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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

…Y un otoño de insurrección

Como es de sobra sabido, las campañas de desestabilización izquierdistas-separatistas en verano de 1934 desembocaron en la gran insurrección de octubre de ese mismo año. Doy por conocidos los episodios principales del suceso y su gestación, por lo que me centraré en algunas consideraciones y consecuencias a las que la gran mayoría de los tratadistas ha prestado atención insuficiente.

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Hasta hace pocos años la insurrección de octubre pasaba generalmente como "la revolución de Asturias" o incluso "la huelga de Asturias", con alusiones a la "intentona de Companys" en Cataluña. Un incidente importante, sin duda, pero en definitiva menor y sin conexión con la guerra civil de 1936. Sólo Salvador de Madariaga hizo la observación de que quienes se habían alzado contra la República en el 34 no tenían la menor autoridad moral para condenar el levantamiento derechista del 36.
 
En un sentido meramente moral, la frase puede ser adecuada, pero en un sentido político e histórico no. El ataque de 1934 no puede justificar el de 1936 más que si los atacantes del primer año hubieran seguido en la misma postura. En segundo lugar, habría que especificar si ambos ataques eran realmente comparables.
 
Para acercarnos a la cuestión, conviene señalar los rasgos clave de la primera insurrección, también olvidados por demasiados historiadores, incluso por algunos bastante solventes, como Fusi.
 
1) En 1934 intervinieron el mayor partido, con mucho, de las izquierdas en el conjunto de España y el mayor en Cataluña, más los comunistas, más algunos sectores anarquistas, y con el apoyo político de las izquierdas republicanas: cuando, en los dos primeros días, muchos creyeron en el triunfo de la insurrección, dichas izquierdas, y con especial dureza el partido de Azaña, proclamaron su "ruptura" con las instituciones y su disposición a imponerse por cualesquiera medios.
 
Sobre el piso, los restos de varias víctimas de la matanza de Casas Viejas.Por tanto, la insurrección no fue obra de grupos marginales de las izquierdas, como, hasta cierto punto, lo habían sido las anarquistas. O como, todavía más marginal, lo había sido la sanjurjada de 1932. Esto tiene importancia clave, y no sólo porque las posibilidades de éxito de grupos marginales sean remotas, sino porque una actitud levantisca en los partidos principales de la oposición, o anticonstitucional en los que están en el poder, hace imposible la democracia.
 
2) La insurrección no pretendía, como se ha dicho, "protestar" por la entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno, entrada absolutamente legal y justificada, incluso muy por debajo de lo exigible de acuerdo con la ley. Tampoco tenía la menor relación con al "hambre" o los "abusos" de la derecha. El hambre mayor se había registrado en 1933, siendo contenida e iniciando un ligero declive bajo el Gobierno de centro derecha; y el número de obreros o campesinos muertos por las fuerzas de orden también bajó notablemente (nada parecido a Casas Viejas, por ejemplo), mientras subían los asesinatos, realizados por las izquierdas casi todos, a menudo contra obreros desafectos. La mayoría de los "abusos" atribuidos a las derechas –no todos, desde luego– no pasan de invenciones propagandísticas. Es asombroso cómo una vasta bibliografía de derechas, sugestionada, sin el menor espíritu crítico, por la virulencia de la propaganda izquierdista, ha dado bastante crédito a ésta.
 
No, la insurrección socialista perseguía, desde 1933, instaurar un régimen de tipo soviético. La documentación al respecto es hoy completamente probatoria, y basta leer por extenso las intervenciones de Besteiro para percibir el cariz de todo aquel proceso. Pero además tenemos las instrucciones secretas, la propaganda del PSOE y muchas otras fuentes.
 
En cuanto a los nacionalistas catalanes de izquierda, había divisiones. Unos pretendían demoler la legalidad republicana para formar una especie de confederación y otros pensaban en la separación completa. Incluso muchos de los primeros veían la confederación como un paso a la secesión, a menos que ellos, en nombre de Cataluña, jugaran el papel dominante, política y financieramente, en el conjunto de España.
 
3) El levantamiento fue concebido exacta y precisamente como una guerra civil, según consta inequívocamente en las instrucciones secretas para la insurrección (reproducidas en mi libro Los orígenes de la Guerra Civil). No como una "huelga" o como un simple golpe de estado. El contenido abiertamente guerracivilista de la propaganda de aquellos días tiene a menudo rasgos espeluznantes, como la pública disposición de las juventudes socialistas a realizar con entusiasmo las numerosas ejecuciones previstas, o las exhortaciones al odio como una virtud revolucionaria.
 
