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Luis Herrero

El aire de la calle

Si Casado cree que la conducta de los electores será la misma cuando las urnas cambien de ámbito territorial es que no ha entendido nada.

Luis Herrero
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Si Casado cree que la conducta de los electores será la misma cuando las urnas cambien de ámbito territorial es que no ha entendido nada.
EFE

La única verdad que ha dicho el Gobierno después de las elecciones del 4 de mayo es que no se esperaba un resultado tan malo. No es la primera vez que sucede. Los gobernantes tienden a creer que sus observatorios son infalibles. Un cuerno. También ellos viven en una burbuja. Eso de que el poder maneja información privilegiada inaccesible al ciudadano del común es otro de los mantras que recitan los sumos sacerdotes de la clase política para divinizar su oficio. Si en Moncloa no se enteran de por dónde sopla el aire de la calle es porque Tezanos es un sociólogo más malo que la quina —que siga al frente del CIS clama al cielo— y porque sus habitantes viven en un microclima de siseñorismo y obnubilación autocomplaciente propio de los territorios feudales donde los vasallos solo dicen lo que sus señores quieren oir.

El País ha envido a Manuel Jabois, uno de sus periodistas más brillantes, a doblar las esquinas de los barrios del cinturón rojo de Madrid en busca del porqué de la victoria de Ayuso. El resultado de su investigación periodística no arroja muchas sorpresas, pero ratifica algunas de las claves que explican la situación política que nos está tocando vivir. El PP ganó las elecciones porque su candidata autonómica supo encarar la pandemia con más tino que Pedro Sánchez. No lo digo yo. Lo dicen los ciudadanos que hablan en el reportaje de Jabois. "Ha creado empleo, ha dejado a la gente vivir, ha hecho hospitales y ha defendido a los madrileños —explica un votante tránsfuga del PSOE—. Claro que he cambiado. Y además, los otros son muy malos". "Nos ha dado trabajo", dice otro. "Nos ha dejado vivir. Hay que vivir y dejar vivir. Los otros parecían que le tenían manía a Madrid", añade un tercero. Y una cuarta reflexión en la misma línea: "La pandemia nos agotó, nos dejó cansados, deprimidos. Tantas restricciones, tantos encierros, tantas muertes. Esta mujer hizo una campaña de alegría, abrió los negocios, llenó las calles. La gente quiere un poco de felicidad".

Me da en la nariz que el Gobierno sigue sin percatarse del fondo de la cuestión. Carmen Calvo ha tratado de banalizar el discurso de Ayuso diciendo que para un socialista es difícil hablar de cañas y berberechos, sin darse cuenta de que esa descalificación caricaturesca también ofende a su electorado de toda la vida. Cuenta Jabois que un conocido artista español de izquierdas le confesó que había votado a la candidata del PP "porque para mí la defensa de las libertades individuales es sagrada". "Si supieras cuántos famosos rojos han votado a Ayuso —añade a continuación— te quedarías flipado. No lo van a reconocer en la vida". Nótese que el interlocutor anónimo no se refiere a las siglas del partido, sino a la identidad de la persona que ha presidido el gobierno regional durante los meses de la pandemia. El detalle no es baladí. Otros testimonios, recogidos en el mismo reportaje, insisten en esa misma idea. "No he votado al PP por el partido, sino por su candidata. Me gusta esa chica. Me gustan las medidas que toma. Es valiente". Si yo fuera Pablo Casado tomaría buena nota de la matización. Si de verdad cree, como dio a entender en el discurso que pronunció en el balcón de Génova la noche de autos, que la conducta de los electores será la misma cuando las urnas cambien de ámbito territorial, es que él tampoco ha entendido nada.

Los 900.000 votos que su partido sacó de más respecto a las elecciones madrileñas de hace dos años tienen cuatro procedencias distintas. 89.000 vienen del PSOE, 91.000 de Vox, 430.000 de Ciudadanos y 300.000 de nuevos votantes. Lo normal es que ni socialistas, ni abascalistas ni al menos la mitad de los electores más jóvenes sientan la inclinación de ratificar su apuesta por el PP cuando sea él quien encabece la lista en unas elecciones generales. Es verdad que el desgaste de Sánchez sopla a su favor y que el hundimiento del partido de Arrimadas le garantiza una cosecha de votos más abundante que las que ha obtenido hasta ahora. Pero eso no significa que vaya a ganar. Y, si lo hace, que pueda llegar al Gobierno sin la ayuda de otros. O asume que necesitará a Abascal para alcanzar la tierra prometida o pagará caro el precio de su ceguera.

La última de las claves que ratifica el reportaje de El País es que el votante de izquierdas que se ha ido al PP no lo ha hecho solo por la actuación de Ayuso durante la pandemia. También hay mucha gente desencantada con la política de pactos del presidente del Gobierno con Bildu, ERC y Podemos. "Es una traición", brama uno de los ciudadanos que airea su indignación. Otro concreta: "Yo he votado antes al PSOE, pero esta vez he utilizado el voto de castigo contra Sánchez y el coletas". Que la coyunda con Podemos era veneno para la taquilla electoral socialista no se le ocultaba a casi nadie. Ahora que Iglesias ya no está, Iván Redondo —la mano que mueve la cuna— tiene la oportunidad de tomar buena nota y corregir el tiro. De que lo haga o no dependen en buena parte las novedades que nos depare el futuro.

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