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Luis Herrero Goldáraz

Llamadas inoportunas

Sospecho que terminó generándose algo así como una extraña relación tóxica entre las compañías telefónicas y yo.

Antes las odiaba y ahora las echo de menos. Cuántas veces y en qué incontable variedad de situaciones he podido pensar una frase así. Lo que no sospeché nunca es que llegaría a pronunciarla refiriéndome a las llamadas inoportunas de las compañías telefónicas. Yo mismo me sorprendí el otro día cuando, en mitad de una compromiso inaplazable, noté vibrar mi móvil y observé ese número desconocido tan conocido iluminarse en la pantalla. Por un segundo dudé. Parecía que había pasado un siglo desde la última vez que acudía a importunarme –en realidad tan sólo había pasado un día, luego lo comprobé–, y sin embargo tuve que lamentar mi suerte y silenciar la llamada, incapacitado como estaba para atenderla en esos momentos.

Antes las odiaba, sí. Y ahora sólo las echo de menos porque desde que no suceden tan a menudo no puedo seguir odiándolas como me gustaría. Las primeras veces, supongo que como todo el mundo, me limitaba a asentir amablemente durante unos minutos de cortesía antes de inventarme alguna excusa y pedirle a la operadora que me viniese a molestar más tarde. Después, supongo que como todo el mundo, opté por silenciarlas, simplemente, para que quien fuera que estuviese al otro lado notase mi indiferencia fuertemente. Que, por algún azar incomprensible, llegase a captar el mensaje y comprendiese, en medio de la soledad traumática que generan los peores rechazos, que ese número aleatorio de su lista interminable de contactos ya había pasado página. Y que ya era hora de que lo hiciese Vodafone también. Al final, no sé si suponer que como todo el mundo, terminé cogiéndole un gusto morboso a contestar de forma seca y desganada, dejando traslucir mi insondable agotamiento, sin ruborizarme siquiera un poco al explicarle al pobre operador que nunca me interesará nada de lo que me pueda ofrecer. Ya lo siento, mire usté. No, no, ni aunque sea una jubilación anticipada subvencionada por el PSG. Y no vuelva a llamar, por favor se lo pido. Mucho menos a la hora de la siesta. Que es que no tienen vergüenza. Muchas gracias. Sí. Disculpe el tono. Muy bien. Venga, hasta luego. No me interesa. Voy a colgar. Adiós.

Evidentemente, volvían a llamar. Pero eso yo ya lo sabía antes incluso de colgar, lo que convertía todo aquello en un pequeño juego perverso que compartíamos tanto ellos como yo, de alguna forma. Algo íntimamente nuestro, como una ansiada válvula de escape que nos favorecía a ambos: a quien fuera que llamase, para matar el tiempo en su anodino día de trabajo, y a mí, para liberar tensiones, que tampoco andan los tiempos para gastar dinero en terapeutas.

Sea como fuere, sospecho que terminó generándose algo así como una extraña relación tóxica entre las compañías telefónicas y yo. Hasta el punto de que llegué a llamarlas cabreado alguna vez, cuando hacía mucho que no me pegaban un toque. El otro día te escuché hablando con el portero, les decía, por ejemplo. Qué tiene su tarifa que no tenga la mía. Y cosas así. Después de mucho cavilar, he llegado a la conclusión de que los intercambios pasivo-agresivos enganchan más que la heroína, no importa con quién los tengas ni en qué contexto social. Y que basta con que puedas desahogarte injustamente con un receptor aleatorio más de dos veces por semana para que se te venga a la cabeza cada vez que discutes con otra persona por cualquier otra cuestión. Algunos cuernos son inconfesables, porque no se los creería ni el cornudo, pienso yo. Pero el caso es que desde que soy consciente de todo esto miro a los políticos con un inevitable gesto de conmiseración. No sé cómo sobrellevarán el momento de la retirada del Parlamento, así que no me sorprendería que se vieran tentados a llamar a ese rival de la bancada opuesta a altas horas de la madrugada, por putear. Quizá se reúnan de vez en cuando para beber tequila y recordar aquellos preciosos tiempos en los que no tenían que esperar la llamada del de Yoigo para desatar alegremente su crispación. Pero es que la felicidad, lo sabemos algunos, suele esconderse en los pasados más insospechados.

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