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Camino a la decepción

La gestión de Casado frente al caso de las conversaciones entre Cospedal y Villarejo está siendo manifiestamente mejorable.

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Cospedal, acompañada de Casado, Maroto y Levy, en una imagen de archivo. | EFE

No creo que haga falta mucha munición argumental para sostener esta tesis: o los partidos con musculatura suficiente para pararle los pies al monstruo que nos ha llevado hasta el borde del precipicio sacan lo mejor de sí mismos, o mister Frankenstein nos arroja al abismo. Cuando a Sánchez lo auparon al poder sus temibles aliados y a Casado lo eligieron los suyos para que liderara la oposición, muchos creyeron que Rivera se había quedado sin sitio en el tablero y que los termómetros demoscópicos no tardarían en reflejar un progresivo enfriamiento de su expectativa de voto. Pero eso no está ocurriendo. ¿Por qué?

En parte, porque Sánchez ha llegado en poco tiempo mucho más lejos de lo que cabía imaginar. Sus cuchipandas con Podemos y sus requiebros permanentes a los independentistas le han convertido en el líder socialista más radical —y menos fiable desde el punto de vista de la identidad nacional— que ha habido en España desde 1977. Al mismo tiempo, el PP no termina de dar con la tecla que le permita recuperar la fiabilidad que tuvo en otro tiempo. Además de desecar las fuentes ideológicas del partido, Rajoy fue incapaz de rascar a conciencia la costra de corrupción que se le había adherido al casco después de surcar ciénagas inmundas.

Es lógico que Ciudadanos, cuya virtud aún no ha sido probada —y que por lo tanto merece el beneficio de la duda— y a quien no cabe reprocharle tibieza en la cuestión del desafío nacional, siga siendo la alternativa preferida por millones de ciudadanos. Si Casado quiere ganarle a Rivera la batalla del sorpasso no le bastará con dar la batalla de los principios. Necesita acreditar que le ha devuelto al PP la higiénica condición de apuesta fiable. Y para eso no basta con dejar de hacer maldades. La clave de la regeneración consiste en hacer las cosas bien. La batalla de la corrupción sólo se gana con la ejemplaridad.

Desde ese punto de vista, su manera de hacer frente al caso de las conversaciones entre Cospedal y Villarejo está siendo manifiestamente mejorable. En su primera reacción, después de cuatro días de espeso silencio, se colocó a sí mismo ante una contradicción flagrante. "Mi único compromiso —dijo— es con los afiliados que me eligieron presidente por primera vez en un proceso abierto de primarias, mi compromiso es de ejemplaridad, transparencia y rendición de cuentas, cualquier conducta que se aparte de esos tres preceptos contará con mi rechazo". Asombroso.

¿Significa eso que la conducta de Cospedal —dispuesta a pagar "trabajos puntuales" al rey de las cloacas para retirar de la circulación pruebas inculpatorias— no adolecía de falta de ejemplaridad? ¿Y si era así —es evidente que se estaba urdiendo un delito flagrante de obstrucción a la justicia—, por qué razón no contó con su rechazo? ¿Qué credibilidad merece un líder que sienta un principio al mismo tiempo que se apresura a ser el primero en incumplirlo? La contradicción aún es mayor si contrastamos su silencio —el silencio por respuesta— a la última entrega de las grabaciones cloacales de la factoría Villarejo.

Cospedal, a través de su marido, le encargó al policía que espiara a Javier Arenas para asegurarse de que no le salpicaba la mierda del caso Gurtel. Ese hecho, en sí mismo, ya sería suficiente para que Casado se interrogara sobre la perfidia del procedimiento. Pero no quiero pararme ahí. Lo verdaderamente asombroso es la explicación que dio la propia Cospedal para justificarse: "Yo considero —dijo en la Cope— que como secretaria general de un partido político tenía la obligación de conocer todo aquella que pudiera afectar a mi organización. Estaba cumpliendo con mi obligación." ¿Significa el silencio de Casado que da por buena esa explicación?

¿De verdad forma parte de la obligación de una secretaria general contratar a policías que incitan a delinquir para que espíen a los dirigentes del partido? Me temo que por no desairar a la persona que más le ayudó a ganar las primarias, Casado está decepcionando a los votantes que quieren ver en él al hombre justo que hace lo que debe aunque eso le suponga hacer cosas que no le gustan. A Arturo Moreno, como a Cospedal, también le hubiera gustado una salida airosa cuando Aznar, recién llegado a Génova, le rebanó la cabeza por las sus salpicaduras en el caso Naseiro. Y eso que era su mano derecha. No por eso se quedó manco. Al contrario. Ganó el crédito que necesitaba para afianzar su liderazgo y pudo presentarse ante la opinión pública como un líder fiable dispuesto a acabar con la corrupción. Hay lecciones que no prescriben.

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