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De la A a la tumba

El Rosco nos inoculaba el mensaje subliminal de que la fortuna es una rueda. La nueva versión nos sugiere una riqueza sin futuro, sin razón de ser.

El Rosco nos inoculaba el mensaje subliminal de que la fortuna es una rueda. La nueva versión nos sugiere una riqueza sin futuro, sin razón de ser.
Atresmedia

Pues resulta que ya no hay Rosco en Pasapalabra. El gran aliciente del programa, el hito fundamental por el que valía la pena hasta comerse los jueguitos que lo precedían, el enorme y redondo plato principal que sustentaba nuestras tardes —casi noches—, se ha hecho añicos delante de nuestras narices y ha esparcido sus 27 letras, como trocitos de porcelana, en una hilera que nadie sabe adónde conduce. Como es natural, la gente está desorientada. Pero esto no se debe tanto a la abrupta metamorfosis que acaba de sufrir nuestra rutina como a otro cambio más sutil y más profundo. Un cambio de carácter metafísico, que incluso alguno llamaría trascendental.

Antes, cuando el Rosco era un rosco, uno podía abandonarse a la certidumbre de saber que después de la Z recomenzaba la A. La experiencia de ver Pasapalabra era entonces una experiencia Antigua y filosófica, un divertimento que emanaba directamente de la realidad, con sus eternos ciclos, y no esta experiencia nueva y religiosa que nos quiere presentar el abecedario como una flecha que progresa hacia una triste 'Zeta' universal.

En realidad, el Rosco de Pasapalabra no era un rosco. Era un uróboro que nos sugería la apacible idea del eterno retorno, de la eterna esperanza en un comienzo siempre dispuesto a renovarse, renovándonos a nosotros también con él. Lo que ahora llaman "AlaZeta" es otra cosa. Yo la asocio con un camino recto que lleva hacia un final abrupto. Un pasillo angosto que desemboca en un futuro en el que ya no existirán más letras, no hará más falta el lenguaje, todo habrá sido consumado y sólo nos quedará la contemplación estática de Vicente Vallés, que abrirá los Informativos de después del programa para anunciarnos que ya no habrá nada más que anunciar.

Vista así, hasta la promesa de que los participantes puedan convertirse de la noche a la mañana en millonarios pierde buena parte de su atractivo. Antes, el Rosco nos inoculaba el mensaje subliminal de que la fortuna es una rueda. Y esta vital advertencia servía para vacunarnos de los bandazos de la vida. Un concursante podía verse millonario de repente pero había aprendido, a base de desandar el círculo innumerables veces, que de la misma manera podía dejar de serlo. E incluso también, quién sabe, que era posible recuperarse en el siguiente giro inesperado del destino, programado para la tarde siguiente. Su riqueza era una riqueza móvil y por lo tanto viva. La riqueza que nos sugiere ahora la versión lineal del Rosco, en cambio, es una riqueza apoltronada. Una riqueza sin futuro, ingastable, casi sin razón de ser. El tipo de riqueza que se logra acumular en la última casilla del tablero justo antes de guardarlo y de apagarnos, aburridos, imitando la forma estéril en que apagamos la televisión.

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