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LA EXTRAÑA PAREJA

Sinclair Lewis y Dorothy Thompson

Lo tengo dicho y lo repito. Minnesota probablemente tenga en su historia la lista más larga de políticos aburridos, tristes, o, como diría irónicamente H. L. Mencken, boobs con pretensiones progresistas.

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Van unos cuantos nombres: Andrew Volstead (responsable de la infame ley sobre la Prohibición), Gus Hall (el siniestro dirigente stalinista), los mediocres Hubert Humphrey (aunque nativo de South Dakota, está considerado un político de Minnesota), Walter Mondale, Eugene McCarthy, Arne Carlson, Dave Durenberger, Paul Wellstone, Mark Dayton, Amy Klobuchar; incluso el melifluo con pretensiones Tim Pawlenty (el primero en avalar la desastrosa candidatura del casi senil John McCain en 2008) y los payasos Jesse Ventura y Al Franken (éste, cuando era cómico profesional, podía tener alguna chispa, pero como político es aburridísimo). Naturalmente, la excepción: la congresista Michelle Bachmann, confirma la regla.

Entre los artistas es otra cosa: Judy Garland, Jane Russell, Jessica Lange –las tres jotas–, Bob Dylan, Prince...; pero incluso en el gremio de los escritores predominan tipos plomazos como Jon Hassler y Garrison Keillor, aunque tengamos asimismo las grandes excepciones de F. Scott Fitzgerald y Sinclair Red Lewis; por cierto, este último es autor de una de las novelas –del subgénero de la distopía (utopía negativa)– más interesantes y singulares del siglo XX: It Can't Happen Here (1935).

Aunque existían los precedentes de Ignatius Donnelly (Caesar's Column, 1889) y Jack London (The Iron Heel, 1907), la obra de Sinclair Lewis marca una pauta en la novelística del pasado siglo sobre la génesis del totalitarismo, anticipándose a las famosas parábolas Animal Farm (1945) y Nineteen Eighty-Four (1949) de George Orwell. Ciertamente, existía ya el modelo en clave de ciencia ficción de Aldoux Huxley (Brave New World, 1932), pero igual que en las fantasías tenebrosas de Orwell, el totalitarismo era más bien una metáfora, una racionalización llevada al siniestro absurdo, a partir de las experiencias históricas europeas del comunismo y el fascismo, en sociedades imaginarias. La originalidad en el caso de Lewis –quizás con el único precedente, poco conocido, de A Cool Million, de Nathanael West (1934)– es que presenta el totalitarismo como una posibilidad inherente a la propia democracia americana.

Philip Roth.Pero si en el caso de West el referente es, obviamente, el nazismo o un fascismo radical –por tanto, su obra fue una contribución propagandística al frentepopulismo del momento (como posteriormente serán sesgadamente izquierdistas la novela de Robert Penn Warren All the King's Men, de 1946, y The Plot Against America, de Philip Roth, de 2004), Lewis lo que pretende es lanzar una advertencia contra una suerte de sincretismo totalitario... antes de que se produjera el infame pacto entre Hitler y Stalin (1939).

Todos los biógrafos y críticos coinciden en que quien aportaba inspiración y asesoramiento políticos al novelista era su segunda esposa, la entonces célebre periodista –American Cassandra– Dorothy Thompson. Casados en 1928, formaban una extraña pareja. Aunque el matrimonio no se deshizo hasta 1942, vivieron la mayor parte de ese tiempo separados (ambos tuvieron diversos amantes; ella incluso tuvo experiencias lésbicas); su turbulenta relación estuvo envenenada por el alcoholismo y la incurable pulsión autodestructiva de Lewis.

Sobre Dorothy Thompson está casi todo dicho en la excelente y definitiva biografía de Peter Kurth; aquí sólo quiero subrayar la importancia de sus libros recopilatorios de artículos, en los que denunciará el totalitarismo y volcará agudos análisis: The New Russia (1928), I Saw Hitler (1932), Dorothy Thompson's Political Guide. A Study of American Liberalism and Its Relationship to Modern Totalitarian States(1938), etc. La Thompson demuestra en ellos una gran capacidad de percepción del siniestro fenómeno político que se avecinaba. Percibió las similitudes entre el comunismo y el nazismo, así como las diferencias significativas entre éste y el fascismo italiano, e incluso algo tan peculiar y semioculto como el componente agresivo gay (Butch) en el partido de Hitler (hasta 1934). La lengua viperina de H. L. Mencken diría exageradamente que en un principio se decía: "Dorothy, la esposa de Sinclair Lewis", y que al final las alusiones a la pareja acabaron siendo de esta guisa: "Sinclair, el esposo de Dorothy Thompson...", lo que habría contribuido a agravar el complejo de inferioridad de Lewis, así como a su desastroso final.

Aunque el implacable crítico sostenía que la gran producción literaria de Lewis estaba cerrada ya en 1930, año en que recibió el Nobel de Literatura –atrás quedaban títulos como Main Street (1920), Babbitt (1922), Arrowsmith (1925), Elmer Gantry (1927) y Dodsworth (1929)–, lo cierto es que It Can’t Happen Here es una gran novela, en la que la sátira político-social se combina con relámpagos de lo que hoy llamaríamos realismo mágico; el resultado es estéticamente original y, a mi juicio, intelectualmente brillante: ahí están, como ejemplo, las referencias irónicas al New Deal y al socialista Norman Thomas como "socialfascistas". Las izquierdas progres nunca comprendieron esas sutilezas irónicas de este gran escritor, que se estaba convirtiendo en un precursor del neoconservadurismo.

La experiencia histórica del totalitarismo hizo de Lewis un neocon, absolutamente contrario a cualquier expresión de anti-semitismo y anti-sionismo. Esto último le distinguiría políticamente de su ex esposa; y es que Dorothy Thompson, que nunca había tolerado el anti-semitismo (de hecho, estuvo casada con dos judíos), acabaría experimentando una extraña mutación cuasi-mística que la llevaría a enfrentarse a los sionistas y a defender incondicionalmente la causa de los palestinos. En cambio, el sagaz Lewis pudo prever la deriva de un movimiento dominado culturalmente por "the Totalitarian Islamic belief system", por citar a la brava Ayaan Hirsi Ali (Nomad. A Personal Journey Through the Clash of Civilizations, Free Press, New York, 2010, p.106).

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