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EN VIDA DE ANTONIO HERRERO

Herrero sobre Herrero

Antonio Herrero se despidió de sus oyentes el último viernes de abril, que aquel año, 1998, tampoco fue el más cruel de los meses, convocándoles a un programa especial que sobre la llegada de la moneda única europea iba a hacer en Bruselas. Por la tarde se fue a Marbella, donde residía su familia, en un Mercedes deportivo que acababa de adquirir. Murió al día siguiente, mientras practicaba submarinismo.

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Nadie se lo podía esperar: joven, fuerte, sano, Antonio Herrero transmitía intensidad. Menos que nadie, su mejor amigo. En aquel entonces estaban enfadados, con la intensidad y caducidad con que se enfadan los buenos amigos. Luis –con la mejor de las intenciones, por supuesto– había llevado a La Linterna a Rubalcaba, cuando desde el PSOE se había tocado a rebato para boicotear La Mañana, en represalia por haber llamado Antonio "Mónica Lewinsky" a la portavoz del último Gobierno González, Rosa Conde. Antonio consideró que Luis le había traicionado.
 
Diez años después, Luis ha publicado su libro sobre Antonio. Nos lo debía. Nadie le conoció mejor que él. Fueron amigos durante treinta años. Amigos del alma. Compañeros de clase en el bachillerato, de pandilla en los callejeos adolescentes, en la universidad; y colaboradores necesarios en la mayor parte de esas aventuras profesionales que hicieron de Antonio "el periodista más importante de la radio española durante la democracia".
 
El libro de LH es un reportaje periodístico que no sólo se deja leer con facilidad, sino que engancha hasta robar al lector horas de sueño. En él se mezcla la narración de los últimos días de AH, el contexto profesional y político en que se desarrollaron, con una aproximación a la infancia y juventud de aquél a partir de los recuerdos de LH y de lo que le han contado a éste la madre y los hermanos del propio Antonio. La selección de anécdotas significativas no busca la exactitud del pormenor biográfico, sino ofrecernos por acumulación una idea de la personalidad, las virtudes y defectos de AH, de su manera de vivir la vida. Todo ello lo hace Luis con sentimiento y distancia, tratando de transmitir al anónimo lector un destilado objetivo de su propia aproximación al sentido de la existencia de aquél con quien tanto había vivido, que le determinó mucho en vida y, de manera acaso más inexorable, después de muerto.
 
Antonio Herrero.El núcleo dramático, incluso trágico, del último viaje de Antonio Herrero consiste en que su muerte se produjo al día siguiente de que, en una comida celebrada en La Moncloa, el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, comunicó a Federico Jiménez Losantos (v. su libro De la noche a la mañana) y a Luis Herrero (que nos ofrece aquí su versión de lo ocurrido) su determinación de acallar a AH, tarea para la que requirió, sin conseguirlo, la colaboración, la complicidad de ambos. No faltaron los conspiranoicos que cayeron en la tentación de relacionar ambos sucesos.
 
En este asunto se ponen de manifiesto las difíciles, casi imposibles, tan desaconsejables como inevitables relaciones entre el poder, ése que FJL escribe siempre con mayúscula, y el periodismo influyente. Los halagos, incentivos y adhesiones, regados con entusiastas invocaciones a la libertad de expresión y otros nobles principios, en que se deshacen los que aspiran al poder se tornan, cuando éstos consiguen su objetivo, lamentos, quejas, dificultades y maniobras desestabilizadoras, rebozadas con sutiles recomendaciones relacionadas con el prudente uso de la libertad de expresión. Nada nuevo, por más que cada vez que sucede nos vuelva a sorprender y nos induzca a ser pesimistas acerca de la condición humana.
 
Por lo que hace a la carrera profesional de AH, así como a los acontecimientos y repercusiones que desencadenó su muerte, este libro es complementario del que ya hemos mencionado de FJL, publicado hace dos años. La opinión que ambos tienen de los protagonistas y comparsas de aquellos días es en general coincidente, pero varía mucho el modo de verlos y la manera de contar los hechos.
 
