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'EL CHICO DE LAS PALOMAS'

Volver a casa

No me gustan las palomas. Son una plaga, transmiten enfermedades, destrozan los monumentos, son voraces, sucias y su zureo me crispa los nervios. "Las ratas del aire", eso es lo que pienso cuando veo una paloma.

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O, al menos, eso es lo que pensaba hasta que leí este libro.

Es imposible exagerar la importancia de las palomas mensajeras (...) En numerosas ocasiones, una paloma ha salvado a todo un batallón de soldados o a un convoy perdido, y en ocasiones ha sacrificado su propia vida por un hombre. Los fenicios llevaban a las palomas con ellos en sus barcos. El sultán Nur-al-Din conectó todo el imperio musulmán a través de una red de palomares. Las palomas mensajeras llevaron las noticias de la derrota de Napoleón en Waterloo a Nathan Rotschild tres días antes de que llegara a las capitales europeas y a sus dirigentes, y hay quien afirma que –continuó el veterinario, de repente, entre susurros– debe el comienzo de su fortuna a ellas.

Sí, sin duda, como explica uno de los personajes de la novela, el doctor Laufer, las palomas han sido muy importantes en la Historia, han decidido batallas y servido de medio de comunicación. Pero su labor es cosa del pasado, ya nadie cría palomas más que por afición. Es la era de los móviles, de Whatsapp, de las videoconferencias, por favor. Y es bueno que así sea: son medios más rápidos, más eficientes, más cómodos. Ya casi nadie envía cartas manuscritas, para qué hablar de columbogramas, los mensajes que llevan las palomas mensajeras, pero tal vez sea una pena. Como se dice aquí, en cuanto una paloma entrega una carta de amor, ni el que la envía ni el que la recibe consienten jamás otro medio de entrega.

La historia que Meir Shalev relata en este libro muestra cómo una paloma influyó en las vidas de varias personas; y no transcurre en el remoto pasado del que habla el doctor Laufer, sino que comienza en 1948, en plena Guerra de la Independencia israelí, y concluye en nuestros días. No es la previsible novela sobre una pareja de enamorados que se intercambia mensajes por medio de una paloma y se separa por un motivo más o menos idiota para al cabo de los años volverse a encontrar; es mucho más que una historia de amores perdidos propia de una novela rosa o un telefilme de sobremesa.

Es la historia de Yair, un hombre de mediana edad atrapado en un matrimonio insatisfactorio, sometido a una esposa rica y que ha perdido la ilusión y la esperanza. Siempre se ha sentido inadecuado, que no encajaba, que en su vida faltaba algo que desconocía.

Es la historia de su madre, la esposa de un eminente pediatra, que amaba a sus dos hijos, tan diferentes en todo, y adoraba su casa de Tel Aviv. Una mujer bella, cariñosa y divertida, que tomaba sus decisiones tras confeccionar metódicas listas de pros y contras. Tras confeccionar una de ellas, un buen día abandonó casa, marido e hijos para irse a vivir sola a un apartamento, con su música, sus recuerdos y sus secretos.

Es la historia del Bebé, un muchacho de aspecto insignificante, criado en un kibbutz y al parecer bueno para nada, hasta que descubre su talento con las palomas y así conoce la vida y el amor.

Pero, sobre todo, El chico de las palomas es una historia de amor, de todas las clases de amor: del amor por los padres, los hijos, los amigos. Amor carnal, pasión y sexo. Amor por la vida que vence a la muerte. Amor por la patria, por el hogar. Sí, el amor por una casa también es poderoso e importante: así, el amor que una paloma siente por su palomar es el que la hace regresar a él; una paloma mensajera no tiene un gran sentido de la orientación, como muchos creen, sólo sabe hacer una cosa: volver a casa.

Por eso esta historia no podría transcurrir sino en Israel, la casa, el hogar al que un pueblo entero ha deseado volver durante siglos, como la paloma que ansía regresar a su palomar. Los protagonistas, en realidad, también son como palomas. Yair busca un hogar, siente que su vida está incompleta hasta que no tenga una casa que sienta suya, a la que salude y que lo acoja. Su madre siente lo mismo; por eso, en cierto modo, abandona a su familia. En cuanto al Bebé, tendrá su nido en un palomar al que no podrá volver.

No somos tan diferentes de las palomas mensajeras, parece decirnos Shalev. Buscamos un hogar al que volver, una pareja que nos espere en él, alimento, libertad, seguridad. Las palomas, como los humanos, también pueden ser difíciles, agresivas y hurañas. Pero, asegura nuestro autor, pueden entender la lealtad y la amistad.

Las palomas de nuestra historia sirven de mensajeras entre amantes separados, entre vivos y muertos, entre el pasado y el presente. Envían esperanza, amor y vida. Y, al final, siempre vuelven a casa.

Si, como la madre de Yair, tuviera que hacer una lista de pros y contras por los que leer este libro, la segunda sería muy breve: tiene numerosos fallos de edición y traducción, erratas e incorrecciones gramaticales muy molestas. Pero sigue estando bien escrito, nada de eso puede con su belleza, su mensaje de esperanza, su argumento que atrapa y conmueve.

Cerraría mi lista de argumentos a favor con este poema de Robert Louis Stevenson, que recita Yair:

Sea éste el verso que grabéis para mí:
"Aquí yace donde quería yacer;
ha vuelto el marinero, ha vuelto del mar,
y el cazador ha vuelto de la colina".

 

MEIR SHALEV: EL CHICO DE LAS PALOMAS. Ático de los Libros (Barcelona), 2011, 382 páginas. Traducción de María Dolores Ábalos, Zulema Couso y Raúl Martínez Hersch.

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