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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

La bolchevización del PSOE

Hemos visto tres graves factores de perturbación de la República: las violencias y provocaciones anticatólicas de las izquierdas republicanas, las constantes revueltas anarquistas y la corrosión y agitaciones separatistas. Todos ellos introducían la violencia y el incumplimiento de la ley, pero por sí mismas, incluso conjuntadas, no parecían insuperables.

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Los republicanos de izquierda, aunque protagonistas del momento, eran en realidad grupos reducidos, mal organizados, minados por los personalismos y las querellas internas, y antes o después quedarían marginados; la CNT disponía teóricamente de gran fuerza de masas, pero su propia doctrina le impedía lanzarla de lleno contra el régimen, quedando sus insurrecciones reducidas siempre a algunos focos; y los separatistas, en definitiva, sólo tenían arraigo en algunas regiones. Cabía esperar que la situación terminara estabilizándose, aunque hubieran de transcurrir algunos años difíciles.
 
Por su propia dinámica, la política republicana tendía a girar en torno a dos grandes partidos, la CEDA en la derecha y el PSOE en la izquierda, y de estos dos partidos sí iba a depender el destino del régimen. Si uno de ellos, o ambos, tomaban actitudes antidemocráticas o antilegalistas, la República simplemente se vendría abajo. Esta realidad, que ahora nos parece obvia, apenas ha sido entrevista durante muchos años, y ha sido el historiador británico Richard Robinson quien, probablemente, ha planteado el problema con mayor claridad. Y también quien lo ha resuelto, básicamente, al describir las actitudes socialista y cedista.
 
No obstante, la obra de Robinson apenas es citada en la grotesca historiografía predominante en los últimos treinta años. Andrés de Blas y otros han tratado la cuestión con menos agudeza, y Santos Juliá en tono propagandístico. La deriva socialista puede considerarse el hecho decisivo y crucial de la República, y sin embargo bastantes autores apenas la tratan.
 
Gracias a su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, el PSOE y su sindicato, la UGT, llegaron a la República como la fuerza política más masiva y mejor organizada y disciplinada de la izquierda, incluso de todo el régimen. Durante la Restauración el PSOE había acreditado su talante perturbador y contrario a las libertades, culminado en la huelga revolucionaria de 1917, pero con la dictadura su radicalismo se desvaneció, comportándose como un partido socialdemócrata. Por esta razón cabía esperar que esa tendencia se acentuaría en un régimen republicano escorado a la izquierda, en cuyo gobierno participó desde el comienzo.
 
Sorprendentemente, ocurrió lo contrario, aunque no de inmediato. Los socialistas dudaban entre aprovechar la ocasión para tratar de implantar su programa máximo, es decir, su dictadura, so pretexto de emancipar a la clase obrera y al pueblo de la explotación burguesa; o bien colaborar al principio con los burgueses de izquierda e ir creando las condiciones apropiadas para pasar en una etapa posterior a la revolución socialista.
 
Ya hemos visto cómo un dilema similar se planteó en la CNT, donde triunfó, casi desde el primer momento, la línea revolucionaria. El PSOE, en cambio, optó de momento por una vía moderada y colaboracionista... hasta cierto punto, pues enseguida empleó contra la derecha un lenguaje brutalmente ofensivo y provocador, amenazando con la guerra civil. Así lo hizo, por ejemplo, Largo Caballero cuando, al aprobarse la Constitución, se habló de convocar nuevas elecciones generales de acuerdo con la nueva ley: no se celebraron, desde luego, tales comicios.
 
Aun así, la política socialista en el primer bienio cabe calificarla de reformista. Se orientó al planeamiento de obras públicas y a la elevación de los salarios, especialmente en el campo, y al ataque a los abusos patronales. Bennassar cree que las medidas del PSOE "mejoraron sensiblemente las condiciones de los trabajadores", pero ello es discutible, a la vista del rápido aumento del hambre, que pronto duplicó muy sobradamente las cifras de la dictadura y retrotrajeron el país al hambre de principios de siglo.
 
Los salarios en las zonas de latifundio, aproximadamente la mitad sur de la península, eran insoportablemente bajos, como resultado de la baja productividad de unos suelos pobres y con poca agua y de una sobreabundancia de mano de obra. Y también de los abusos de los propietarios. Pero la mentalidad mesiánica de las izquierdas reducía la cuestión a la maldad y avidez explotadora de los terratenientes. Las subidas salariales resultaron excesivas, sobre todo para los campesinos medios que no podían pagarlas.
 
Peor ocurrió con la Ley de Términos Municipales, orgullo del PSOE, que impedía contratar a jornaleros de otros términos mientras no estuvieran empleados todos los de cada uno, a fin de impedir la rebaja de los salarios. Medida de carácter feudal, como observó Madariaga, que extendió el hambre y el desempleo al impedir a los jornaleros de los municipios con menos trabajo acudir a otros donde éste abundaba.
 
