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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

La importancia actual del pasado

Nuestro pasado nos interesa, pues, como cita de Cicerón el historiador Martín Rubio en su libro Los mitos de la represión, “si ignoras lo que ocurrió antes de que tú nacieras, siempre serás un niño”. Y nos interesan en especial los momentos cruciales, uno de lo cuales fue sin duda la Guerra Civil, cuyas consecuencias todavía llegan con fuerza.

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Aquella guerra constituyó por una parte el desenlace de las tensiones acumuladas en el país desde finales del siglo XIX, y por otra el comienzo de una época muy diferente de la anterior, tanto por la larga dictadura de Franco como por nuestra democracia actual, tan ajena a la perturbada república de los años 30.
 
El interés no excluye la serenidad. En 2006 conmemoramos dos aniversarios redondos: el 75º del nacimiento de la II República y el 70º del reinicio de la Guerra Civil. A esta distancia temporal, ambos sucesos debieran ser objeto de estudios desapasionados, pero constatamos con bastante asombro lo contrario. So pretexto de que la Transición democrática se basó en el olvido del pasado, y de que es hora de recuperar la memoria, se nos está sirviendo como veraces las mayores distorsiones de la propaganda de entonces. De una de las propagandas, quiero decir.
 
Pero no es cierto que la Transición impusiera el olvido: sólo impuso el acuerdo de dejar "que los muertos entierren a los muertos", el acuerdo de no utilizar el pasado como arma política en el presente. En realidad, resultan incontables los libros, artículos, películas, documentales, etcétera, sobre la guerra, la República y el franquismo salidos desde la muerte de Franco.
 
La falsedad en torno al supuesto olvido quiere justificar y abrir el camino a la actual avalancha de versiones, también demostrablemente falsas, sobre aquel pasado. Con la aspiración, nada menos, de consagrarlas como la historia "definitiva", "profesional", y la amenaza de estigmatizar cualquier disidencia como "reaccionaria" o "fascista". Es decir, presenciamos una vuelta a la historia tratada como propaganda. Este fenómeno tiene a su vez su propia historia, asociada a la llamada "segunda Transición", como llaman al abandono del compromiso de moderación y a la liquidación de la Constitución democrática del 78. Atender a esta pequeña historia nos ayuda a comprender en qué alto grado, y en ocasiones con cuánto peligro, el pasado llega a pesar sobre el presente, haciendo que, como en la tragedia de Esquilo, "los muertos maten a los vivos".
 
Alfonso Guerra. Imagen tomada de www.radioalma.be.Hace algún tiempo el político Alfonso Guerra declaró llegada la hora de hacer "el proceso político al franquismo", al no haber podido hacerse durante la Transición. He replicado que no veía cómo podía hacer tal proceso su partido, que en definitiva había planeado la guerra civil, según consta en sus propios documentos, que luego no había hecho oposición digna de reseña a la dictadura, que se había reorganizado al final del franquismo con permiso de la Guardia Civil, y con ayudas no muy claras, y que durante su estancia en el poder había organizado una corrupción masiva e intentos de desarticular la democracia "enterrando a Montesquieu", en frase del propio Guerra. ¿No resultaba arriesgado para el PSOE emprender tal proceso? Dejémonos, pues, de procesos políticos y tratemos, modestamente, de acercarnos a la verdad histórica, tarea bastante más ardua en medio de la floración selvática de versiones exaltadas.
 
Sospecho que la actitud del PSOE se basa en la experiencia de las Vascongadas y Cataluña. Allí nunca se cumplió en absoluto el acuerdo sobre la utilización política del pasado, y, por el contrario, la recuperación de los estribillos de la guerra ha jugado un papel decisivo en el arrinconamiento de la derecha nacional, así como en la radicalización de amplias masas de la población y la vulneración sistemática de la ley. Todo ello flanqueado, en el caso vasco, por el terrorismo, también muy influyente en el catalán de modo indirecto. Y ahora asistimos a un proceso muy parecido en el conjunto de España.
 
Es obvio que determinados poderes consideran la recuperación de las viejas pasiones un instrumento útil para su política actual, mientras la derecha se ha inhibido, permitiendo a la marea avanzar más y más. Como ha observado Stanley Payne, tras la victoria electoral del PP hace unos años los dirigentes socialistas vieron ahí una táctica eficaz para acosar a la derecha, y desde entonces la utilizan sin tregua. Así, el pasado –la distorsión del pasado– condiciona de manera enfermiza el presente.
 
