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¿Dónde hay que firmar?

A Madrid hay que mirarla sin su coraza, es decir, sin sus madrileños, que somos todos aquellos que hemos vivido en ella alguna vez.

A Madrid hay que mirarla sin su coraza, es decir, sin sus madrileños, que somos todos aquellos que hemos vivido en ella alguna vez.
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¿Y si hiciésemos un trato? Vosotros, afortunados veraneantes, os quedáis para siempre en la costa o en el pueblo, en la montaña, en Instagram; y los sufridores papanatas nos quedamos para siempre aquí, en este Madrid de agosto que es como una ducha en el infierno. Yo estoy dispuesto a renunciar al mar, más o menos. Pasarme a veros una vez cada cinco findes, si me aceptáis. Y acogeros aquí los últimos cuatro días de cada mes. El resto del tiempo podríamos pasarlo así, cada uno en su disfrute, con los parques de la ciudad semivacíos y la certidumbre silenciosa de que jamás dejará de haber sitio para aparcar en la puerta del supermercado, en la tintorería, en el placer.

No es tan difícil conseguirlo. Solo tenemos que idear la forma de reiniciar el reloj antes de que empiece septiembre. Que del 31 de agosto pasemos al 15 de julio otra vez. Lo demás será vivir como si este impás no fuese la antesala de la muerte, que da igual cuándo caiga porque siempre se llega a ella como en un vagón de metro a rebosar. Y en dejarse llevar.

Por supuesto, mi plan es apto para todos los públicos. ¿No te interesa pasar el resto de tus días asfixiado en una ola de calor eterna? Movamos los paréntesis e instalémonos en diciembre. Madrid es precioso en todas las estaciones de la misma forma que una mujer es bonita sin importar el vestido que se ponga, pero nunca lo será más que cuando se encuentra ella sola, sin saber que la está observando medio bar.

A Madrid hay que mirarla sin su coraza, es decir, sin sus madrileños, que somos todos aquellos que hemos vivido en ella alguna vez. Por eso lo ideal, en realidad, sería turnarnos. Dividirnos el calendario e intercambiarnos las casas como si todo se tratase de un ensayo sociológico. Pasar tres meses aquí y nueve meses fuera, divididos nuevamente en tres. Reorganizar la demografía del país como si su geografía fuese el tablero de un Tetris. Y volver a la ciudad, cuando nos toque, siempre en sus horas extremas, esas en las que sólo la pasean quienes ya no tienen nada que ganar.

Otra opción sería estirar las seis de la mañana hasta que abarquen el resto del día y, con él, todos los días que nos quedan. Y vivir así, para siempre, con las avenidas a medio poner, entre un par de paseadores de perros y algún borracho noctámbulo más, esa niña que va al gimnasio antes de ir a la oficina y el camión de la limpieza que aspira las calles como quien no se fía de la brisa, yo creo que para no despertar a las horas que nos persiguen para robarnos la paz.

Por si acaso, podríamos establecer un día para reunirnos todos en las plazas y recordar su bullicio. En este trato que propongo no es necesario olvidar. Activaríamos el corazón hiperactivo de la capital durante el tiempo suficiente para que bombee calor el resto del año de una forma apacible. Y yo qué sé: instauraríamos una festividad en torno a ese recuerdo igual que si se tratase de una divinidad pagana. Encenderíamos fuegos para girar alrededor de ellos como si fuésemos valencianos. Y dedicaríamos el tiempo restante a disfrutar doblemente de la tranquilidad de esta ciudad. Podríamos incluso repetir la secuencia varias veces en un año. No nos queda otra, en realidad. De alguna forma habrá que celebrar las copas que vaya ganando el Real Madrid.

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