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Luis Herrero Goldáraz

El infierno era esto

Ojalá viniese alguien a salvarnos de la condena de nuestros políticos.

Luis Herrero Goldáraz
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Me encuentro a un amigo en un bar que, sin venir a cuento, me invita a una cerveza. "¿Y esto?", le digo, sorprendido. "Nada, hombre, que te veo mala cara. Cuéntame lo que te pasa". Como las peticiones que van al grano me suelen pillar con el pie cambiado, y como sostener cualquier bebida me insufla automáticamente el ánimo de revelar secretos que ni sabía que guardaba, le respondo: "Pues últimamente ando un tanto jodidillo, la verdad. Al parecer, vivimos en un país sin libertad y yo no me había dado cuenta". "¡Claro, hombre!", me suelta él rápidamente. "¿No has visto la campaña electoral? La cosa no se puede sostener. Pero al menos tú y yo tenemos suerte, eh. Al fin y al cabo, estamos en Madrid". Su reacción no me tranquiliza demasiado, por lo que le explico que lo que me tiene mustio realmente es el no ver tan claramente lo que a otros les parece una evidencia, no vaya a ser que alguien pueda tomarme por tonto. Y él, que de incomprensiones controla bastante, me resume su conclusión sin medias tintas: "A ti lo que te pasa es que tienes el síndrome Solzhenitsyn", dice. "Ya sabes, el tío ese del gulag que de tanto denunciar la dictadura rusa se quedó incapacitado para reconocer la española".

Mientras paseo por la calle me asalta nuevamente su reflexión. ¿Será verdad eso que dice? Yo no termino de verlo porque, las cosas como son, tampoco es que gaste mis días denunciando regímenes autoritarios, pero al final asumo que las cosas no tienen por qué entenderse siempre al pie de la letra y le doy una oportunidad a su veredicto. Mientras camino por una de las avenidas que conducen al centro, me entretengo leyendo en las farolas los carteles que los diferentes partidos han colgado para llamar al voto en las elecciones de dentro de unos días. Cuento hasta seis colores distintos, todos con grandes eslóganes que señalan grandes amenazas, y me vuelve otra vez el nerviosismo. ¿Viviremos en una de esas dictaduras que simulan elecciones?, pienso yo. ¿Estará la alternancia en el poder sometida a los intereses de algún tirano en la sombra al que nadie conoce realmente? Tampoco me da tiempo a reflexionar mucho más sobre el asunto porque, a la vuelta de una esquina, me topo sin previo aviso con mi exnovia y me da un vuelco el corazón.

Ya de camino a casa, con la cabeza un poco más tranquila, me cruzo con dos militantes de un partido que van gritando entre consignas que el fascismo está instalado en las instituciones. Yo me vuelvo a girar, por aquello de anticipar la llegada de los grises y salir corriendo hacia el lado opuesto, pero en la acera contraria sólo consigo vislumbrar a gente apurando sus bebidas debajo de las sombrillas de las terrazas. Como no tengo el cuerpo para tanto susto, pido un taxi y le doy mi dirección. En la radio, el resumen informativo recoge las grandes ideas de cada uno de los candidatos. La cosa está clara: "¿De qué quiere usted que le salvemos?", vienen a decir. "¿Del comunismo o de la extrema derecha? Escoja su propia aventura de resistencia democrática y denos mayoría absoluta para no tener que ponernos de acuerdo nunca". Llego a casa algo embotado y repaso los lomos de mi biblioteca. A lo mejor mi problema reside ahí, me planteo. Igual llevo viviendo una mentira todos estos años. Tal vez el infierno sea esto y los autoritarismo del siglo XX mera literatura. Si ese el caso, desde luego, tendré que prepararme entonces para cuando, en lugar de de los sobres, las balas salgan de las pistolas. Me siento en el sofá y resoplo un rato. Menudo panorama, digo al fin. Ojalá viniese alguien a salvarnos de la condena de nuestros políticos.

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