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Luis Herrero

El sueño asimétrico

Lo que Rubalcaba preconiza no es la reforma, sino la contrarreforma de la Constitución. Lo que pretende es volver al punto de partida

Lo que Rubalcaba preconiza no es la reforma, sino la contrarreforma de la Constitución. Lo que pretende es volver al punto de partida
Alfredo Pérez Rubalcaba, en un acto el pasado 29 de noviembre | EFE

Dicen los hombres rana que bucean en las profundidades del PSOE y luego salen a la superficie para contarnos cómo son de grandes las averías y las vías de agua que asolan el casco del partido, que el ingeniero jefe de la reparación está siendo, entre las sombras, Alfredo Pérez Rubalcaba. Por eso se me ponen orejas de gnomo, puntiagudas como antenas, cada vez que le oigo hablar. Sus palabras nos ayudan a saber en qué dirección sopla el viento.

Tengo buena opinión de Rubalcaba. Me parece listo, trabajador y más fiable de lo que dicen sus detractores. Su punto débil es que, a veces, llevado por su afición a la química, se encierra en el laboratorio, se pone la bata de doctor Bacterio y hace extraños experimentos de alquimia. Ahora está tratando de hallar una fórmula que consiga amansar el ímpetu secesionista del "procés" mediante una reforma federalizante de la Constitución, una suerte de bromuro que aplaque la libido de los que se quieren tirar al monte de la independencia.

Lo llamativo de ese esfuerzo no es que pretenda inventar algo nuevo, sino que se crea que puede ser eficaz. La idea de un modelo federal asimétrico, que niega la igualdad de las partes federadas, no es original. El Estado de las Autonomías que diseñó el título octavo de la Constitución de 1978, si se mira bien, pretendía ser básicamente eso: una federación de territorios con techos competenciales distintos. Por eso se les confería a unas regiones el carácter de nacionalidades históricas y a otras no.

Si se habló de "nacionalidad", y no de nación, fue porque a los constituyentes les importaba mucho distinguir entre los aspectos históricos, sentimentales, culturales, religiosos o sociológicos del término y sus efectos jurídicos. A efectos jurídicos, una nación es sujeto de soberanía. Por eso estableció la Carta Magna, con toda solemnidad, la indisoluble unidad de la Nación española: para dejar claro que no hay más sujeto de soberanía que la soberanía nacional, del conjunto de los españoles, y que esa soberanía no era divisible. Por eso no cabe el derecho de autodeterminación. Una nacionalidad no es lo mismo que una nación. O si se prefiere: una nacionalidad es lo mismo que una nación, pero desprovista de efectos jurídicos. En eso radica su diferencia.

En un ejercicio de tierna ingenuidad, los políticos de la época creyeron que con esa fórmula conseguían darle una salida definitiva a los conflictos históricos de las cuestiones vasca y catalana sin poner en riesgo la unidad nacional. Y durante algún tiempo, así lo pareció. La invención de la "nacionalidad", que en el fondo no era otra cosa que la consagración del principio de la asimetría federal, salvaguardaba la reivindicación del "hecho diferencial" que algunos catalanes y vascos venían reivindicando desde finales del siglo XIX. Las nacionalidades históricas eran, de hecho, diferentes al resto de las Comunidades Autónomas.

Hasta que, entonces, sobrevino la fiebre del café para todos. De la misma manera que no se puede cuadrar un círculo, no se puede hacer asimétrico lo que es simétrico por definición. Un Estado Federal exige la igualdad de las partes, y las partes aminoradas, las de segunda división, las "no históricas", lucharon denodadamente por igualarse a las "históricas", alcanzando su mismo techo competencial. La LOAPA trató de evitarlo pero el Tribunal Constitucional la echó para atrás. El sueño de la asimetría saltó por los aires.

Algunos creen que de ahí viene el recalentamiento independentista. Me temo que Rubalcaba es uno de ellos. Piensan que si se vuelve a la asimetría, a la salvaguarda del hecho diferencial, a la exaltación histórica de los sentimientos nacionales de catalanes y vascos, los jinetes del "procés" se bajaran de la fiera y volverán al redil de un proyecto común en el que ellos tengan rango de diferentes. Desde ese punto de vista, lo que Rubalcaba preconiza no es la reforma, sino la contrarreforma de la Constitución. Lo que pretende es volver al punto de partida.

Parte de la falsa premisa -ingenua, a pesar de ser rubalcabesca- de que el nacionalismo ochentista de Pujol no era insaciable. Cree que hubiera dejado de reivindicar rancho aparte si su ración hubiera sido distinta, mejor y más abundante que la del resto de la tropa. Pero yo creo que se equivoca. Si de verdad piensa que el catalanismo se sentirá cómodo en España por el mero hecho de poder comer a la carta, y no de menú, delira. El catalanismo no quiere comida distinta, lo que quiere es una mesa distinta, en un comedor distinto, en un restaurante distinto. Y, a estas alturas de la película, no se conformará con menos.

La idea de que una reforma federalizante de la Constitución puede ser el bálsamo de Fierabrás que acabe con el problema territorial de España es una patraña que no se sostiene, por mucho que Rubalcaba sea su principal abanderado. Jamás le he oído decir a Anna Gabriel, a Joan Tardá, a Oriol Junqueras, a Carles Puigdemont, a Carmen Forcadell o a Francesc Homs, por citar sólo algunos de los nombres que están jalando desde el otro lado de la cuerda, que esa reforma saciaría su sed de independencia.

Para lo único que serviría, me temo, sería para abrir en canal el pacto del 78, para poner de manifiesto que las fuerzas políticas de la segunda década de 2.000 no tienen la aguja del norte en el mismo punto de la brújula, para abrir un debate de resultado incierto y, a la postre, para dejar a los independentistas igual de insatisfechos, salvo que se les otorgue, claro, con todas las bendiciones constitucionales, el derecho a decidir.

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