El fracaso del intento (1.400 muertos en 26 provincias, no sólo en Asturias, e ingentes destrozos materiales y culturales) llevó a los políticos izquierdistas, y luego a los historiadores afectos, a maquillar los hechos, a mutilarlos o a procurar su olvido. La maniobra estaba prevista desde el primer momento, pues los dirigentes socialistas habían acordado, en caso de derrota, negar cualquier responsabilidad, atribuyendo el movimiento a una protesta espontánea "del pueblo" por el acceso de la CEDA al Gobierno.
 
La defensa de la Esquerra, negando las evidencias con desvergüenza absoluta, resulta un documento realmente cómico, dentro de su patetismo. Muchos invirtieron exactamente la realidad, pretendiendo que los socialistas habían sido empujados a su acción por la indignación de las masas contra las derechas. Había sido exactamente al revés. El PSOE y la Esquerra habían intentado llevar las masas a la guerra civil, y la gran mayoría de la gente prefirió mantenerse en la legalidad.
 
Hoy puede decirse que entonces comenzó la Guerra Civil, y no sólo porque sus autores la hubiesen querido y llevado a cabo, sino porque después no cambiaron de orientación. Por el contrario, muy lejos de mostrar el menor arrepentimiento o autocrítica, intensificaron la virulencia de su propaganda, nacional e internacional, con una campaña sobre las "atrocidades" supuestamente cometidas por el Gobierno en la represión de Asturias.
 
La campaña olvidaba convenientemente, por supuesto, las previas atrocidades propias, y exageraba o mentía de manera masiva sobre las brutalidades represivas, menores que las de sucesos de menor violencia en otros países europeos.
 
Una vez más, la dureza y la afectada indignación moral con que los autores envolvían sus "informes" ha hecho que los mismos se hayan repetido, año tras año, por historiadores poco solventes tipo Beevor o Preston, o por los del lado de Tuñón de Lara y tantos más. Creo que el único estudio crítico de dicha campaña, algo amplio, es el mío en El derrumbe de la República, el cual podría extenderse mucho.
 
La campaña de las izquierdas sobre la represión de Asturias no tiene importancia sólo por su carácter básicamente mendaz: testimonia que el espíritu de la insurrección de octubre permaneció inalterado. Y el efecto de tal campaña no podía haber sido más nefasto. Besteiro había acusado a los otros dirigentes socialistas de "envenenar a los trabajadores" con una propaganda falsa y cargada de odio. Ahora esa propaganda alcanzaba las cimas más altas, y lograba cambiar el ambiente popular.
 
Si algo había demostrado la intentona de guerra civil es que las masas no estaban lo bastante radicalizadas para seguir los llamamientos de los jefes izquierdistas, pero los infundios sobre la represión crearon un clima de agravio y furia que se manifestaría muy claramente más adelante.
 
También quedó plenamente en claro el carácter legalista de la CEDA. De haber sido un partido fascista, como insistía la izquierda, habría aprovechado el alzamiento izquierdista para replicar con un contragolpe desde el poder que acabase de una vez por todas con la República. De hecho hubo alguna tentación, y los monárquicos sugirieron a Franco explotar el momento. Pero, por el contrario, la derecha defendió entonces, en nombre de las libertades, una Constitución que no le gustaba y que pensaba reformar siguiendo los pasos legales. Tampoco suele destacarse este hecho crucial y demostrativo en una historiografía tremendamente deformada por prejuicios "progresistas". Por supuesto, la conducta estrictamente legal de la CEDA no le sirvió de nada ante sus enemigos, los cuales siguieron motejándola de "fascista" con redoblada furia.
 
Es evidente que durante muchos años, por el escaso acceso a las fuentes o por otras razones, muchos historiadores repetían las deformaciones de la propaganda como si reflejasen la realidad. Hoy, cuando la documentación disponible es apabullante y bien conocida, muchos persisten en las mismas falacias y tergiversaciones, lo cual resulta mucho peor: no es lo mismo repetir una falsedad por ignorancia, aun si en parte voluntaria (Brenan, etcétera), que colaborar con ella en contra de toda la evidencia.
 
 
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