –él– desvencijado, sin control sobre su cuerpo, su mente, sus actos. Se dará muerte antes de que se la den, queda claro no sé cuántas veces para quien no quiera atragantarse con la sardina sucia:

Agotamiento absoluto. Acabar un momento antes de que no haya manera de acabarlo por uno mismo, para no tener que aguantar la impotencia, la alimentación, todas las torturas y oprobios del nursing home, o la atención de las enfermeras en casa.
"No ha de estar lejos el momento en que tenga que actuar", pone Márai en el cierre del pasaje anterior, del 20 de abril de 1986. Al final, tampoco estuvo cerca: no se pegó el tiro en la cabeza con la pistola que compró en febrero y que la policía le enseñó a usar en junio ("por una tarifa en absoluto económica") hasta tres años más tarde, el 21 de febrero de 1989, pocos meses antes de que su aborrecido Muro de Berlín se viniera abajo a golpes ossis de maza.

Sus cenizas, como las de Lola, fueron esparcidas sobre el Pacífico. Su última anotación, excepcionalmente manuscrita, está fechada el 15 de enero y no es ésta:
En el océano se encuentra todo, hasta la patria.

SÁNDOR MÁRAI: DIARIOS 1984-1989. Salamandra (Barcelona), 2008, 219 páginas.

MARIO NOYA, director de LD LIBROS. Pinche aquí para acceder al blog del programa.
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