
En mi edificio habita un niño que, aprovechando los ratitos de ascensor que comparte con su madre antes de que lo encaminen al colegio, entabla con ella conversaciones filosóficas de lo más enjundiosas. Todo empieza siempre en las preguntas. Por ejemplo: "¿Qué había antes de que yo naciera?". A lo que la madre le responde: "Pues estábamos papá y mamá, esperándote". "¿Y antes de que vosotros nacierais?". "Pues estaban los abuelos". "¿Y quién esperó a los abuelos?". "Los tata...". La retahíla tiende al infinito y el niño, que lo sabe, no puede más que guiar a su madre a la verdad, acortando: "¿Qué había antes del mundo?". "Tu profesor, que llegas tarde".
Yo sueño con que este niño sea descubierto por la cadena SER. Imagino mundos en los que se presenta para reconducir esas tertulias que, a comienzos de semana, giraron en torno a Ábalos y a Aldama, pero que no han tocado a Pedro Sánchez, váyase a saber por qué. En mi mente, ocurren cosas como esta: "¿Cómo puede ser que hablemos del corrompido antes que del corruptor?", pregunta, pongamos, un analista avezado. "No lo sé", responde el niño, "¿quién corrompió al corruptor?".
Algo hay en ese esfuerzo desesperado por señalar las semillas de la corrupción, y no sus frutos, que resulta ligeramente sospechoso. Recuerda a las maneras con las que algunos se lanzan a la búsqueda de Dios —o del Diablo—: más como una forma de encontrar a alguien que cargue con el pecado que como un anhelo de verdad. Por eso pienso que lo mejor que puede ocurrir en ciertos intercambios entre sofistas es que aparezca un sofista mayor, un Sócrates con la toga desatada que lo acelere todo hacia el absurdo.
"¿Quién corrompe a quién: el corruptor, que quiere que el corrompido se corrompa; o el corrompido, que permite con su corrupción que el corruptor, en última instancia, exista?", imagino a mi niño locutor, preadolescente perdido. Es imposible escuchar una cosa así y no caer inmediatamente en la inutilidad de ciertas preguntas. Por la misma razón, se hace difícil confiar en quienes se afanan buscando un rastro que, sorteando a los políticos tentados, condene al empresario tentador, pero que luego callan cuando el resto de los rastros de España conducen hacia un tentador mayor. Tal vez, convendría que se hiciesen otras preguntas. Por ejemplo: ¿quién ha tentado a los diputados socialistas a votar en contra de la mayoría, que quiere que los españoles se pronuncien después de tanta corrupción? ¿Quién mantiene secuestrada a la Cámara, inoperativo el sistema, paralizado cualquier avance legislativo? ¿No es esa la imagen viva de una sociedad corrupta? ¿Quién la corrompió?