La tesis básica manejada en estas versiones afirma, en esquema, que la guerra se libró entre el fascismo y la democracia, habiendo cometido el primero todas las atrocidades que su nombre evoca. Y el PP sería el heredero político de aquellos fascistas o franquistas, como se encargan de reiterarlo a menudo diversos formadores de opinión en los medios de masas. De este modo la derecha estaría bajo permanente sospecha y necesitada de justificar su carácter democrático… sometiéndose a las exigencias de los presuntos herederos de la democracia presuntamente asesinada en los años 30. El argumento servía al PSOE, de paso, para alejar la atención de su pasado reciente, de la marea de corrupción con que habían culminado sus "cien años de honradez".
 
La táctica ha resultado tanto más fructífera para los intereses inmediatos de la izquierda cuanto que la derecha, un tanto asustada, prefirió dejarle el campo libre, llamando a "hablar del futuro, y no del pasado". Tal actitud admitía implícitamente, ante el ciudadano neutro y poco informado, las acusaciones sobre su pasado inconfesable. Y puesto que prefería ocultar ese pasado (el "asesinato de la democracia", recuérdese), ¿qué garantías podía ofrecer para el futuro? ¿No volvería a las andadas en cualquier momento? El desairado repliegue de la derecha dio a las izquierdas y a los separatismos la máxima ventaja. Quedaron olvidados la corrupción y otros asuntos feos, y mucha gente, aun recordándolos, prefería al PSOE, no sin lógica, antes que a un partido manchado por la destrucción de una república idealizada sin tasa, y por su renuencia a reconocerlo.
 
He podido comprobar recientemente a qué punto llega en la derecha esta sumisión ideológica a la izquierda y la renuncia consiguiente a restablecer la verdad. El año pasado el director de La razón, Alejandro Vara, me pidió que escribiera en su periódico un artículo semanal, los miércoles. Al poco tiempo los artículos salían irregularmente y en días distintos. Preferían, me dijeron, que no comentase la actualidad y me ciñese a temas históricos. Acepté, pero seguimos en las mismas. Pude comprobar que el encargado de opinión, señor Álvarez Gundín, me los boicoteaba inquisitorialmente y reducía el pago de ellos. Por mantener un acceso a los lectores, propuse hace poco al director, a través de Álex Rosal, un trabajo semanal de crítica de los libros que están saliendo en gran número con motivo de estos aniversarios. El director, me comunicó el señor Rosal, acogió la idea con el máximo interés, habló de hacer una fuerte promoción publicitaria, etcétera, y por eso lo anuncié en un artículo reciente en LD. Pero nuevamente impuso Álvarez su criterio: "No había que caer en el juego", me explicó.
 
Para mí no se trata de defender a la derecha, no pertenezco a ella, sino de clarificar los hechos, al margen de cualesquiera ventajas partidistas; pero eso lo interpretaba ese señor como caer en no sé qué juego. Al parecer ese periódico sufre otras presiones, provenientes de Barcelona, donde la libertad de expresión está tan limitada. De este modo decenas o cientos de miles de personas se ven privadas de acceder a otra versión que las que pretende oficializar la izquierda. Naturalmente, no pienso colaborar más en ese periódico. He aquí una manifestación más del "invierno mediático", propiciado por el mismo PP y anunciado por Jiménez Losantos a raíz del 14-M.
 
Afortunadamente, nos queda Libertad Digital. Expondré aquí la idea con más precisión: el alud de publicaciones sobre la República y la guerra, con sus contradicciones, reiteraciones, etcétera, va a provocar seguramente el hartazgo y la desorientación en la mayoría de la gente, falta de tiempo para profundizar. Por consiguiente, urge una labor crítica que permita al lector corriente distinguir unas tesis de otras y entender con alguna claridad por qué son falsas o acertadas. No se trata de repetir lo que ya he expuesto abundantemente en varios libros, sino de analizar críticamente esas obras ajenas. Lo haré abordando diversos episodios clave, desde el nacimiento de la República hasta el final de la guerra, y examinando la manera como los enfocan unos y otros autores.
 
Obviamente, será imposible tratar todos los libros, de modo que seleccionaré los más representativos, ya por el número de sus lectores, ya por su prestigio académico. Confío en que estos trabajos críticos ayudarán a muchas personas a desenvolverse en la maraña de publicaciones en curso, y quizá promuevan el necesario debate intelectual en que vengo insistiendo desde hace años.
 
Creo que la búsqueda de la verdad es siempre muy trabajosa, pero permite clarificar el ambiente y ejerce un efecto liberador, mientras que el descanso en la mentira demostrada sólo puede enconar los ánimos y esterilizar la vida social, como, por lo demás, estamos viendo constantemente. Entender en lo posible las tramas de la historia debe ayudar a liberarnos de quimeras y a hacer la convivencia en España más libre y fructífera.
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