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'LA VIDA INMORTAL DE HENRIETTA LACKS'

Por un puñado de genes

Ningún miembro de la familia de Henrietta Lacks hubiera podido imaginar que aquella niña de raza negra débil y huidiza, nacida el 1 de agosto de 1920 en uno de los pueblos más deprimidos de la sureña Virginia, pudiera convertirse en una de las figuras más famosas de la ciencia del siglo XXI. Pero el destino tiene estas cosas.

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Hoy, el nombre de Henrietta está presente en algunas de las investigaciones más punteras del planeta; investigaciones que tratan de encontrar solución a males como el cáncer, las enfermedades neurodegenerativas, la esclerosis lateral amiotrófica y otras patologías raras y sin cura conocida.

Al contrario de lo que ocurre con otras historias, ésta no comenzó con el nacimiento de su protagonista, sino con su muerte. Henrietta había llevado una vida demasiado común en su entorno (familia de raza negra en el Sur de Estados Unidos en plena era de la segregación); es decir, su vida había sido miserable, dura y corta. Con sólo 31 años, la joven desarrolló un cáncer de cérvix que, cuando se le detectó, ya estaba a punto de matarla. De hecho sólo sobrevivió ocho meses. Murió un 1 de febrero, dejando cinco huérfanos. Fin de la historia para Henrietta y comienzo de la historia de sus células. Porque al poco un joven investigador obtuvo permiso de su viudo para extraer algunos tejidos de su cadáver: quería investigarlos.

El libro que hoy reseñamos es el único trabajo de investigación periodística largo, serio y riguroso sobre el destino de aquellos restos de Henrietta, que dieron (y siguen dando hoy) la vuelta al mundo. Una obra a medio camino entre el reportaje y el ensayo de divulgación, entre la ciencia y la crónica de sucesos que se ha convertido en bestseller en Estados Unidos y ha lanzado a la fama a su autora (nueva en estas lides de la edición).

Y es que el material biológico que George Gey robó a Henrietta resultó ser de vital importancia para el estudio de enfermedades celulares como el cáncer.

Las células de la mujer de Virginia no mueren jamás. Se reproducen indefinidamente, colonizan los tejidos y se desarrollan a gran velocidad, al modo como lo hacen otros tumores. Hoy sabemos que eso es algo común en los cánceres humanos, pero en 1951 la cualidad inmortal de los tejidos tumorales no era más que una hipótesis. Gey obtuvo la primera línea celular inmortal a partir del organismo de Henrietta. A esa línea le puso el nombre misterioso de HeLa. Nadie supo entonces a qué se debía aquella nomenclatura, pero las células HeLa se convirtieron en el tesoro médico más codiciado del momento.

Su autor, lejos de mantener para sí la patente de su descubrimiento, se dedicó a recorrer el mundo entero repartiendo cepas de células HeLa a todo investigador que se lo pidiera. Gracias a los ensayos con células HeLa, Jonas Salk descubrió su vacuna contra la polio y cientos de oncólogos han podido avanzar en el conocimiento de varias manifestaciones de la patología tumoral.

HeLa es sinónimo de investigación biomédica.

No fue hasta 1971 que un reportaje de investigación periodística desveló el auténtico origen de la palabra HeLa y divulgó la foto de la mujer que había dado nombre a las células de marras: Henrietta Lacks. Desde entonces la familia Lacks no ha dejado de luchar para que se reconozca el nombre de su abuela en los anales de la investigación clínica y, por qué no decirlo, para tratar de obtener algunos beneficios derivados del material genético que en su momento donaron sin saberlo.

Rebecca Skloot navega por todas las aristas posibles de esta historia con maestría impropia de una primeriza. Desentraña la importancia científica de las células HeLa, pero sobre todo relata la peripecia humana (no siempre tan romántica como sugieren la fama y el éxito académico) de una familia que comparte con esas células algo más que un puñado de genes.

 

REBECCA SKLOOT: LA VIDA INMORTAL DE HENRIETTA LACKS. Temas de Hoy (Madrid), 2011, 448 páginas. Traducción: María Jesús Asensio Tudela.

http://twitter.com/joralcalde

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