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'RIÑA DE GATOS'

Gurb en Madrid

De un tiempo a esta parte no hay novela de suspense que no contenga un misterioso lienzo para narcotizar al gran público, entregado a los sucesivos davincis por obra y gracia de la molicie del sector editorial. En Riña de gatos, a esta premisa ha de unirse la concesión del Planeta, un galardón que, en su inanidad, se había ido asemejando peligrosamente al Nobel (¡o viceversa!). Demasiados quebrantos, me dije, para que la obra saliera indemne de una crítica.

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No obstante, así como la concesión del Nobel a Mario Vargas puso fin al habitual contradiós de la Academia Sueca, Eduardo Mendoza ha devuelto al Planeta el lustre de los setenta, cuando lo obtuvieron escritores como Juan Marsé, Jorge Semprún o Manuel Vázquez.

El epicentro argumental de Riña de gatos es la tasación de una rancia pinacoteca que acumula más ínfulas que prestigio. A tal efecto, el súbdito británico Anthony Whitelands, experto en pintura española del Siglo de Oro, viaja a Madrid por encargo del duque de la Igualada, que pretende saldar su patrimonio para huir de la España prebélica del 36. El despegue de la historia, que rezuma una parsimonia tan pulcra como equívoca (Mendoza atesora la rara destreza de emponzoñar de presagios aun el más protocolario de los pasajes), da un vuelco cuando el duque revela a Whitelands que la colección, repleta de obras anodinas, esconde un velázquez inédito. A partir de ese instante, la novela se convierte en un torbellino de intrigas en que se entremezclan el folletín amoroso de tintes galdosianos, la grotesca entretela del contubernio militar, el retrato de la indigencia del populacho y el latido de una ciudad que apesta a churros y orines, a sangre y vino rancio, a pólvora y limoná.

La incursión de Mendoza en el Madrid del 36 no descansa en alharacas y sobreactuaciones que subrayen su conocimiento de la tramoya ciudadana. Antes al contrario, su mirada es tan taimada y frugal como la que ha venido aplicando a Barcelona, ya fuera ésta el cogollo seminal de La ciudad de los prodigios o la urbe posmoderna de Sin noticias de Gurb, sátira protagonizada por un alienígena que, bajo la apariencia del conde-duque de Olivares, asistía perplejo a la cirugía urbana que precedió a los Juegos Olímpicos. La digresión no es baladí. En Riña de gatos, y con el advenimiento de la guerra civil como telón de fondo, quien desempeña el rol de alienígena es Anthony Whitelands. Fascinado y contrariado por España y los españoles, el exégeta de Velázquez constituye el rompeolas de todos y cada uno de los sucesos que, en cierto modo, él mismo desencadena, lo que da a traslucir un artefacto narrativo de insólita precisión. Así, a través de la figura desmañada de Whitelands entrevemos los estertores de la II República, presentada como un delirante guirigay en que convergen las bravatas de los camisas viejas, las revueltas incendiarias de los comunistas y las maquinaciones golpistas de Mola, Queipo de Llano y Franco.

Los retratos de los personajes históricos que aparecen en la novela (en particular, el de José Antonio Primo de Rivera) no guardan parangón con la brocha gorda de la novelería al uso. A diferencia de la porfía en la caricatura de la literatura guerracivilista, Mendoza empuña el Rotring del 0.4 para perfilar las aristas de unos individuos a los que, en cierto modo, suponemos conscientes de su propio patetismo.

¿Es compatible el humor con los prolegómenos de una guerra civil que causó más de 300.000 muertos? En esa tesitura, Mendoza no sólo no renuncia a su seña de identidad primordial, sino que la utiliza en aras de preservar la barbarie. Riña de gatos (un título excelente, por cierto, puesto que concilia la suprema vulgaridad de cuanto aconteció con la idiosincrasia del autor) deja una ristra de levísimas sonrisas que, al punto, sucumben a la glaciación. Es la de Mendoza una socarronería que, tras el preceptivo parpadeo, se torna en epitafio. La antesala de la guerra civil conforma un dique estilístico que contiene el esperpento y propicia la tragicomedia, la farsa, el trampantojo. Ni siquiera los nombres de los personajes escapan a la caprichosa malicia del autor: Anthony Whitelands, Duque de Igualada, Higinio Zamora Zamorano, Pedro Teacher... No fue Javier Marías, ni mucho menos, el primero en bautizar a sus criaturas de forma extravagante.

Dicen los entendidos que cualquier novela que se precie debe hablar de sí misma, que no hay narrador que, en los tiempos de Facebook y Twitter, pueda perpetrar una ficción sin aludir al making off, al proceso que engendró su fantasía. Mendoza, según parece, suscribe esta apreciación. No en vano, el sublime forcejeo que mantiene respecto al tiempo que describe reverbera en el último párrafo de forma prodigiosa:

–¿Se ha dado cuenta, Parker? –dijo Anthony–. Después de un largo silencio, Velázquez pintó este cuadro al final de su vida. La obra cumbre de Velázquez y también su testamento. Es un retrato de corte al revés: representa a un grupo de personajes triviales: niñas, sirvientas, enanos, un perro, un par de funcionarios y el propio pintor. En el espejo se refleja borrosa la figura de los Reyes, los representantes del poder están fuera del cuadro y, por consiguiente, de nuestras vidas, pero lo ven todo, lo controlan todo, y son ellos los que dan al cuadro su razón de ser.

Es raro, verdaderamente infrecuente, observar (no leer, sino observar) una alegoría tan emocionante y aleccionadora sobre la novela que se ha dejado atrás. Sobre el oficio que se va dejando atrás.

 

EDUARDO MENDOZA: RIÑA DE GATOS. MADRID 1936. Planeta (Barcelona), 2010, 427 páginas.

http://www.albertdepaco.blogspot.com/

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