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COME ON, BABY!

La extranjera

Mujer busca identidad en tierra extraña. Tras este tema fatalmente trivializado por buena parte de la narrativa actual se esconde un fascinante relato alejado de los tópicos y fórmulas al uso. Una sugestiva historia de éxodo, desazón y oportunidad, búsqueda, estigma y desarraigo, a caballo entre Barcelona y Nueva York, la España de los estertores del franquismo y el inicio de los 80.

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Al día siguiente del asesinato de John Lennon, Adela García Berenguer, una colomesa recién salida de una adolescencia marcada por el extrañamiento (ecos de La revolución sexual de Wilhem Reich y de la militancia revolucionaria de su hermana) y un abigarrado y vergonzante pasado familiar de origen desconocido, aterriza en Nueva York con la intención de encontrar "un refugio, poder ser y no ser mi madre y la madre de mi madre y la madre de la madre de mi madre... Ser y no ser la descendiente de un silencio de siglos, una nota a pide página".

Sin respuestas y sin lugar, a ratos impulsada por el optimismo de las canciones de un famoso cantante catalán y transida de una nostalgia llena de adversativas implacables, Adela es encontrada por una serie de personajes sin rumbo cuyas voces se entrecruzan con la de la protagonista en un juego de construcción de identidades recreadas a partir de carencias y anhelos insatisfechos.

Así, Adela se convierte en la Pasionaria de Bruce, un militante izquierdista que ve a su amante a través de unas deficientes anteojeras ideológicas y la transforma en un personaje heroico dentro de su acongojada narrativa progresista. Melanie, descendiente de inmigrantes caribeños llegados al Barrio neoyorquino en los años de la Gran Depresión, también moldea a la recién llegada remendando los jirones de un pasado hecho de sudor, salsa y los dolores producidos por el cambio de piel que conlleva la consecución del sueño americano.

Sin embargo, es June, quien proyecta sobre Adela los rumores que reverberan por su nido semivacío, convirtiendo su convivencia en una divertida manifestación de kismet, la que en cierta manera proporciona sentido a las experiencias iniciáticas de su amiga en una pintoresca librería de Brooklyn. Sin embargo, la trayectoria de la colomesa en la Gran Manzana se trunca por una nueva ensoñación, la de la nación catalana, en la que Adela se ve envuelta a través de un reencuentro casual con un compañero de instituto, Vicente –o Vicens, como él prefiere llamarse–, en el Barrio Chino. La vuelta a Barcelona la sume en un sueño inducido por la anestesia nacionalista que desemboca en la asfixiante pesadilla del rey Ubú. La Cataluña pujolista no es más que un falso regreso a un hogar que no es el suyo. 

La identidad también se hace a partir de las miradas ajenas. Sin embargo, ¿hacia dónde debe mirar uno mismo? De forma paralela al desarrollo de la sinfonía de voces ajenas y engañosamente salvíficas que se produce a su alrededor, Adela descubre, a partir de un misterioso documento episcopal descifrado gracias a un libro colocado en la estantería dedicada a Sefarad de un negocio frecuentado por personajes de largos tirabuzones y sombreros parecidos a chisteras de mago, el origen de sus antepasados. Es la desembocadura de un río que Adela comienza a recorrer en un camino de retorno a su casa, la verdadera, un hogar cuyas llaves no han sido entregadas por nadie, sino forjadas por su ocupante. De nuevo, son las voces exteriores, las interpelaciones, que desencadenan la catarsis y dan oportunidad a la reafirmación: no todos los caminos conducen a Roma; por lo visto, algunos llevan a Jerusalén.

Como decía al principio, en esta novela, su segunda hasta la fecha, Leah Bonnín nos embarca en una pequeña odisea realmente interesante cuyos personajes, como indica José Jiménez Lozano en el prólogo, "siguen estando ahí y hablando, como nos sucede con los personajes de las historias que nos conciernen". Efectivamente, la sabia concatenación de voces y las exquisitas suspensiones de juicio provocan en el lector una curiosidad casi insaciable, un genuino deseo de ser parte de esta búsqueda, emprender la suya o acaso comenzar a ocuparse de esos "asuntos pendientes" que suponemos Adela habrá resuelto ahora que ronda la cincuentena. Es en este sentido que la advertencia del prologuista ("lo seguro es que de Adela no se librará fácilmente") me parece perfectamente atinada.

Además de todo esto, esta historia, un homenaje galdosiano a Nueva York, a Reinaldo Arenas (su espíritu revolotea por algunos pasajes de forma turbadora), a la música y a la cocina, huye de todos los lugares comunes propios de la llamada narrativa femenina, que tan de moda se ha puesto en los últimos años. Por ejemplo, los botarates con los que Adela parece condenada a toparse no reciben el típico tratamiento enmarcado en la falsa guerra de sexos, sino que aparecen plenos de humanidad. Después de todo, a menudo son nuestras propias carencias y nuestra falta de decisión lo que nos conduce a esas situaciones en las que terminamos siendo víctimas de nosotros mismos. Asimismo, el sexo aparece directo y carente de los artificios entre lo cursi y lo pornográfico tan caros a los editores de best sellers.

Si a todo lo anterior le añadimos una extensión que se hace corta, la maestría a la hora de sorprender (imposible predecir muchas de las situaciones, a pesar del conocimiento previo del argumento del libro) y la naturalidad de un lenguaje aparentemente sencillo aunque probablemente cincelado por numerosas reescrituras, esta novela, que otros han calificado como positivamente insólita, resulta muy recomendable.

La honradez y la valentía de la autora a la hora de afrontar la peripecia de Adela desde un estilo personal y sin concesiones a modas pasajeras confieren a esta novela una autenticidad que deslumbra precisamente por su sutileza y falta de afectación. Una aventura literaria de la que Bonnín sale indemne, confirmada como una escritora de excepción y poseedora de un rico universo literario, cuya exploración a buen seguro nos deportará muchas horas de placer en el futuro. 


LEAH BONNÍN: COME ON, BABY! Certeza (Zaragoza), 2008, 299 páginas.
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