
Debe ser cierto eso que dicen de que el cielo es un espejo. Si se mira durante el tiempo suficiente, no hay quien no termine observando su propio reflejo. Aunque sea un reflejo antiguo, claro. Una imagen que, por la cantidad de kilómetros que ha debido recorrer, lo que trae de vuelta es nuestra infancia. Este miércoles, mirando al cielo en mitad del eclipse, yo escuché una frase que venía de muy lejos. Escuché: "¿Pero cómo puede ser posible que un hombrecillo tan insignificante, en comparación con un hombre tan inmenso, tan luminoso, tenga la capacidad de eclipsarlo así, de esa forma tan completa, hasta opacarlo en su totalidad?". La duda debió soltármela algún chaval a principios de siglo, me suena que cuando Owen le ganó a Raúl el Balón de Oro, y aunque el chaval que la soltó no llegaba a los doce años y ya se expresaba como un juez de provincias jubilado, no sería sorprendente que volviese a ella una vez hubo aterrizado en el universo adulto, ese en el que existen lógicas aparentemente ilógicas, como la que explica en qué consiste el juego de medrar.
Por mi parte, yo no llegué a contestarle nunca, pero es que nunca había presenciado el fenómeno astronómico que he presenciado esta semana, así que poseía escasas herramientas con las que hacerlo. Hoy la historia sería diferente. Le respondería cosas como que todo depende de la distancia, se me ocurre. Y le hablaría así, bastante cerca, para que el mensaje le llegase pronto y no se perdiese en algún desvío. "De la distancia y del tamaño", añadiría, haciéndome grande. Sólo que el tamaño que de verdad importa no es el de la figura eclipsada, ni siquiera el de la figura que eclipsa, sino el de quienes percibimos el eclipse y nos sentimos invadidos por esta sensación de insignificancia tan repentina y absoluta.
La luna es un satélite ínfimo, le explicaría. Sobre todo si la comparamos con el sol. Y sin embargo está tan cerca de nosotros, tan alejada de él, que basta que se cruce unos instantes entre ambos para que se nos haga de noche de repente. Es una cosa apabullante. Ciertamente, si nosotros fuésemos más grandes o si estuviésemos más lejos de ella, no tendría esa capacidad. Pero lo que somos es bastante más que pequeñísimos. Así que cualquier accidente, nuestro dedo índice, si nos ponemos, es capaz de eclipsar la luz para nosotros a cualquier hora del año.
Más que un fenómeno abrumador —el fenómeno de la grandeza siendo opacada por la mediocridad—, terminaría, lo que resulta llamativa es la vulnerabilidad de quienes percibimos sus efectos y nos reconocemos todavía más mediocres. Ay. ¿Cómo de mediocres debemos ser los españoles para sentirnos eclipsados por la caterva que lleva años dirigiendo este país?
Probablemente, el chaval no me entendería, pero qué le vamos a hacer, así de lejos se encuentra de nosotros. En aquella época no conocíamos a Óscar Puente ni teníamos que presenciar a diario el espectáculo de nuestros actuales servidores públicos, tan diminutos que incluso sorprende que puedan opacar a los no mucho más grandes que les precedieron.
En fin. Debe ser cierto eso que dicen de que el cielo es un espejo. Uno mira un eclipse y termina viéndose a sí mismo, menudo y distante, absolutamente a oscuras en esta España enana a la que cualquier mindundi puede dejar sin luz. Figurada y literalmente.