Al entierro en Marbella asisten, al margen de las presencias protocolarias, contertulios y otros miembros del bautizado por Cebrián como Sindicato del Crimen. Para muchos, aquél fue el último día de una época y el primero de otra, sobre la que se extiende más FJL en De la noche... que LH en estas páginas.
 
Aquí nos encontramos otra vez con Manuel Martín Ferrand, fundador y enterrador de Antena 3, la primera persona que vio el potencial de AH y le puso al frente de un magazine matinal; con José María García, que lo había sido todo en la radio deportiva y que, en el ocaso de su carrera, dejó a la Cope y a sus queridos compañeros con el culo al aire para marcharse, golpe de talonario mediante, al emporio multimedia de Telefónica, entonces un nascitirus; con Pedro J. Ramírez, cuando Unedisa no estaba todavía consolidada, y que vino a hacer otro tanto que García; con Pablo Sebastián, cuyas relaciones con LH y FJL nunca fueron buenas y a quien AH estaba ayudando a botar La Estrella Digital, donde trabajó luego la viuda de éste; con Luis María Anson, tan buen periodista como turbio ciudadano, que todavía no ha tenido a bien contar para la historia qué le llevó a la traición de descolgarse en Interviú con la pseudodenuncia de la conspiración republicana, o lo que fuera, y que andaba entonces en el tránsito del ABC a La Razón; con don Bernardo Herráez, el cura de Ávila, ecónomo durante décadas de la Conferencia Episcopal y alma tantas veces incomprendida de la Cope, así como con otros muchos personajes más o menos memorables.
 
Luis Herrero.LH no ha hecho una apología simplista del que fuera su gran amigo, sino que nos presenta la cara y la cruz del personaje; no nos ahorra, pues, las zonas de sombra, que también las tenía. Lo más novedoso son los datos biográficos, de infancia y juventud, que dibujan un Antonio Herrero muy travieso ingeniándolas para colocarse en todo momento –y con él a los que le acompañaban, pues siempre destacó por su liderazgo– al borde del precipicio. Ya adolescente, va sumando prendas que podrían haber hecho de él un golfo redomado: mal estudiante, ligón, aficionado al póquer y al billar, con dotes para los negocios más o menos irregulares... Más tarde llegan la marcha a Pamplona para estudiar la carrera (estuvo siempre más cerca del aprobado raspado que del notable), su afición al atletismo, los comienzos profesionales, maquillados luego en los currículos, la llegada a Antena 3 (en 1982), el nacimiento de una estrella matinal que impone una manera nueva de hacer radio, la voladura calculada de una emisora incómoda para el poder –sobre todo por el propio Antonio–, el desembarco en Cope, los comienzos de una nueva etapa, que dura hasta que la muerte le ahorra el esfuerzo al poderoso. Lo más morboso son algunos datos de la vida íntima de AH, sus amores y matrimonios, y algún punto negro de su personalidad: así, era capaz de mentir para reforzar el personaje que proyectaba a través del micrófono.
 
Como de hecho confiesa al principio, la escritura de este libro ha tenido que ser para Luis Herrero un ejercicio de autoanálisis intenso, agotador. Mientras trataba de reconstruir la vida y la muerte de su mejor amigo, hacía lo propio con la suya, pues, como sabe quien haya disfrutado y sufrido una relación semejante, nada nos reafirma más en nuestras virtudes y defectos que las amistades intensas, constantes y prolongadas. Además, Luis, que admitía de buen grado el liderazgo de Antonio en la profesión, y acaso en la vida, hizo muchas cosas que probablemente no hubiera acometido de no mediar la presión, el ejemplo y el amparo de su amigo.
 
Novela de dos vidas, no sabemos cuántos folios se habrán quedado en el camino, seguro que muchos, porque había que entregarlo a la editorial para llegar a las librerías en el décimo aniversario de la desaparición de AH; pero seguro que también nos habría gustado leerlos. Un gran libro, en suma, este En vida de Antonio Herrero, escrito por su mejor amigo.
 
 
LUIS HERRERO: EN VIDA DE ANTONIO HERRERO. La Esfera (Madrid), 2008, 320 páginas.
 
Pinche aquí para acceder al especial DIEZ AÑOS SIN ANTONIO HERRERO.
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