Pero incluso este limitado colaboracionismo iba a desaparecer pronto, imponiéndose la orientación bolchevique, muy influida por la experiencia staliniana. Ya en octubre de 1932, en el XIII Congreso del partido, cobró fuerza esta postura:
 
"La colaboración socialista va rápidamente a su terminación. Se aproxima y se desea, sin plazo fijo pero sin otros aplazamientos que los que exija la vida del régimen, el momento de terminar la colaboración ministerial. El Partido Socialista se consagrará a una acción netamente anticapitalista y encaminará sus esfuerzos a la conquista plena del Poder para realizar el socialismo".
 
Por el momento esta postura no se impuso, pero demostró tener ya mucho peso en el PSOE.
 
La posición rupturista y cada vez más definidamente bolchevique de imponer la dictadura del proletariado (es decir del PSOE) se abrió paso, sin embargo, con rapidez. Sin duda influyó en ella la competencia revolucionaria de la CNT, que denunciaba sin tregua la colaboración socialista con los explotadores, y los efectos catastróficos de la crisis ocasionada por los sucesos de Casas Viejas, en enero de 1933.
 
Y así, en el verano de ese año, mientras el PSOE estaba todavía en el Gobierno, la línea leninista cobró impulso decisivo, bajo la orientación de Largo Caballero, anunciando "la violencia máxima para desplazar al capitalismo". Sólo se oponía Besteiro, horrorizado por una "locura dictatorial" y un "envenenamiento de los trabajadores" que sólo podría traer a España "la República más sanguinaria que se ha conocido en la historia contemporánea". Prieto, uno de los demagogos más irresponsables de la época, apoyó a Largo, aisló a Besteiro y proclamó en octubre, en las Cortes, la ruptura definitiva con las izquierdas burguesas.
 
Importa señalar este proceso porque muchos historiadores atribuyen la radicalización del PSOE, implícita o explícitamente, a la pérdida del poder por el partido, en el otoño de 1933, y a la reacción ante una amenaza fascista posiblemente irreal –conceden– pero temida sinceramente por los líderes socialistas. En realidad, la radicalización del PSOE estaba muy claramente implícita ya en 1931, cuando El Socialista proclamaba, en julio: "Por ineficaz, no por otro motivo, renunciamos a la pretensión de imponer nuestra política violentamente y sin dilaciones".
 
En 1933 llegaba el momento en que las dilaciones dejaban de ser eficaces o necesarias. He expuesto este proceso en Los orígenes de la guerra civil: desde el principio de la República amplios sectores del PSOE habían visto la colaboración con el régimen como una etapa transitoria, de explotación de las libertades para crear condiciones adecuadas al golpe final a la "democracia burguesa". Y en 1933, ya antes de dejar el Gobierno, el núcleo decisivo del partido pensaba que dichas condiciones maduraban aceleradamente.
 
No es cuestión de examinar aquí hasta qué punto acertaban o erraban en tal análisis, pero ya examiné en el libro citado cómo la idea distaba mucho de ser disparatada, contra lo que se ha dicho a menudo: la república burguesa parecía abocada al caos, lista para su transformación violenta en dictadura proletaria.
 
Antony Beevor admite: "El acontecimiento más peligroso que ocurrió entonces fue la bolchevización del PSOE, dirigida por Largo Caballero. El 3 de enero de 1934 (…)". La bolchevización ya se había producido mucho antes de aquel 3 de enero, estando ya Besteiro y los suyos completamente marginados.
 
Del peculiar modo de historiar de Beevor puede dar idea este comentario suyo: "Se constituyó un comité revolucionario dispuesto a que la insurrección contra el Gobierno tuviese todos los caracteres de una guerra civil, y cuyo éxito dependiera de la extensión que alcance y la violencia con que se produzca". Hombre, pensé, está citándome literalmente, pues he sido yo quien ha destacado esas frases, colocándolas en su contexto preciso. De modo que miro las notas y encuentro que no sólo no me menciona, ni tampoco el origen primario de dichas frases socialistas sobre la guerra civil y su necesaria violencia: sustituye la referencia por otro comentario suyo: "Los socialistas, y no sólo ellos, veían en lo que había pasado en Austria una premonición de lo que iba a ocurrir en España". Un prodigio de agudeza crítica.
 
Beevor toma por motivo real lo que, como he demostrado, no pasaba de ser un pretexto inventado por la dirección del PSOE para encubrir sus propósitos revolucionarios. Y aumenta su falsificación con otra que trataré en un próximo artículo. No me extraña que a los "historiadores" de El país les parezca tan bien Beevor y que hayan promocionado de tal modo su libro.
 
 
Pinche aquí para leer las entregas anteriores de UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL.
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