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LIBERALISMO

Hayek y la libertad

Cuando media Europa estaba tomada por el comunismo y el resto del Viejo Continente se convertía al colectivismo, pocos se atrevían a defender la libertad individual. El economista austriaco Friedrich Hayek fue una de las escasas excepciones que lanzó sus dardos contra el totalitarismo.

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En una obra que pronto se convirtió en un clásico: Camino de servidumbre, denunció que la planificación conducía al totalitarismo, lo cual le granjeó los elogios del célebre George Orwell. Años después, en 1959, publicaba el libro que hoy comentamos: Los fundamentos de la libertad. Hayek se ocupó en él de rescatar del olvido los principios del liberalismo clásico, para ofrecer, como señalaba en la introducción, una obra que permitiera "a cualquier persona (…) entender sus ideales".
 
Como es bien sabido, la idea principal del liberalismo es la libertad. A ella dedica buena parte de la obra. Según este premio Nobel de Economía, "la libertad (…) define la ausencia de un particular obstáculo: la coacción que deriva de la voluntad de otros hombres". "No nos asegura oportunidades especiales, pero deja a nuestro arbitrio decidir el uso que haremos de las circunstancias en que nos encontremos".
 
Sin embargo, al intentar aclarar qué entiende por coacción, Hayek comienza a confundir a sus propios admiradores, con citas como éstas: "La coacción tiene lugar cuando las acciones de un hombre están encaminadas a servir la voluntad de otro"; lo cual no es igual a los casos en que, por ejemplo, se conmina a alguien a hacer algo que no desea. "Si mi mano, utilizando la pura fuerza física, es obligada a firmar (…) no se puede decir que tales acciones sean mías. Por supuesto, una violencia tal que reduce mi cuerpo a mera herramienta física de otra persona es tan mala como la coacción propiamente dicha y debe prohibirse por las mismas razones". Pero si no es coacción, ¿en base a qué debe ser rechazada tal acción, si no vulnera mi libertad?
 
Otro tanto puede predicarse del famoso ejemplo del propietario del oasis, que puede, como monopolista, "ejercer verdadera coacción" cuando otros pozos se agoten y los consumidores tengan que "subordinarse a lo que el dueño (…) les exija para sobrevivir". Sorprendentemente, lo que el autor califica de "caso claro de coacción" no debe ser tal, porque si lo fuera, entonces su teoría se desvanecería por completo. Es más, de seguir esta línea de actuación, como le espetó el profesor Hamowy, tendría que acabar asumiendo que, en la medida en que se prive a alguien de lo que precisa, éste carecerá de libertad. Por ello, tendría que aceptar que aquél pueda obligar a terceros a actuar de una determinada manera, por ejemplo, vendiendo el agua a un precio razonable.
 
Para corregir esta errónea definición le hubiera bastado con partir de una teoría de los derechos individuales. Al prescindir de ella, los equívocos se multiplican a lo largo de su obra.
 
Esto no obsta para reconocer que, cuando Hayek retoma la tesis del "orden espontáneo" de autores como Hume o Ferguson, el libro alcanza su cénit. Aunque cueste aceptarlo, como explica el autor, la civilización occidental no fue el resultado deliberado de ciertos políticos e intelectuales, sino más bien lo contrario: fue algo no previsto por nadie. "Fue el resultado acumulativo costosamente logrado tras ensayos y errores; suma de experiencias, en parte transmitidas (…) pero en gran medida incorporada a instrumentos e instituciones, que habían probado su superioridad" y que "sirven a los fines humanos sin que la humanidad las comprenda".
 
Adam Smith.Por eso quienes atacan la famosa "mano invisible" de Adam Smith desconocen el funcionamiento de una sociedad extensa, que en nada se parece a las tribus en que nuestros antepasados se desarrollaron. En consecuencia, piden al Estado que deshaga lo andado y que acabe la Creación en menos de una semana, con un impecable código de leyes y regulaciones minuciosas y un cuerpo de burócratas, políticos y policías dispuestos a corregir a los que se desvíen de la pauta dada.
 
Su arrogancia les impide comprobar que el progreso de que disfrutamos es resultado indirecto de un marco normativo en el que se garantiza la propiedad, se castiga el delito y se ejecutan los contratos.
 
Hayek, en cambio, recuerda en varios capítulos la relación existente entre el Estado de Derecho y la libertad, en un repaso histórico que puede desalentar a quienes estén menos interesados en la materia. Aunque, eso sí, su lectura ofrece perlas como ésta:
 
"Lo que distingue a una sociedad libre de otra carente de libertad es que en la primera el individuo tiene una esfera de acción privada claramente reconocida y diferente de la esfera pública, y que asimismo no puede recibir cualquier clase de órdenes, y que solamente puede esperarse de él que obedezca las reglas que son igualmente aplicables a todos los ciudadanos".
 
Desgraciadamente, a medida que analiza las funciones que todo Estado puede realizar, pone a la libertad en graves apuros. A su juicio, el poder político tiene el derecho de "garantizar un mínimo de ingresos a todo el mundo; distribuir el gasto público para tomar medidas cuando decaiga la inversión privada; restringir la venta de algunos bienes peligrosos como las armas o las drogas, así como establecer regulaciones sanitarias y de seguridad". Recibió numerosas críticas por esto. Una de las más contundentes fue la de su maestro, Ludwig von Mises, quien llegó a decir que "la tercera parte del libro del profesor Hayek es decepcionante", puesto que "alega que, bajo ciertas condiciones, el (…) Estado del Bienestar (…) es compatible con la libertad".
 
Aun con sus contradicciones, Hayek merece ser recordado como uno de los mejores críticos del totalitarismo y como un apasionado defensor de la civilización occidental. Sin él no se puede entender el resurgimiento del liberalismo en el siglo XX. De hecho, fue tal su influencia que Margaret Thatcher llegó a decir que buena parte de sus propuestas en defensa de la libertad las adquirió leyendo libros como el que hoy nos ocupa.
 
 
Friedrich A. von Hayek: Los fundamentos de la libertad. Unión Editorial, 2006 (7ª edición); 541 páginas.
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