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Últimamente, lo único que se escucha en España es el sonido constante del retrete, como si alguien estuviese queriendo hacer desaparecer una verdad que prefiere que no conozca nadie.

Luis Herrero Goldáraz
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Posiblemente lo que mejor describa al ser humano como una especie superior sean las cañerías. Esa telaraña laberíntica escondida por todas partes, como la red capilar de las poblaciones, destinada a hacer desaparecer constantemente lo que sobra. Muchas veces hablamos del Homo sapiens como ese animal capaz de desarrollar herramientas que le permiten cosechar los frutos de la tierra esforzándose cada vez menos. A mí, sin embargo, lo que más me sorprende de nuestra especie es otra cosa: su tenacidad a la hora de negarle la existencia a lo que le desagrada. No sé a qué nuevo salvador de la raza le leí aquello de que era necesario recapacitar acerca de esa necesidad nuestra de hacer como si la digestión no existiera. Personalmente, no me disgusta que hayamos conseguido erradicar los cubos de residuos lanzados por las ventanas, la verdad, pero tengo que reconocer que hay algo en todo esto que me llama poderosamente la atención. Es la demostración palpable de hasta qué punto somos capaces de llegar por ocultar a la vista algo que, pese a nuestros esfuerzos, seguirá existiendo siempre, aunque nosotros ya lo hayamos olvidado.

Nos pasa con todo. Ya puede venir una pandemia a desdecir nuestras paridas que a la mínima que podamos seguiremos actuando como si no existiese. Tampoco sabremos nunca cuánto nos hemos expuesto, en realidad, pues los virus son como las aguas residuales que fluyen bajo nuestros pies: forman parte de ese mundo que es mejor que no veamos, ya que en el fondo no nos serviría de mucho vivir entre carroña. A veces fantaseo y me imagino a Fernando Simón contestando a la prensa como Michael Corleone: "No pregunten sobre mis negocios", y a otra cosa. A mí incluso me generaría más confianza. Siempre es mejor sentirse protegido por el silencio de un antihéroe sin escrúpulos dispuesto a mancharse las manos que engañado por un científico dubitativo. Al fin y al cabo, todos sabemos que esto del virus parece ir para largo, pero eso no significa que prefiramos ser complacidos con mentiras que de tan evidentes resultan ofensivas.

Por actitudes como esa, precisamente, la cosa ha terminado en este sinsentido. Se oyen rebrotes como si fueran campanas y comienzan a surgir nuevos datos descorazonadores sin siquiera tener claros los que dejó la oleada anterior. Las frases oficiales, pese a todo, recuerdan al día de la marmota. El ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra y de mentir otras tantas utilizando la misma excusa. Visto lo visto, la cosa no podría parecerse menos a ‘El Padrino’. Los Corleone, a fin de cuentas, anteponían la Familia a cualquier cosa y eran capaces de todo por protegerse unos a otros. La traición se castigaba con la muerte, es cierto, pero incluso entonces uno podía seguir recurriendo a ese siniestro código de valores para orientarse en tiempos de incertidumbre. El mundo del covid-19 es diferente. Los dirigentes transmiten la impresión opuesta. Bastante difícil es confiar en ningún líder obligado a abrir la senda en mitad de una tormenta como para encima tener que soportar a uno que parece más preocupado por salvarse a sí mismo que al resto de la tribu. Cuando la tormenta arrecia y el terreno se anega, la mierda siempre termina por salir. Lo maravilloso de las cañerías es que casi nunca reparamos en ellas aunque sepamos que existen. Últimamente, sin embargo, lo único que se escucha en España es el sonido constante del retrete, como si alguien estuviese queriendo hacer desaparecer una verdad que prefiere que no conozca nadie.

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